Síganme, no los voy a defraudar
Olvidado por las instituciones, despreciado por sus antiguos aliados y sobreviviendo entre deudas y teorías conspirativas, Torrente descubre una oportunidad única para volver al centro de atención: la política nacional.

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Por Gastón Dufour
La saga de Torrente, aquel repulsivo policía español que conocimos allá lejos y hace tiempo en 1998, siempre se movió en ese terreno incómodo donde lo grotesco convive con lo satírico. En Torrente Presidente, Santiago Segura vuelve a insistir con su criatura más emblemática, pero lo hace desde un lugar que, sin abandonar la tosquedad estructural de la serie, introduce una lectura más filosa (si es que es posible ahondar aún más en comparación con sus antecesores) sobre el poder, la marginalidad y la miseria humana.
Lo primero que salta a la vista es la galería de personajes: seres rotos, desvalidos, profundamente ignorantes de sus propias limitaciones. Pareciera no haber redención posible ni autoconciencia; al contrario, la película se regodea en esa ceguera moral que los vuelve funcionales a un sistema que los supera. En ese sentido, Torrente deja de ser solo un bufón reaccionario para transformarse en una pieza más dentro de un engranaje mayor, uno donde la inmoralidad no es una excepción sino la regla. Ningún sector intelectual escapa a la caída ética, parece decir el más célebre aficionado del Atleti.
Segura, fiel a su estilo, no suaviza las formas. La incorrección política, el humor burdo y las actitudes intolerantes del personaje siguen intactas, casi como una declaración de principios. Sin embargo, lo interesante está en el desplazamiento del contexto: el guion entiende que repetir la fórmula sin variaciones sería condenar a la saga a su propio agotamiento. Por eso, introduce un escenario donde el contacto con el poder político amplifica las miserias individuales y las vuelve espectáculo.
En esa interacción entre lo marginal y lo institucional aparece el verdadero núcleo de la película. Torrente no cambia —ni falta que hace—, pero el mundo a su alrededor sí lo hace, y en ese contraste surge una ironía más sofisticada de lo habitual. La película parece preguntarse, sin formularlo explícitamente, si hay realmente una distancia entre el grotesco del personaje y el del poder que pretende habitar.
El giro final es, probablemente, el movimiento más inteligente del film. Sin revelar demasiado, la reaparición inesperada de una reconocida figura funciona no solo como golpe de efecto, sino como resignificación del recorrido previo. Lo que podría haber sido un cierre meramente funcional se convierte en un epílogo con sentido, casi melancólico, que devuelve a la saga una densidad que rara vez había explorado.
Torrente Presidente no deja de ser lo que es: una comedia incómoda, excesiva, por momentos deliberadamente desagradable. Pero en esa persistencia también hay una evolución. Segura parece entender que su personaje ya no puede sostenerse solo en el escándalo, y decide rodearlo de un marco que lo exponga, lo tensione y, en última instancia, lo vuelva más revelador. No es una redención, ni siquiera un cambio radical, pero sí una señal de inteligencia dentro de un universo que siempre coqueteó con su propia decadencia. Una decadencia que atraviesa todos los estratos de la sociedad y de los sectores de poder, y que lamentablemente conocemos más de cerca de lo que nos gustaría.
TÍTULO ORIGINAL: Torrente Presidente
DIRECCIÓN: Santiago Segura.
ELENCO: Santiago Segura, Diego Gabino, Carlos Areces, Ramón Langa.
GENERO: Comedia. Acción.
ORIGEN: España.
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