14 de octubre de 2026
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Cuando la meritocracia no es suficiente

Tras muchos años de trabajo en una multinacional, Hugo Vaca es despedido y debe enfrentar la dura realidad que el mercado laboral le presenta. Al borde de la desesperación, conecta por medio de un amigo con un grupo de inversores que ofrecen comprarle su casa, valuada en un millón de dólares, al 50 por ciento de su VALOR, pero con derecho a usufructo hasta que muera. Acorralado por la realidad, acepta el trato, pero las cosas terminan complicándose mucho más de lo que esperaba.


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Por Ignacio Rapari

El segundo largometraje de Gustavo Triviño, después de De martes a martes, es uno de esos proyectos que uno quisiera ver más seguido en el cine argentino. Thrillers de escala acotada, pero no por eso carentes de pulso narrativo, capaces de construir tensión a partir de conflictos cotidianos y personajes comunes que, de un momento a otro, quedan expuestos a situaciones extraordinarias. Una clase de relato que puede dialogar con una tradición del cine nacional que encontró títulos significativos en los años 80 y 90, desde Tiempo de revancha (Adolfo Aristarain, 1981) hasta Perdido por perdido (Alberto Lecchi, 1993), aunque con búsquedas y estilos muy diferentes.

La casa sigue a Hugo Vaca (Diego Peretti), un hombre que, después de muchos años de trabajo en una multinacional, queda desempleado y empieza a enfrentarse con la posibilidad de perder aquello que considera su mayor patrimonio. Es entonces cuando aparece El Negro Bernal (César Troncoso), quien actúa como intermediario de una operación sumamente tentadora: un grupo de inversores quiere comprar la propiedad, pero le ofrece a Hugo la posibilidad de seguir viviendo allí hasta su muerte. Para alguien que necesita encontrar una salida, el trato parece conveniente. Sin embargo, la propuesta también abre una serie de interrogantes sobre las verdaderas intenciones detrás del negocio y sobre lo que Hugo está dispuesto a aceptar para conservar su estilo de vida.

Por su contexto, uno podría pensar que estamos ante una película que indaga especialmente en el desempleo de los hombres adultos y en sus complicadas posibilidades de reinserción laboral. Sin embargo, Triviño se permite desplazar rápidamente el foco hacia el misterio que rodea a Bernal, hacia la sensación de una explotación inminente detrás del trato y, sobre todo, hacia aquello que una persona está dispuesta a hacer no tanto para sobrevivir como para conservar un estilo de vida que ya siente tan propio como el esfuerzo que permanentemente refiere haber hecho para alcanzarlo. Hay, en ese sentido, una suerte de tributo a la meritocracia que, paradójicamente, termina poniendo en cuestión sus propios fundamentos. ¿Qué sucede cuando todo aquello que entendemos como el resultado legítimo de nuestro esfuerzo deja de estar a nuestro alcance? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para no perderlo?

En ese punto aparece una de las dimensiones más interesantes de La casa: la manera en que el relato transforma un conflicto reconocible en una situación cada vez más incierta. Hugo no se enfrenta únicamente a las dificultades materiales de su presente, sino también a la amenaza de perder una identidad construida alrededor de lo que posee. La casa no es simplemente una propiedad que puede vender para resolver sus problemas económicos; representa una forma de entender su propia vida, el lugar al que llegó después de tantos años de trabajo y aquello que, desde su perspectiva, debería poder conservar. La propuesta de Bernal aprovecha precisamente esa contradicción: ofrece una solución que parece razonable en términos prácticos, pero que compromete mucho más de lo que Hugo está dispuesto a reconocer.

Hay algo de El arreglo (Fernando Ayala, 1983) en la forma en que ambas películas observan a hombres comunes enfrentados a circunstancias que ponen a prueba su orgullo y sus convicciones. También resulta interesante cómo el tiempo opera sobre estos personajes, casi de manera burlona, reduciendo sus márgenes de acción y convirtiendo cada decisión en una apuesta cada vez más difícil de sostener. En La casa, esa presión se vincula tanto con la incertidumbre económica como con la sensación de que, a determinada altura de la vida, ya no queda demasiado espacio para empezar de nuevo.

Quizás algunas situaciones del tercer acto atenten contra el misterio construido durante buena parte de la película. Sin embargo, el plano final tiene el impacto suficiente para recuperar aquello que por momentos parece desdibujarse y reunir en una misma imagen varias de las inquietudes que atraviesan el relato. Es ahí donde La casa termina de encontrar su sentido: no tanto en las respuestas que ofrece sobre el acuerdo, sino en la forma en que ese negocio pone a prueba el orgullo de Hugo y su relación con todo aquello que cree haberse ganado.


TÍTULO ORIGINAL: La casa
DIRECCIÓN: Gustavo Triviño.
ELENCO: Diego Peretti, César Troncoso, Fabián Arenillas, Mariano Argento, Guillermo Arengo.
GÉNERO: Thriller. Drama.
ORIGEN: Argentina.

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