Mucho abarca, poco aprieta
Ulises Verón es un psicoanalista pragmático que pierde la fe en los métodos tradicionales y comienza a sobrepasar los límites éticos con sus pacientes, hasta que la llegada de un escritor con bloqueo creativo altera por completo su controlada dinámica.

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Por Walter Pulero
Hay películas que encuentran su principal atractivo en una idea original. Otras, en la química de sus protagonistas. Lo dejamos acá, la nueva producción argentina de Netflix dirigida por Hernán Goldfrid, tiene la fortuna de reunir ambas cosas. Durante buena parte de sus 98 minutos construye una propuesta atractiva, apoyada en una premisa inteligente y en el inevitable magnetismo que generan Ricardo Darín y Diego Peretti cuando comparten pantalla. El problema es que, cuando llega el momento de definir qué quiere ser realmente, el relato parece tomar un camino menos interesante que aquel que venía insinuando.
La historia presenta a Ulises Verón (Darín), un prestigioso psicólogo desencantado con su propia profesión, que decide abandonar las formas tradicionales de terapia para involucrarse de manera directa en los conflictos de sus pacientes. Entre ellos aparece Martín Bouchard (Peretti), un escritor exitoso atrapado entre el alcoholismo y un bloqueo creativo que amenaza con paralizarlo por completo. Lo que comienza como una relación terapéutica pronto se transforma en un juego de manipulación, dependencia y desconfianza donde ninguno parece decir toda la verdad.
El gran acierto de la película está justamente ahí. En ese terreno ambiguo donde el espectador nunca termina de estar seguro de quién tiene el control de la situación. Goldfrid administra la información con inteligencia y aprovecha el talento de sus dos figuras centrales para sostener una tensión creciente. Darín trabaja desde la contención, mientras que Peretti aporta una energía más errática e imprevisible. El choque entre ambos genera los momentos más logrados de una película que funciona especialmente cuando confía en los diálogos y en el enfrentamiento psicológico de sus personajes.
También resulta interesante la manera en que el film combina humor negro, drama y suspenso, a lo Hitchcock. Sin necesidad de grandes artificios, consigue instalar una incomodidad constante que mantiene el interés incluso en sus pasajes más discursivos. Hay una búsqueda por cuestionar los límites de la terapia, el ego profesional y la necesidad de encontrar soluciones rápidas a problemas complejos, temas que enriquecen una trama que podría haberse conformado con ser apenas un entretenimiento de la plataforma.
Sin embargo, cuando llega el momento de cerrar todas esas ideas, aparece la principal objeción. La película parece desconfiar de la fortaleza de su propio planteo y opta por llevar la historia hacia un terreno más cercano al thriller tradicional. No es que el giro resulte incoherente ni mucho menos, pero deja la sensación de que el relato abandona algunas de las preguntas más interesantes que había construido en el camino. Lo que venía funcionando como un estudio de personajes cargado de ironía y zonas grises termina buscando respuestas más explícitas, reduciendo parte de la complejidad que había convertido a la propuesta en algo atractivo.
Esa decisión no arruina la experiencia. Lo dejamos acá sigue siendo una película eficaz, entretenida y respaldada por dos actuaciones sólidas. Pero sí genera cierta frustración al comprobar que la historia parecía encaminada hacia un desenlace más arriesgado o, al menos, más fiel al juego psicológico que había planteado desde el inicio. Estamos ante una producción recomendable, sostenida por el talento de dos buenos actores y por una premisa que sabe despertar curiosidad. Una película que funciona mejor en las preguntas que formula que en las respuestas que finalmente decide ofrecer.
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