22 de octubre de 2026
Still-Clayface

El horror también tiene lugar en este Universo

El meteórico ascenso de Matt Hagen de chico callejero de Gotham a estrella de Hollywood se ve trágicamente truncado cuando las acciones de un jefe criminal local lo dejan horriblemente desfigurado. Abandonado por su equipo y sin nada que perder, Matt recurre a un tratamiento de vanguardia que milagrosamente le devuelve su aspecto original… pero que también altera inesperadamente su percepción de la realidad, precipitándolo por una senda destructiva de venganza obsesiva.


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Por Ignacio Rapari

En todos estos años, incluso desde el arribo de James Gunn, DC parece estar atravesando cambios constantes y enfrentando adversidades. Desde los resultados de sus últimos estrenos hasta los sucesivos aplazamientos de The Batman: Part II, la marca no termina de encontrar un rumbo que le permita consolidar su universo. Parte de ese caos, que contrasta con los calendarios milimétricamente organizados de Marvel Studios, termina otorgándole cierta imprevisibilidad que, paradójicamente, puede volverla más atractiva. En el último tiempo, proyectos como Lanterns es una prueba de ello: una propuesta que parece habitar un universo con un tono muy diferente, incluso difícil de relacionar para quienes no siguen de cerca el desarrollo de la franquicia.

El caso de Clayface sigue esa lógica. No solo se anima a dedicarle una película a un villano relativamente poco popular del universo de Batman, sino que además lo hace desde el terror, con una apuesta directa por el body horror. Una decisión que, en tiempos de franquicias cada vez más preocupadas por conectar sus historias, se agradece.

La película sigue a Matt Hagen (Tom Rhys Harries), un actor que atraviesa el mejor momento de su carrera en Hollywood hasta que un violento episodio lo deja horriblemente desfigurado. Abandonado por quienes lo rodeaban, recurre a un tratamiento experimental desarrollado por la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie), que le permite recuperar su apariencia, aunque a un precio devastador. Lo que comienza como una oportunidad para recuperar su vida deriva en una transformación física y psicológica que lo empuja hacia una espiral de obsesión y venganza.

Dirigida por el siempre prolífico James Watkins (Eden Lake, La dama de negro, No hables con extraños), con guion de Mike Flanagan y Hossein Amini, la película no deja de estar condicionada por los límites propios de una historia de origen. Sin embargo, encuentra varios puntos a favor que hacen más llevadero el recorrido de un personaje cuyo futuro dentro de la franquicia todavía es incierto.

En primer lugar, es más que interesante la elección de Tom Rhys Harries para interpretar a Matt Hagen/Clayface. El actor tiene uno de esos rostros perfectos que hacen que la tragedia del personaje resulte todavía más evidente, pero también hay algo creepy en su presencia que lo vuelve siempre intimidante. Es una combinación que le juega a favor a la película y que encaja muy bien con la transformación que atraviesa.

Por otro lado, aunque la película busque mayor impacto a través de algún desnudo o momento explícito (la mutilación del personaje es bastante más perturbadora de lo que uno podría haber imaginado en una película de DC), recurre bien a los aspectos más necesarios de un body horror tradicional, subgénero que encuentra en la transformación física y en la pérdida de control sobre el propio cuerpo una fuente inagotable de posibilidades que Clayface trata de aprovechar dentro de sus posibilidades.

Por otro lado, la fotografía de Rob Hardy, habitual colaborador de Alex Garland, resalta la presencia de una Gotham City menos estilizada que la de Matt Reeves en The Batman, aunque tranquilamente podría formar parte de ese mismo universo. La ciudad acompaña una historia que se mueve entre el terror corporal, el thriller y la película de venganza, sin necesidad de apoyarse constantemente en los códigos más reconocibles del cine de superhéroes.

En definitiva, se trata de un producto correcto de DC, con mayor oficio que el que demuestran muchas películas recientes de superhéroes —y también de villanos— y, al menos, una búsqueda distinta dentro de lo posible. Por momentos, Clayface se siente mucho más cercana a Darkman, de Sam Raimi, y eso juega a su favor: hay una tragedia detrás del monstruo, una identidad que se descompone y una venganza que, en varios momentos de la película —especialmente a medida que nos acercamos al tercer acto—, ofrece secuencias más que efectivas.

Los más impresionables seguramente se tapen los ojos en varios momentos, mientras que los más reticentes al universo de superhéroes y villanos quizás encuentren una propuesta que puedan disfrutar con mayor entusiasmo. No todas las decisiones funcionan por igual y la historia de origen suele ser algo cansadora, pero hay una voluntad de explorar otros caminos que merece destacarse. En estas franquicias, cada vez más atravesadas por la interconexión entre películas y series, el público en la taquilla termina determinando el futuro de los personajes. Habrá que ver qué sucede con Clayface, pero, sin dudas, es un buen intento de demostrar que todavía hay espacio para propuestas diferentes dentro del Universo DC.


TÍTULO ORIGINAL: Clayface
DIRECCIÓN: James Watkins.
ELENCO: Tom Rhys Harries, Naomi Ackie, Max Minghella, Eddie Marsan.
GÉNERO: Thriller. Terror.
ORIGEN: Estados Unidos.

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