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Una mirada joven después de la crisis

La llegada de Okupas (2000) a Netflix trajo consigo el recuerdo de momentos de la década del 2000 que marcaron la historia argentina, precios que hoy ya no existen en las góndolas de mercados, la moda de los primeros celulares, pantalones tiro bajo y un giro en la cinematografía nacional que nos ayuda a entender nuestro cine hoy.


Por Trini Rodriguez

Pensar en aquello que vemos nos lleva a preguntarnos no solo de dónde nace cada historia, sino qué influencia tienen. Para muchos de los éxitos de la pantalla en la Argentina del 2000 existieron dos aspectos que se entrelazan y que cambiaron el curso de la cinematografía Argentina.

El primero de los aspectos es la crisis socioeconómica que se generó entre los años 90 y 2000, a partir del cual hubo cierta revelación por parte de la ciudadanía frente al descontento social. Y en consecuencia, y como segundo aspecto, nació el nuevo cine argentino, el cual se configura con los subsidios que adquirió el INCAA (Instituto Nacional de Cine Y Artes Audiovisuales) permitiendo la introducción de una mirada joven y más lejana al cine que caracterizó los años 80.

Este nuevo cine trajo películas que definieron la estética de muchas ficciones posteriores a la crisis. Su comienzo inicia sin duda con Pizza, Birra, Faso (1998) que marcó un nuevo estilo a la hora de contar historias con su creación personajes desestructurados, con cierta desesperanza pero aun persiguiendo sus deseos y resistiendo a un entorno poco favorecedor o al menos lejos de una realidad mucho más pomposa como se puede ver en Camila (1984) o La historia oficial (1985), donde además la palabra ya no queda en primer plano, sino que lo importante pasa por la acción de los personajes, con duras cortezas que abandonaran para mostrar la vulnerabilidad que los hace trascender la pantalla, encontrando un lugar de cercanía con el público.

El nuevo cine argentino fue mutando en su estética, y hay que tener en cuenta que en el mismo periodo en el que nacen íconos como las series Okupas (2000) y Tumberos (2002) o la película Un oso rojo (2002), que ofrecieron una estética más dura y realista permitiendo después la llegada de producciones como El Marginal (2016), llega un cine en el que reina la sutileza, cierto minimalismo, y un gran protagonismo del sonido ambiente que trajeron directoras como Lucrecia Martel, y más adelante, Lucia Puenzo.

La conjunción de estos estilos abrió camino a otra mirada, a la unión de ambos aspectos, en muchos casos con bajos presupuestos que demostraron que aun en la crisis, lograr una historia que destaque y cautive al público, era posible.

Por otra parte, si nos referimos a emblemas del cine de nuestro país y que unen a todas las edades y con quien alguna vez sentimos la sorpresa de un inesperado final, hablamos de Nueve Reinas (2001), quien en su corta carrera como director Fabián Bielinsky demostró esos tópicos de personajes con cierta desesperanza, con una premonición de lo que implicó la crisis del 2001, donde los sueños no eran evidentes para estas personas, que los unía solo el deseo de estafar a cualquiera que fuera un poco menos hábil, acompañado de un guion con un humor que se alejaba de la caída graciosa o de las morisquetas frente a cámara, y dejando un final que otorgaba a los espectadores una complicidad encantadora y atrapante para quienes no habían tenido contacto con esta historia.


Por otra parte, Bielinsky trae a la pantalla su segundo y último film, El aura (2005), que teniendo como única coincidencia a Ricardo Darín como protagonista y presentando la odisea de un taxidermista en su viaje al sur del país donde los sucesos parecen estar casi a libre interpretación, a diferencia de lo que propone en Nueve Reinas, el entendimiento de los sucesos ocurren de manera implícita, a una interpretación que abre muchas más posibilidades para el entendimiento de lo que el director propone.

Este “nuevo cine argentino” para algunos ha generado el cierre de un ciclo y el comienzo de otro. Sin embargo, Lucrecia Martel señala que verlo de ese modo supone no considerar este nuevo cine como una continuidad. Y no verlo como una continuidad, nos aleja de otras grandes producciones cinematográficas que han sido inspiradas en este cine, desde series como El Puntero (2011) hasta películas como Wakolda (2013), que lograr influenciarse tanto de un estética en la que se prioriza tanto la acción frente a la palabra como el minimalismo en escena.

La unión de todos estos factores ha hecho de nuestro cine un emblema de identificación, un sentido de pertenencia y una infinidad de memes que hacen a la complicidad de reconocer este cine como nuestro, en todas las circunstancias que presente nuestro país.


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