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La Hammer compitiendo en las grandes ligas

La inolvidable resurrección del conde de Transilvania, a cargo de la productora Hammer Films, marcó un quiebre absoluto no solo en las nuevas representaciones de los icónicos Monstruos de Universal, sino también en el género de horror.


Por Ignacio Rapari

Drácula no fue el inicio, pero sí la consecuencia inmediata. Precisamente, la mítica productora británica Hammer Films, inmortalizó su firma en el horror en 1957, con la primera readaptación de un Monstruo de Universal en la pantalla grande. Claro que la productora había comenzado a transformar lo convencional del género con El experimento del doctor Quatermass (The Quatermass Xperiment, 1955), pero con La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein), el regreso de la tenebrosa criatura obra de Mary Shelley interpretada previamente por Boris Karloff en 1931, representaría el inicio de nuevas –y necesarias- tendencias visuales y narrativas que redefinirían un género en crisis y carente del impacto que supo lograr en las décadas del 30 y 40.

Entre los cambios más significativos, se dieron la llegada del color (accidental, al igual que varias decisiones más –como el maquillaje de Frankenstein– que tuvieron su razón de ser en la tensión con Universal Studios para redefinir a los personajes con absoluta libertad creativa) la atípica puesta en escena y la irrupción de lo explícito, principalmente en aspectos como la perversión, la violencia y las insinuaciones de índole sexual.

El éxito de la película apostó a que Hammer ambicionara un nuevo éxito con otro mítico Monstruo de Universal como protagonista y, principalmente, con el fabuloso trío que se convertiría en el sello oficial de la productora: Terence Fisher en la dirección y Peter Cushing y Christopher Lee en pantalla. En 1958, Drácula (Horror of Dracula, título que también tuvo lugar para evitar mayores conflictos de copyright con Universal a raíz del film interpretado por Bela Lugosi), se convertiría en una pieza invaluable del género de horror desde sus primeros segundos, en el que los títulos de letra gótica y un rojo radiante, junto a la sofocante banda sonora de James Bernard, vaticinarían un terror sin precedentes. En esta ocasión, la dupla protagónica invertiría los roles: mientras en La maldición de Frankenstein, Cushing interpretaba al repulsivo Barón, ahora se convertiría en un inolvidable Van Helsing para dar caza al monstruo. Y si bien Lee encarnó nuevamente al personaje fantástico, pasó de ser la víctima de un inmoral experimento a convertirse en el tenebroso conde vampiro.



La nueva película de Fisher no solo se vio obligada a repensar la obra literaria de Bram Stoker (que encontraría su adaptación más fiel en 1992 de la mano de Francis Ford Coppola y Gary Oldman en el rol del conde) sino también la obra dirigida por Tod Browning. Mientras que antes, el Drácula de Bela Lugosi inquietaba únicamente con expresiones lúgubres y reiteradas, fundamentalmente apoyadas en la rígida mirada del actor astro-húngaro, el vampiro ahora interpretado por Christopher Lee ofrecía una versatilidad incomparable, en la que mutaba entre la seducción y los modales de un aristócrata –al menos en los primeros 10 minutos de película- a una violencia incontrolable, reflejada tanto en sus movimientos a la hora de atacar (que hasta presentaban a Lee completamente despeinado a causa de la euforia, algo que no era habitual en una figura del estilo de Drácula) como en su rostro, repleto de ira y cargado con nuevos elementos que innovarían al personaje, como la sangre en su boca, temibles ojos al rojo vivo y, fundamentalmente, algo que indudablemente hoy es asociado a los vampiros pero no lo era en aquel entonces, y menos en la pantalla grande: los colmillos.



Por otra parte, si bien habría cuestiones que aún con la transgresión propuesta por Hammer Films todavía permanecerían ocultas, como las mordidas en primer plano (aquí ocurrirían directamente fuera de campo, al igual que en el film de Browning, aunque ahora sí se filmarían las cicatrices de las mordeduras), la película introdujo discretamente, entre varias de sus novedades, el plano sexual que se acentuaría en futuros abordajes de los vampiros en el cine. Tanto La novia con la que coincide Jonathan Harker en el castillo como Drácula anticiparían sus ataques con sugestivos acercamientos eróticos.

Tras el rotundo éxito del nuevo film de Hammer, la saga del vampiro se extendió a siete películas más a las que Lee se resistía a participar -ya comenzó a mostrar su disconformidad respecto a los guiones y al rol del personaje en la primera secuela, Dracula: Prince of Darkness (1966), limitándose a ser parte por cuestiones de fuerza mayor- y que, indudablemente, macaron una decadencia tanto en la franquicia como en la vida profesional del actor británico. De hecho, Lee y Cushing recién volverían a enfrentarse en la última película de la saga, Dracula A.D. 1972, estrenada ese mismo año. No obstante, a diferencia de Lugosi, Lee concluyó su carrera con un mayor reconocimiento y extendió su presencia a nuevas generaciones que lo conocieron gracias a numerosas participaciones en películas de Tim Burton o en exitosas sagas como El Señor de los Anillos, interpretando a Saruman, o en Star Wars, dándole vida en los Episodios II y III al Conde Dooku (por lo que sin dudas el rol de villano nunca le fue ajeno).

En definitiva, Horror of Dracula será recordada no solo por ser uno de los mayores logros de Hammer Films y concederle al Conde de Transilvania un lugar privilegiado en la historia del cine, sino también por consolidar, junto con La maldición de Frankenstein y la futura adaptación de La Momia (The Mummy, 1959) el comienzo de una hermosa amistad…

Última foto de Christopher Lee y Peter Cushing, tomada en 1994.

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