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La juventud toma el control

De críticos a redactores de cine. Todos los cineastas que conformaron lo que hoy en día se conoce como la Nouvelle Vague francesa tenían un objetivo en común: la libertad. Desechando los estándares y animándose a salir a las calles a filmar, a día de hoy siguen siendo objeto de estudio, revisión e idolatría.


Por Martín Rodríguez

Francia, 1951. El ya legendario crítico y teórico de cine francés André Bazin se asocia con Jacques Doniol-Valcroze y Joseph-Marie Lo Duca para fundar una revista de cine. Con el objetivo de dar a conocer una crítica diferente, orientada a películas tanto del under como canónicas, se empieza a editar y publicar “Cahiers du Cinéma”. Su ya icónica tapa, donde predomina fuertemente el color amarillo, que es acompañado por las letras negras del nombre de la revista, se podía ver en todos los rincones de la escena audiovisual parisina.

En sus páginas, la revista presentaba una crítica de cine alternativa. Rápidamente, los escritos de los diferentes autores empezaron a llenar el boca en boca de los franceses. Esto se debía, claro está, a la mirada diferente que proponían los críticos. En “Cahiers du Cinéma”, se defendía a los diferentes cineastas del Hollywood clásico y se los reivindicaba, ante un panorama que consideraba al cine únicamente como una industria insulsa.

Sin ir más lejos, estos mismos escritores impulsaron la reconocida teoría del autor, con la cual se explicaron los diferentes fenómenos en las filmografías de directores como Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Fritz Lang, Otto Preminger, entre otros. “Cahiers du Cinéma” era una revista de cine alternativa, que se manejaba preferentemente en las sombras, con un fuerte apoyo en la cultura y la valoración del séptimo arte. No se trataba de destruir o valorar una película, sino de impulsar la pasión por el cine, lo que a los redactores les sobraba.

Fanáticos, eso es lo que eran. Sus vastos conocimientos sobre cine provenían únicamente de la experiencia y de la asistencia a los cineclubes de París. Algunos de los redactores que formaban parte de la plantilla de “Cahiers du Cinéma”’ son los mismos directores que impulsaron la nueva ola francesa de cine años después. Estos hombres bajarían la máquina de escribir para levantar la cámara.

Sus nombres serán reconocidos a lo largo de toda la historia, para nombrar algunos de los más conocidos: Jean-Luc Godard, François Truffaut, Claude Chabrol, Jacques Rivette y Éric Rohmer, entre otros. Quién diría que estos jóvenes cambiarían el rumbo de la industria cinematográfica.

Claude Chabrol (izquierda) y Jean-Luc Godard (derecha) en la redacción
de la revista “Cahiers du Cinéma”.


Algo de contexto
La industria cinematográfica, como siempre, estaba dominada por los estudios de Hollywood. La Segunda Guerra Mundial había permitido un fuerte avance del capitalismo como sistema económico de preferencia, y se estaban viviendo momentos de plenitud para los países que adoptaron ese modelo. Este auge capitalista permitió el avance de muchas industrias, entre ellas, el cine.

La hegemonía de Hollywood se hacía cada vez más fuerte, y las grandes cadenas cada vez más ricas. El cine, y la cultura en general, era manejado por la hegemonía del país estadounidense en su totalidad. Es decir, no había lugar para la creación de una cultura underground, era imposible la aparición de algo alternativo. Esa es una de las razones por las que la Nouvelle Vague nació al otro lado del charco, en Francia.

Por esos lados, dominaban las obras del legendario Jean Renoir y las de un joven ascendente Jean-Pierre Melville, para nombrar los más conocidos. Sin embargo, el cine francés era general y lamentablemente opacado por el realismo italiano. Pero ya llegarían mejores tiempos para la escena audiovisual en Francia.

Jean-Luc Godard y Jean-Paul Belmondo en el rodaje de Pierrot el loco (Pierrot Le Fou, 1960).


A filmar
Era tanta la afición que tenían los críticos de la “Cahiers du Cinéma” por el cine, que, lisa y llanamente, se lanzaron a filmar. Presupuesto mínimo, el equipamiento necesario y muchas ganas, esos tres fueron los condimentos principales que llevaron a estos jóvenes a empezar a hacer películas. Sin ayuda de ningún estudio, ninguna productora, solos en las calles parisinas con cámara en mano. Así nació la nueva ola de cine francés.

Una de las películas fundacionales de la Nouvelle Vague francesa fue Los cuatrocientos golpes (Les Quatre Cents Coups, 1959), que constituye la ópera prima de François Truffaut en un largometraje. En ese film se da a conocer por primera vez el reconocido personaje Antoine Doinel, interpretado por Jean-Pierre Léaud, con el que Truffaut trabajaría muchos años.

Un año después, en 1960, Jean-Luc Godard empezaba la producción y rodaje de su primer largometraje. Se tituló Sin aliento (À Bout de Souffle, 1960) y, al igual que la película de Truffaut, contiene todas las características de las películas de la nueva ola francesa. Estos films empezarían a marcar de una forma autoral los primeros hilos de la filmografía de los jóvenes directores. El uso de la cámara en mano, las calles de París como escenario principal, el drama como género predilecto, los diálogos ingeniosos y personajes queribles eran algunas de las variables dentro de las fórmulas de cómo hacían sus películas. Estos jóvenes no dejaron que su bajísimo presupuesto sea una barrera para mostrarse al mundo.

Su expresión artística se hizo notar, y de su pasión del cine nacieron grandes largometrajes que constituyen una parte fundamental de la historia cinematográfica. Su talento los colocaría como directores de renombre hasta hoy en día, que siguen resonando. Fueron y siguen siendo objeto de estudio para críticos y cinéfilos.

Demostraron que no hay barreras para cuando uno tiene ganas. El empeño y la pasión de estos jóvenes permitieron la creación de una ola de cine que cambió la mirada y permitió la expansión del cine francés a lo largo de todo el mundo. La ambición de estos directores fue la justa y necesaria para dar el ejemplo y salir al mundo.


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