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Amor a colores

Ignorado tras su estreno en cines en 1998, la película protagonizada por Tobey Maguire, Reese Whiterspoon, William H. Macy, Joan Allen y Jeff Daniels, se ha convertido en un magnífico clásico de culto, ideal para descubrir tras el éxito de WandaVision, la serie protagonizada por Elizabeth Olsen y Paul Bettany.


Por Ignacio Rapari

Las altas expectativas por el debut en Disney Plus del Universo Marvel no solo han encontrado su sustento en el habitual hype por este tipo de propuestas, sino también en el innovador (y riesgoso) abordaje que ha propuesto WandaVision, casi inimaginable si se piensa en las fórmulas ejecutadas durante el extenso desarrollo de la franquicia de superhéroes. Tal es así que gran parte del público se ha sentido atraído por aquellas nostálgicas sitcoms americanas homenajeadas por la serie y sus representaciones de la vida (especialmente, del núcleo familiar), desde los años 50 en adelante.

El tiempo dirá si el flamante lanzamiento de Marvel Studios con Elizabeth Olsen y Paul Bettany permanece en el recuerdo o tan solo se convierte en un poderoso producto de agenda, pero descartable al fin. Sin embargo, el estreno de la serie significa una gran oportunidad para descubrir una película inolvidable como Amor en colores (Pleasantville, 1998), la mágica fantasía dirigida y escrita por Gary Ross (Los juegos del hambre, 2012) que, al igual que la serie del momento, explora aquellos antiquísimos mundos, pero fusionados con la aparición de elementos foráneos destinados a alterar el orden de lo cotidiano.

La historia de Pleasantville transcurre a fines del milenio pasado y se centra en dos hermanos David (Tobey Maguire) y Jennifer (Reese Witherspoon), quienes transitan los fines de la adolescencia con notables diferencias en sus formas de socialización: mientras que David se presenta como un joven retraído que únicamente parece encontrar su lugar en el mundo frente a la TV y la la vida idílica que presenta su sitcom favorita, Pleasantville, Jennifer se siente plena frente a un contexto que le permitirá convertirse en una estudiante popular.

La aventura comenzará cuando una noche, en plena discusión por el dominio del control remoto, los hermanos terminen siendo transportados a ese monótono y “agradable” universo televisivo aclamado por David, donde tanto los conflictos como los días grises parecerían no existir y el “deber ser”, que excluye a todo aquello “desagradable”, no tiene cuestionamientos.

A partir de la llegada de David y Jennifer (ahora convertidos en los hijos de la familia protagonista Bud y Marie Sue), Pleasantville comenzará a verse notablemente alterada por el florecimiento de nuevos comportamientos (materializados por la progresiva llegada del color, también clave en el desarrollo narrativo de WandaVision) que atentarán contra la represiva construcción de un mundo donde los matrimonios duermen en camas individuales, el peligro es inconcebible y, obviamente, todo es en blanco y negro.

Desde inolvidables personajes (cada minuto de Jeff Daniels en la película es casi tan encantador como su Tom Baxter en La rosa púrpura del Cairo), diálogos cargados de la más pura filosofía Nicomáquea de Aristóteles, inolvidables planos donde coexisten el blanco y negro y el technicolor más radiante y un notable score (con el majestuoso cover de “Across the Universe” de Fiona Apple a la cabeza), Amor en colores puede ser un fascinante descubrimiento para todos aquellos que, tras los primeros episodios de WandaVision (especialmente el uno y el dos), han sido seducidos por la sátira de los viejos valores americanos, los exagerados desayunos, las risas de estudio o la inquietante convivencia entre arcaicas normalidades (sea en las ciudades de Pleasantville o de Westview) y lo desconocido.