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Del mito al logos

País Vasco, 1609. Los hombres de la región se han ido a la mar. Ana participa en una fiesta en el bosque con otras chicas de la aldea. El juez Rostegui, encomendado por el Rey para purificar la región, las hace arrestar y las acusa de brujería. Decide hacer lo necesario para que confiesen lo que saben sobre el akelarre, ceremonia mágica durante la cual supuestamente el Diablo inicia a sus servidoras y se aparea con ellas.


Por Mariana Imoberdoff

Por años la industria cinematográfica nos ha deleitado con vastas historias sobre brujas. Mujeres del mal, seres místicos que desbordan belleza cautivante en conjunto con una gran poder y malevosidad. Son aquellas protagonistas del Sabbat, a las que hemos de temer y sobre todo, destruir. Pero… “¿Y si el Sabbat no existiese. Y si solo se tratase de un sueño?”. Esta pregunta se convierte en premisa transversal desarrollada en el galardonado film de Pablo Agüero llamado Akelarre.

El thriller de coproducción argentina-española debutó el pasado 2 de octubre en la pantalla grande europea, donde obtuvo gran recibimiento del público. El director y guionista Pablo Agüero, en referencia sobre los escritos del Jurista Pierre de Lancre, nos traslada al siglo XVII exponiendo y denunciando lo que fue el encarcelamiento, la tortura y ejecución de cientos de mujeres acusadas por la Corona y la iglesia Española en los llamados “Juicios de las Brujas”.

En el País Vasco del año 1609, el Juez Rostegi (Alex Brendemühl), junto al consejero Salazar (Daniel Fanego) y su cirujano (Daniel Chamorro) son encomendados por el Rey a viajar cada pueblo del territorio con el propósito de erradicar una plaga satánica. Los hombres arriban a un pueblo de marineros, pequeño y humilde abundante de población femenina. Durante una noche, la joven Ana -encarnada por la deslumbrante Amaia Aberastury– junto a su hermana y un grupo de amigas reunidas en el bosque, comen, beben y danzan a la luz de una fogata. En la mañana siguiente, mientras trabajan en sus tejidos, son arbitrariamente detenidas y acusadas de realizar el rito de invocación a Lucifer: “El Sabbat de las Brujas”. El Juez, incentivado por el perturbador deseo de vivenciar el Sabbat, hará todo lo posible para que declaren y exhiban ante sus ojos el presunto pecado.

Akelarre es historia enriquecida de tintes folk y posee sutilmente un aire de misticidad alineada a la palabra “bruja”, pero sin caer completamente en ella, jugando con el ida y vuelta entre la razón y lo sobrenatural a lo largo de toda la película. Nos invita a repensar sobre los sucesos nefastos de caza y quema de niñas, jóvenes y adultas consideradas irreverentes y osadas por el hecho de tener su fuerza ante la imposición de poder, peligro absoluto para la estructura social de dominio masculino de la época. La narrativa podría confundirse con films ya vistos tal como Las Brujas de Salem, sin embargo este largometraje rompe con la idea de una histeria femenina colectiva y nos demuestra la organización, planificación y puesta en marcha de los planes de estas mujeres sólidamente enraizadas. Akelarre nos deja marcado un mensaje de repudio a la obsesión del hombre que motivado por alcanzar la verdad es capaz de utilizar los más atroces medios, evidenciando que los pecados, muchas veces se encarna incluso en aquellos que se dan a la tarea de expiarlos.



El trabajo del equipo es distinguido. Se destaca la pulcra selección de casting, reducido en número pero diverso, compuesto no solo de actores con años de reconocida experiencia cinematográfica sino también de actrices nacientes como son las jóvenes que dieron vida a las acusadas de brujería. La sólida actuación de Aberastury en conjunto con las novatas intérpretes nos permite disfrutar del desarrollo narrativo de forma fresca y natural, brindando aires de renovación, demostrando con letras mayúsculas que “Ser novatas no es sinónimo de inferioridad”. En cuanto la escenografía, es bien lograda la ambientación de época medieval, observamos casas rodeadas de un bosque de verde nítido, el mar azul adornado armoniosamente por un acantilado rocoso y el cielo claro, posadas grises y calabozos lúgubres. El empeño de la iluminación es ambivalente, con tonos blancos resplandecientes y cálidos naranjas producto del fuego que brota entre las penumbras, luces que por momentos poseen punto de fuga desde un único ángulo, permite detener la atención en aspectos específicos, las expresiones corporales y la vestimenta que cada personaje lleva según su clase social. Los planos amplios transmiten plenitud y libertad, en esas secuencias nuestras protagonistas saltan, corren y se desplazan a antojo por el espacio disponible. En cambio, en las escenas de cautiverio los planos se tornan cerrados, oscuros, focalizados en lo facial. Se disfruta la contraposición de los mismos en las escenas del calabozo y los flashbacks ocasionales. En cuanto al sonido y musicalización, hallamos melodías tradicionales Vascas, flautas, bombos y mucho violín además de un coro rítmico pegadizo que provoca dar salticos y acompañar la ponderosa balada.

Es claro que las brujitas han vuelto a alcanzar las expectativas. A semanas de su estreno ya ha alcanzado un gran número de visitas en Netflix España, siendo unas de las más vistas del año. El largometraje, ha acumulado hasta la fecha nueve nominaciones a los premios Goya, de los que ya ha conquistado cinco estatuillas.

Akelarre se convierte para el cinéfilo en una excelente opción para disfrutar un buen momento. En Argentina podemos encontrarla, desde el 11 de marzo, en las plataformas de CineAr y Netflix.


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