Invitame un café en cafecito.app

El producto, por sobre todas las cosas

Si bien Bajocero, el reciente estreno de Netflix protagonizado por el español Javier Gutiérrez (La isla mínima, Campeones) ofrece un correcto entretenimiento, la ambición inicial se ve afectada por insólitas decisiones argumentales que terminan convirtiendo a la película en un mero producto de Netflix.


Por Ignacio Rapari

Nuevamente parecería que la construcción de películas de plataforma, casi como si fuesen un género en sí mismo, es la fórmula perfecta para que el cine cumpla sin inconvenientes el cometido de entretenimiento afrontando el menor riesgo posible. De hecho, el catálogo español, especialmente en Netflix, tanto en materia de películas como series, aparentaría ser quien con mayor facilidad ha consolidado esta tendencia y aunque Bajocero no resulta la excepción, lo que podría haber sido un gran thriller termina por convertirse rápidamente en un sinfín de lugares comunes y decisiones contradictorias en relación al atractivo primer acto de la película.

El segundo largometraje de Lluís Quílez (Desde la oscuridad, 2014), quien se inspiró para la historia en el cierre de la Cárcel Modelo de Barcelona en 2017 y lo que podía haber sucedido durante la reubicación de sus reclusos, se centra en Martín (Javier Gutiérrez), un policía decididamente estructurado que en una noche terroríficamente invernal debe conducir el traslado de un imponente furgón de reos junto a su compañero Montesinos (Isak Férriz). La desesperación comenzará cuando, inesperadamente, el furgón termine siendo interceptado por un misterioso personaje sin nada que perder.

Tras un sólido comienzo que, además de poner énfasis en la construcción del protagonista (especialmente en su concepción de la función policial), desarrolla de manera asfixiante el inicio del conflicto aprovechando al máximo la claustrofobia propia de la locación principal y los peligros externos (tanto humanos como climáticos), Bajocero va cayendo lentamente en un pozo de decisiones inexplicables, tales como convertirse en un slasher accidental o anticipar de manera brusca –y poco original- los motivos que dirigen al antagonista de la historia. Tal es así que, de un momento a otro, se termina ignorando cualquier posible influencia a la excelsa Asalto a la Cárcel 13 (Carpenter, 1976) para que únicamente prevalezca la redundancia (sobre todo en los diálogos), lo inverosímil (hay una escena “acuática” que parece salida de otra película) y, en su esperado plot twist (giro de trama), todo se reduzca a una inconsistente discusión moral que, lejos de ser profunda, resulta arcaica y trillada. De hecho, hasta parecería que los destacados momentos de la película, donde la claustrofobia y las inhóspitas condiciones climáticas tienen absoluto protagonismo, simplemente resultaron ser la excusa para llegar hacia un final peligrosamente pre-concebido y tan gélido como el insufrible invierno español.

Bajocero puede resultar un correcto (aunque olvidable) entretenimiento para aquellos que, tanto adrede como involuntariamente, no busquen más que un ligero producto de plataforma para pasar el rato, como también un tortuoso viaje para los amantes de la obra carpenteriana, donde todo es dicho sin necesidad de subestimar al espectador con fórmulas vacías y explotadas hasta el hartazgo.