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El mundo del crimen y las consecuencias detrás de las acciones que tomamos

Wrath of Man, la nueva película de Guy Ritchie, director de Juegos, trampas y dos armas humeantes (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1998) y Snatch: cerdos y diamantes (Snatch, 2000), propone desde la primera escena una presumible decisión que, afortunadamente, se mantendrá durante todo el film: no parecer una obra de Guy Ritchie.


Por Ignacio Rapari

Los primeros minutos de Wrath of Man acontecen en un plano filmado únicamente desde la bóveda de un camión blindado y captan el violento asalto del vehículo tanto en su interior como en su exterior, observándose este último de manera confusa desde una pequeña parte del parabrisas del furgón. A su vez, el sonido fuera de campo indicará que el atraco no salió como se esperaba.

Tras los sucesos en cuestión y unos atractivos créditos, propios a los que Guy Ritchie suele acostumbrar, el primer intertítulo (la película está dividida en tres capítulos) presenta a H (Jason Statham, en su cuarta colaboración con el realizador británico), un frío hombre que está a punto de ser contratado en Fortico Securities, la empresa de seguridad de la que dependía la furgoneta asaltada al inicio de la película. Luego de pasar con lo mínimo un examen de aptitudes a cargo de su superior directo, Bullett (Holt McCallany, el agente Bill Tench en Mindhunter), H es efectivamente contratado, pero, tanto su comportamiento como una serie de nuevos asaltos que sufrirán los camiones de la compañía indicarán que no es precisamente quien dice, o al menos, demuestra ser.

Sin muchos preámbulos, desde el momento cero se presume que H está en Fortico por algún motivo en especial que excede el interés laboral. Ni siquiera le importa disfrutar de los créditos recibidos por su inesperada implacabilidad -o sociopatía- para la protección de los furgones, que lo convertirán en un baluarte irremplazable para el dueño de la empresa, que hasta ve en él una seductora posibilidad de merchandising. De hecho, el humor casi involuntario que posee la película gira alrededor de ciertos estereotipos que se construyen alrededor de este tipo de compañías y su personal, tan presumiblemente reo como inefectivo a la vez. Por ejemplo, el conductor de los camiones, Boy Sweat Dave (el remador Josh Harnett, con una nueva resurrección cinematográfica), muta entre un aparente “tipo pesado”, un cobarde incapacitado y, finalmente, un aspirante a la más hilarante redención, casi percibiéndose que Ritchie fue quien mejor entendió que la posibilidad de que Harnett sea un héroe de acción, tal como se pretendía durante los primeros años de este milenio, era imposible.

En efecto, el desarrollo de la película se vale fundamentalmente en develar las motivaciones de H, y es a través de ese eje donde se encuentra uno de los puntos fuertes de Wrath Of Man, que, mediante una narración fragmentada en constantes retrocesos y avances en el tiempo, y solo con mínimas confusiones a raíz de algunas idas y vueltas un tanto excesivas, logra mantener el suspenso notablemente, aún a pesar de la previsibilidad que podría llegar a tener el conflicto. De esa manera, todas las líneas temporales se unifican en un explosivo tramo final con todo lo esperable y necesario en este tipo de propuestas.

Por otra parte, amén de que la película no descubra nada nuevo en el subgénero de las heist movies, resulta un consuelo que el director se haya desprendido de los abundantes caprichos artísticos que arrastraron los últimos años de su filmografía, decididamente acumulados en la abrumadora Los caballeros (The Gentlemen, 2019), donde Ritchie demostraba sin escrúpulos la autosatisfacción que le producían los films más icónicos de su carrera, con un guion casi reciclado y llevando al extremo la estilización pop de gangsters más preocupados por el outfit cool que por sus delictivos negocios.

Contrariamente, aquí Richie evita caer en cualquier edulcoración invasiva que pueda esperarse según su registro, reinventando su estilo mediante la misma influencia del cine negro clásico que lo consagró y dejando de lado todos aquellos vicios que apagaron su frescura, principalmente mientras se dedicó a filmar con los grandes estudios. Hasta se podría decir que esta “independencia” no solo parte de la propia sombra del director sino también del confort que parece haber encontrado el cine de acción desde el poderoso fenómeno John Wick, referencia indiscutible al día de hoy para gran parte de las películas del género.

Sin lugar a dudas, con Wrath Of Man no estamos ante una obra donde el desarrollo de los personajes ocupe algún tipo de peso (la frialdad e inexpresividad de Jason Statham ha llegado a niveles tan absolutos como su presencia en la película), pero tal como lo ha hecho Ben Affleck con Atracción peligrosa (The Town, 2010) o el debutante Christian Gudegast con El robo perfecto (Den of Thieves, 2018), Ritchie otorga otra más que correcta heist -y a su vez revenge- movie contemporánea carente de efectismos vulgares, pero no por ello ajena a un solvente entretenimiento para cualquier tipo de público.


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