23 de mayo de 2024

Dejar todo, pero no del todo

Apremiado por las deudas económicas, Sergio Duyán aprovecha una tragedia social y toma una drástica decisión para alejarse de su familia y que puedan seguir sus vidas sin esa carga. Tras estar varios años escondido en el exterior, la inquietud por ver el presente de sus seres queridos se le hará cada vez más fuerte y emprenderá su vuelta.


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Por Ignacio Pedraza

Ante situaciones desesperantes, medidas drásticas: la frase parece ser el puntapié en el cine de Sebastián Borensztein, quien a lo largo de su filmografía ha retratado sobre la mala suerte, el exilio y la injusticia, con sus diferentes protagonistas tomando acciones radicales o fuera de lo que se representaban en un primer momento. En Descansar en paz (2024), su último trabajo, el hecho pasa por fingir la muerte.

Basada en la novela de Martín Baintrub, Descansar en paz: ¿nunca soñaste con dejar todo y empezar de nuevo?, la historia sigue a Sergio Duyán (Joaquín Furriel) y su lucha día a día ante las múltiples deudas que debe pagar, desde deberle a la familia de su esposa Estela (Griselda Siciliani) hasta a personajes más pesados como el prestamista Hugo Brenner (Gabriel Goity). El protagonista toma una extrema decisión al estar presente durante el atentado a la AMIA para desaparecer, darse por muerto y despejar el terreno de problemas a su familia.

Con una sinopsis que revela bastante sobre la trama, lo interesante de la nueva propuesta nacional de Netflix se basa en la construcción de la problemática y un retrato sobre las causas y consecuencias de la decisión de Duyán. A través de un tono tenue, Borensztein –con guion del propio director y de Marcos Osorio Vidal– deciden tomarse su tiempo para evidenciar la situación del protagonista y crear un ambiente de asfixia ante las obligaciones que apremian, con una sub-lectura también del contexto social y político nacional.


La narrativa parece pararse cómodamente en un thriller de tintes dramáticos, donde la moderación en la interpretación de su reparto con contenidos momentos más sobrecogedores –en este punto más referido al personaje de Furriel y en menor medida para Siciliani– logra un tono bien marcado en el largometraje donde la culpa, la inquietud y los supuestos son temáticas primordiales.

No obstante, promediando el relato cuesta no sentir su estancamiento y cierta retracción –producto en cierta parte de esa prudente narrativa- en las vivencias de Sergio, principalmente cuando ya está en tierras guaraníes. La elipsis al autoexilio del protagonista –quien durante dicho pasaje está bien acompañado con la interpretación de Lali González– no permite desarrollar dicha situación y puede gozar de superficial, al no haber una mayor problematización.

Algunas cuestiones, como el desarrollo de la relación entre los personajes de Goity y Siciliani o la nula profundidad del mismo Brenner, más allá de insinuaciones sobre su sucio trabajo, parecen quedarse a mitad de camino. Sin embargo, dichas vertientes se justifican en el camino afrontado por el personaje de Furriel, donde los focos están puestos allí.

La fotografía de Rodrigo Pulpeiro –hay una correcta ambientación principalmente referida a la década de los 90- y la musicalización justa y sin invadir de Federico Jusid, juegan a tono con lo propuesto en el relato, dándole mayor entidad a una propuesta que si bien no se destaca en el último tiempo –ni ser lo más destacado de su director-, logra ser llevadera y despertar el interés sobre su historia.


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