La hora de los aplausos

Se suponía que sería un trámite, algo rápido, indoloro, anónimo incluso. Bajar a tirar la basura, ¿Cuán complicado podría ser? Pero aquí estoy a punto de morir sin saber por quién, o qué, mejor dicho. ¿Qué es esa cosa? ¿Y por qué quiere matarme?


Por Rodrigo Vega

Otra noche habitual en el edificio, luego de un día no ordinario en la ciudad. De repente debimos permanecer encerrados la mayor parte del tiempo, sin saber cuándo terminaría. Creímos saberlo, pero las noticias de otros países nos decían que esto iba a extenderse por un tiempo incierto. Hasta los animales se preguntaron qué estaba pasando. Desde el team gato necesitan que regresemos a la rutina. El team perro jura ser más feliz que nunca con su mejor amigo en casa 24×7. ¿Cuál team sos? Esto es importante, siempre. El nuevo ascendente del signo: team gato o team perro.

Al terminar mi rutina de home office recordé sacar la basura amontonada de varios días en mis tachos de la cocina y baño. Los tiempos cuando se vive solo son autoindulgentes. Un plato puede lavarse mañana, una prenda puede guardarse el viernes, el canasto de ropa se lava el domingo a última hora y las camisas se descuelgan de la bicicleta fija a medida que son necesarias para un evento semi formal. Planchar es un arte perdido de una generación en extinción. En medio de la odisea de dos horas para entrar al supermercado, hacer las compras y recibir llamados de mi jefe toda la tarde como si home office significara soy tu asistente personal disponible a cualquier hora; olvidé sacar la basura otra vez y pensaba dejarla hasta mañana pero el olor opinaba lo contrario.

Preparé mis tres bolsas, tomé las llaves y puse el celular a cargar siendo las 20.40 horas. Quería bajar rápido para volver antes de las 21.00 a casa, desde luego la puerta el ascensor estaba mal cerrada cinco pisos abajo en el cuarto piso. ¡¿La gente todavía no aprende a leer los carteles en el edificio?! Tomé las escaleras que casi nadie usa, todos preferimos evitar el ejercicio básico y puro de subir una escalera, pero no tenemos problema en pagar un gimnasio. Pasillos angostos de catacumba, mal iluminados y con pisos de mosaicos tan feos que parecen sucios aunque se supone que están limpios desde que desinfectamos los espacios comunes. La mitad de mis vecinos son estudiantes universitarios que partieron a sus casas la semana que esto comenzó. La otra mitad somos una mezcla de solteros profesionales y algunos dueños de departamento jubilados. Por lo tanto hay un silencio importante excepto a la hora de los aplausos. Porque los edificios linderos están colmados de gente que sale a los balcones para hacer un espectáculo que muchas veces ha terminado en el noticiero.

Bajar en silencio y pensar o tratar de no hacerlo. Octavo piso, nadie. Séptimo piso, solo uno de los departamentos está ocupado. Sexto piso, nadie. Quinto piso, de nuevo nadie. Cuarto piso… No debería haber nadie. ¿Por qué paró el ascensor acá? ¡¿Y por qué está el 4 B abierto?! Gente de mierda, dejan entrar a cualquiera a este edificio. Supe que la vecina falleció en el verano, nunca la saludé, no parecía amable y yo no tengo tiempo para esas pavadas. ¿Habrá venido alguien a buscar sus cosas o será un ladrón? Pese a mi urgente necesidad de bajar corriendo y golpeando cada puerta, evito ser un cobarde y me acerco a la puerta, bolsas de basura en mano. “Hola, ¿Hay alguien?” El departamento a oscuras. ¿Es esto normal? “¡Hola! Voy a llamar a la policía si no responden”. Nada. Y le he fallado a todas las series que vi donde un boludo entra a un departamento sin luz que no debería estar abierto porque sí. Entré.

Quisiera gritar “hola” de nuevo pero tengo un nudo en la garganta al que no quiero darle entidad de premonición. No quiero ser presa del miedo primitivo que la oscuridad nos provoca. La vecina falleció sola, algunos dijeron que estaba alejada de su familia, otros que nadie la visitaba. Nadie está en el departamento. La luz quizás la cortaron por seguridad. Y se abrió porque bueno, que se yo porqué. Capaz hoy lo visitaron y lo dejaron mal cerrado pensando que le habían puesto la llave. ¿Puede pasar? Supongo. La vecina tenía una hermana con la que no hablaba nunca, años, décadas, eso rumoreaban cuando la veían pasar. Supongo que puedo entenderla, si la gente no sirve no hay que perder el tiempo. Son basura como mis bolsas y así de simple de descartan.

Son las 20.45. Mi reloj digital alumbra lo suficiente, no hay nadie acá, mi corazón late fuerte por nada. Mi nuca se estremece por falta de costumbre. Los vellos en mis brazos se erizan por cobardía, ¿Verdad que sí? ¿Verdad que no hay nada más acá? Díganme que las redes sociales tienen razón y no existe nada más cuando morimos. Que es cierto que el ego de un tuitero con cuenta verificada vence a la religión. Estoy viendo algo formándose frente a mí. Una nube en un rincón de la habitación de la ex dueña de casa. Una nube retorciéndose y rugiendo. Una nube que se abre como una bolsa de truenos. Una nube con tiene extremidades y garras. “Ok me voy a la mierda…”

“Calma, calma, calma. Esto no es real.” Voy a salir de acá y subir a mi departamento, mañana tiro la basura. Si es que puedo encontrar la puerta. ¡¿Dónde mierda está la puerta!? Este departamento es chico, ¿Por dónde salgo? A la izquierda hay un pasillo, lo recorro y termino en este hall de nuevo, si voy a la derecha también, hacia atrás tengo la habitación donde no pienso volver y adelante… La nube.
Como si fuera una bolsa de plástico, de látex, negro azabache, se parte desde el centro, desde adentro. Chilla, como si al desgarrar una bolsa estuviera viva y te maldiciera. Huele a plástico quemado, no le alcanza con chillar para aterrarme. Y cae muerto a los pies de una cosa, humanoide, una sombra con cuerpo avanzando hacia mí.

Vuelvo corriendo a la habitación y trabo la puerta, me juré no entrar pero esa cosa está en el pasillo. ¡No! ¡¿Quién carajos le pone rejas a un cuarto piso?! Por lo menos desde la ventana puedo pedir ayuda, alguien me tiene que escuchar en el patio interno.
¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡¿Alguien me escucha?! La cosa intenta entrar. ¡Ayuda! ¡¿Porque mierda no responden!? Está rasgando la puerta como lo hizo cuando apareció. La alarma de mi reloj me hace gritar. Ay no, las 21.00 horas. No, no, no. ¡Escúchenme! ¡Ayuda! Está por romper la puerta. ¡Dejen de aplaudir! ¡Dejen de taparme! ¡Ayuda! Sus garras atravesaron la madera. ¡Escuchen! ¡Estúpidos! ¡Ayuda! La puerta estalló, es irreal ver esta cosa caminando lentamente entre aplausos y silbidos. ¡Todos estos pelotudos están alentando mi muerte! Ayuda. El miedo no me deja gritar…

El rencor hace daño, siempre lo supe, guardé rencor por años a compañeros que me hicieron bullying. Me regocijé cuando hace un par de años fui a la reunión de la secundaria y esos idiotas resultaron fracasados en la vida real. Quizás yo era un fracasado para ellos en la burbuja de la adolescencia. Los traté mal, disfruté mi éxito y mi dinero frente a ellos. Hablé de viajes e hice tantas contorsiones para mostrar mi iPhone y mi reloj digital Apple que Fuerza Bruta debería llamarme para que haga un malabares con celular en sus shows. Por mi mente pasaron situaciones similares con mis padres, amigos y parejas. ¿Cuántas veces fui una mierda de persona? No me di cuenta que yo también hace casi un año estoy siempre solo. En ningún momento entendí el dolor, su dolor, nuestro dolor. Como la vida duele, el tiempo duele, las oportunidades perdidas duelen y nuestros momentos despreciables duelen, no solo quiénes reciben nuestro odio, sino a nosotros mismos.

El zarpazo de la criatura hizo la sangre brotar de mi remera, cinco huellas en la carne chamuscada. ¿Es pus lo que brota de mi herida? Huelo como la nube: plástico asqueroso mezclado con pelo quemado y sí, el otro hedor era carne humana, ahora lo sé. ¡Mi piel está chillando!
La impresión y asco me hizo perder el conocimiento. Desperté deseando estar soñando que sacaba la basura pero no, sus ojos o la ausencia de ellos fueron lo primero que vi. Intenté gritar pero solo pude toser, juro que escucho los aplausos y silbidos todavía retumbando en mi cabeza. Aplausos y el sabor de mi sangre. Supuse que sería mi final y tomé el valor de mirar su rostro de nuevo. Me dejé caer en los huecos de nada que tenía frente a mis ojos. La criatura me hizo entender su dolor, como tomó forma propia y la destruyó por dentro hasta que nada quedó en su vida. Y nadie la volvió a visitar en vida. Tuve suerte de venir a visitarla, pues reconocí el vacío que me estaba volviendo insensible. He sentido la devastación de la pérdida. Créanme si no la sintieron, nada, eso somos, nada. Frente a una fuerza inevitable que nos barre como el viento al polvo. Estamos en el mundo sumando cosas como logros y de pronto sabemos cuan insignificantes son nuestros caprichos y orgullo. Que tan poco importa habernos ofendido con alguien que queremos. La estupidez de perder tiempo, un recurso no renovable que se nos escapa entre los dedos.

Cuando los aplausos se detuvieron y tuve la fuerza para gritar, en lugar de eso le agradecí está advertencia a la criatura, pronto mi herida dejó de sangrar. Caminé por el pasillo y encontré la salida de la oscuridad. Ahora estoy subiendo a mi piso después de tirar la basura, con la remera rota manchada de sangre seca, la cicatriz asoma triunfante, son las 21.10 horas.