Distanciamiento

Siempre discutimos, por todo, por nada, por las dudas. Eso me hizo comenzar con la sospecha. Fuimos a hacer las compras al supermercado, al más cercano. Permiso para circular de por medio, con tantas calles y accesos cortados, debimos desviarnos tanto que el recorrido es un pequeño paseo de 20 minutos en rutas vacías. Solo los dos y nuestras charlas que comienzan de forman civilizada, devienen en reproches varios de actitudes pasadas y terminan en una tregua donde ninguno emite sonido. Dos personas. Un auto. Calles semi vacías. Silencio.


Por Rodrigo Vega

Esto no está funcionando, de nuevo me encuentro pensándolo. Sin embargo, ¿Qué puedo hacer ahora? ¿A dónde iría después de todo este tiempo? ¿Es mejor malo conocido? ¿Y por qué no dice nada? Desde que subimos al auto no habla, solo se sentó en el asiento trasero para respetar la distancia. ¿O será para estar lejos de mí? En todo caso le vino bien. Tal vez sea yo quien no debe decir nada, ¿me habré equivocado de nuevo o esta vez fue su error? En algún momento pelear se convirtió en la nueva dinámica. Desde entonces no podemos salir de allí, un vórtice que succiona nuestras buenas intenciones. El agujero negro de la habitación que antes olía a rosas y hoy se presiente gris, fría y huele a moho. Algo se está pudriendo entre nosotros. Uno de los dos se ha convertido en villano.

Salimos del estacionamiento hacia las calles ya teñidas por la noche prematura del otoño, aun menos gente que antes paseando a sus mascotas. La humedad hace el cemento más interesante y esa neblina extraña que a veces vemos antes de acostarnos, está presente. Intento preguntarle algo con la mirada, pero no parece deseoso por responder ya que mira por la ventanilla sin hacer movimiento alguno. Casi no hablamos dentro del supermercado, teníamos nuestra lista dividida y resultó más agradable comprar cada uno por su lado que ir juntos fingiendo amor en público, no me digan que todas esas parejas se comportan en privado como disfrutan presumirlo cuando salen.

Con cada persona menos que veo en la calle, un mal presentimiento crece dentro de mi mente. Tengo tiempo en un semáforo para rastrear su origen hasta el momento en que subimos al auto. ¿Cuándo le perdí de vista? Mejor aún, ¿Cuándo lo llamé para pagar y llevar las cosas al auto? Solamente apareció y supuse que me estaba observando. Pero apareció con sus cosas, las que debía comprar, entonces por qué pienso en esos momentos que sucedieron de forma tan mecánica que no puedo recordarlos en detalle. ¿Viste igual que cuando salimos? Discutimos cuando salimos, no le presté atención a su ropa. ¿Era ese el barbijo que usó al salir? Era blanco, típico de farmacia, como este que usa… Ese de atrás, el que me mira de reojo, el que me acompaña de noche en la ruta vacía, ¿Es él?

Evito mirar demasiado, se que tengo que hablar, pero no puedo hacerlo sin que note mi nerviosismo. ¡¿Dónde carajos hay una patrulla o un control cuando lo necesito?! Quizás sea lo mejor, voy a hacer el ridículo. Ahora le tengo miedo a mi pareja. Pero hay algo que está mal, un aroma, una energía, ese maldito presentimiento. Recorre todo mi cuerpo, es una ponzoña que me paraliza, lo he sentido antes, esto es miedo. El miedo de siempre a lo incierto de su conducta. El miedo a llegar y que no le guste mi respuesta. El miedo a querer irme y que la puerta no se abra. Vibra dentro de mí, me hace temblar por su potencia, la irrefrenable certeza de que hay una amenaza, estoy en peligro. Este no es él.

Nuestro pequeño espacio compartido potencia las sensaciones, puedo sentir que la temperatura está bajando en el asiento trasero. Puedo ver su aliento desbordando el barbijo, la tela se humedece y empieza a lucir como sucia. Huelo esa tela, escucho su respiración, mis ojos buscan alguien que sea testigo, una excusa para frenar. No hay nada, nadie vendrá hasta que compruebe lo que ya se de antemano. Está empezando a llegar el frío en mi parte del auto, frío y el olor fétido de esa tela. Mi espejo grita que me está mirando fijamente, debe notar el sudor en mi frente. Ya lo sabe, como lo supo antes de subirse. Pero no me conoce y no se abrochó el cinturón.

Voy a decirte algo ahora… ¡A vos! Sí, ¡A vos! Bolsa de mierda. Baboso del inframundo. Pesadilla de cuarentena. A vos aliento a fracaso. Cagón. Solo te sentás ahí a juzgar mi sufrimiento cuando el que me lo provoca sos vos. Nadie más. Demonio de cuarta. Copiloto en tu propia vida de mierda. No sabés ni reconocer que sin mi temor no tenés nada para mantenerte.

Lo miré a los ojos y reconoció mi intención. Para evitarlo descubrió su rostro y era tan fiero como temía, la materia que compone las pesadillas. Una imagen horrenda que desgarró mi espejo, partiéndolo a medida que el barbijo caía. Desprendió su quijada y vino sobre mí con gran velocidad. Pero no logró paralizarme de miedo. Ni el dolor frenar mis actos. Ni el asco de esos dientes filosos hacer que dejara de mirarlo a los ojos.

¡Te gusta comer la carne que arrancaste fresca de mí desgraciado! No me importa cuántos dientes afilados tengas preparados. Siempre tuviste las fauces pequeñas. Pelotudo. Monstruo fracasado. Creés que podés conmigo, pero yo tengo el control y con solo girar o frenar vas a salir disparado al infierno que te vomitó. ¡Y ojalá te trague de nuevo porque una mierda como vos no merece estar sobre esta tierra!

Choqué una columna… Y su mandíbula apretada contra mi hombro se quebró. Escuché claramente sus huesos desprenderse y vi en mi confiable espejo su piel rasgándose. Dientes tallados como armas primitivas volaron junto a trozos de mi espejo retrovisor. Una danza macabra en el aire, entre gotas de sangre y lágrimas. ¡¿Cuánta sangre negra tiene este hijo de puta?! Mi airbag le tiró la cabeza hacia atrás con tanta violencia que sentí pena. El ruido me revolvió el estómago. Fue brutal, la piel de su cuello estirada y abierta en jirones, dejando espacio donde su cabeza estaba segundos antes. Le vi morir. O al menos desvanecerse gimiendo entre contorsiones, como el cuerpo de una serpiente, cuando le cortan la cabeza. Asumo que me habrá insultado de mil formas. Pero no hablo demonio fracasado. Así que no sabría traducirlo.

La policía vio algo escabullirse del auto cuando llegaron, pero les pareció mejor negar lo que no podrían explicar. La versión oficial es que me bajó la presión y choqué. El vidrio me lastimó el hombro con la forma de una mordida monstruosa. Qué conveniente. Me llevaron a la guardia y estuve en observación. Relaté la versión menos sobrenatural posible de los hechos. Mi novio llamó, pensó que me enojé y lo dejé plantado en el supermercado. No supe explicarle que algo más subió a dar un paseo infernal conmigo. Así que le pedí disculpas, necesitaba pensar y estar sola, empecé a manejar y cuando me di cuenta ya estaba lejos, iba a volver cuando choqué.

Llegué a casa y junté mi ropa, me fui al departamento de mi hermana. Me preguntó el verdadero, el que debajo del barbijo parece normal, a dónde iría, por qué lo hacía, qué haría sin él. Le dije que ya expliqué todo en el auto. Me miró como si el choque de ayer me hubiera afectado la razón. Nunca estuve más lúcida. Ya conocí al malo por conocer. ¿Qué más necesito para saberlo?