Paseando el perro

Anoche volví a soñar con ellos, ha sucedido tantas veces, noches enteras repitiendo los sucesos, tanto que he logrado recorrer varios pasajes del sueño, el laberinto de cajas donde siempre termino jugando a la presa y el cazador. Sucediendo en mi mente días enteros, viendo la luna ascender junto a una lluvia permanente de estrellas o al sol descender apagándose como la llama de una estufa, desde las ventanas del depósito eterno. Deambulando sin encontrar salida ni remedio a mi destino, excepto la que me obliga a despertar gritando.


Por Rodrigo Vega

Tras cada noche tumultuosa, empieza el día en aislamiento. Otro más y van… Ya no llevo la cuenta porque me desanima pensar en otro año perdido, aunque esta vez no sea mi culpa ni siquiera ver memes suscita mi sonrisa. El humor es cosa de otra época, aquella distante cuando salía a tomar una cerveza con amigos. Con los pocos que aun quedan fieles, resistentes al paso de los años. Comienzo la mañana quitando latas de cerveza de la mesa ratona, sabiendo que esa es la salida moderna, una cerveza entre amigos vía videollamada. Al menos no estoy solo, mi perro esta conmigo, siempre cerca.

Intento no sacar a mi perro muy tarde, siento que el panorama nocturno contribuye al imaginario de mis sueños. El recorrido breve por la plaza cerca de casa de la mañana, se convierte en solo una vuelta a la manzana por la tarde y finalmente en la cuadra donde vivo a la noche. Para luego regresar a la solemnidad de los espacios comunes del edificio sin gente a la vista. Sabiendo que todos están concentrados en sus pequeños mundos y quién sea esté fuera básicamente queda liberado a su suerte. Motivo de mis pensamientos, catalizador de mis sueños, donde una manada de fieras pisotea mi subconsciente.

El problema es que hay algo más en mí, algo que no habría notado de continuar la realidad con la rutina. Las fracturas en nuestra continuidad colectiva son el espacio propicio para aquello que compone los cuentos: la fantasía. Observo en mis sueños como la energía florece donde había puestos de revistas, veredas de cafeterías, son pequeños detalles imperceptibles que no estaban ayer. Las galerías vacías que recorro en mi mente, donde compro ropa que se vendía hace 15 años atrás en mi adolescencia, tienen el sonido de la brisa que dispersa esta especie olvidada por la ciudad. Sucesos sin explicación racional durante este tiempo, animales en extinción regresando a espacios donde la naturaleza reinaba, marcan el camino para otros. Me sorprende sentir tan intensamente la alerta en mi cuerpo, cuando recorro peatonales desiertas y escucho su llamado, saber que están llegando al microcentro me exaspera. Es cuando comienzo a buscar dos cosas: refugio en un depósito abandonado cuyas filas de cajas apiladas hasta donde consigo vislumbrar lo vuelven eterno y lo más urgente… Despertar.

Sin embargo esta vez no desperté gritando, tampoco desperté de día, sino en plena madrugada, con la puerta abierta y mi perro desaparecido. Me cambié tan rápido como pude y salí a buscarlo en el pasillo, pero me vestí para salir a la calle porque sabía dentro de mí, sabía que no sería tan simple. Debí presentir también que tendría que salir más protegido, porque no hay nadie en la calle desde luego y también porque escucho su llamado, acá en frente al edificio, en pleno centro, en la realidad. Busco a mi perro, lo llamo conteniendo mi voz para no llamar la atención. Cuando llego a la esquina lo intuyo, temo que se dónde está.

Llego a la plaza que mi perro disfruta tanto, son tan solo tres cuadras desde el edificio, nadie a la vista. La noche es fresca y clara, siento las hojas frías de las plantas y el pasto brillante y lleno de color moja levemente mis zapatillas. Veo a mi perro, el desgraciado está jugando sin problemas, corre contento. No puedo ver que hay detrás de los arbustos, está jugando con algo. Me acerco tratando de no temer porque mi perro no quiere venir conmigo, piensa que estoy jugando como hacemos de día. Es otro perro más grande y blanco, un siberiano hermoso. Me mira expectante, como si yo debiera hacer algo por él. Pronto la veo caminando hacia mí, su dueña trae una campera como la mía. ¿Sigo soñando?

¿Crees en el destino? A veces pienso que estoy marcado. Que sin importar cuál camino tomara habría terminado esta noche, en este lugar, en este momento cuando las encrucijadas de mis pasos alternativos se encuentran y todo cobra sentido. Mi vida se ilumina como un foco de una habitación con las ventanas cerradas, en una casa que ha estado inhabitada por años. Aquí estoy, ahora soy. Y esta luz es llamativa, causa que me destaque, tener que usar la campera que heredé como reliquia familiar, arruina mi camuflaje. La hemos tenido por la buena suerte y porque el tiempo parece no afectarle en absoluto. Está nueva, como si la hubiera comprado este año. Pero he llegado a este punto de todos modos. Porque es mi destino. ¿De qué otro modo podría explicar que me hayan encontrado?

Le pregunto qué hace acá a esta hora. Sonríe y me dice: “supuse que no estaría sola esta vez”. Varios interrogantes pasan por mi mente: ¿Cómo escapó mi perro? ¿Por qué estamos parados en la plaza a mitad de la noche? ¿Quién es ella? Parece leerlos en mi mirada y me dice que vino porque la calma del mundo permite escucharlos mejor. “Las energías se han removido como un panal de avispas”, me dice. “Y como tales ahora están buscando inyectarse en quienes sean propensos a recibirlas”, continúa. “Estamos marcados vos y yo”. Leo en sus labios, tenemos la misma prenda. “Estamos en peligro ahora”, me dice abriendo sus ojos miel cuando los escucho de nuevo, la manada que me persigue en mis sueños. Están acá. “Vamos.”

Corremos por la plaza entre los arbustos con nuestros perros, su siberiano blanco, mi border collie negro y blanco. Las camperas destellan entre los verdes pardos, parecen intensificar su color cuando los aullidos se acercan. En lugar de temer siento energía como nunca antes. Donde había dudas, escucho respuestas. Frente a la incertidumbre vuelvo sobre mis memorias y encuentro allí lecciones de vida que tuve de mis padres. Estos animales que sobrevienen tan inevitables, son apenas un obstáculo entre las posibilidades que veo frente a mí. Sus patas pesadas resuenan cuando entran a la plaza, no tenemos mucho tiempo y todo está cerrado por acá, excepto… ¡Oh! ¡No es posible! ¿Esto está pasando?

El depósito que no puedo sobrevivir, está a mitad de cuadra, desde luego mi subconsciente tomó esto y lo reprodujo como un laberinto. En realidad solo está sucio y semi vacío. Un problema porque si estos perros salvajes vienen por nosotros no tenemos dónde escondernos. “No hace falta esconderse, solo pasar desapercibidos”, me dice. ¿Cómo? En otra habitación del depósito hay cajas de madera grandes, allí metemos a los perros. ¿Y nosotros dónde vamos a estar? “Nosotros ya tenemos protección”, observó en su ademán con la campera, que se abre tomando la forma de las lonas sobre las cajas de madera. Hago lo mismo e intento no respirar. Pero vuelvo a sentir el miedo que me paraliza en mis sueños, van a captar nuestro olor le digo. “La campera no tiene olor, los bloqueará”. Retumba en mis recuerdos de las veces que no sentí aroma alguno de esta prenda. “Creelo y será”, susurra segundos antes que ingrese la bestia al depósito.

Solo una fiera se paseó entre las habitaciones del depósito, relamiéndose, anticipando la cena. Escuché como jadeaba buscándonos, aullando para rentar a mi perro, para que el miedo me hiciera moverme y le dijera donde estábamos. Los minutos se escurrieron como gotas, líquido que luego comenzó a caer dentro del depósito por un chaparrón de madrugada. Eso los ahuyentó, sentí que había demasiada simplicidad en todo esto. Que no podríamos haber escapado a perros salvajes y hambrientos olfateando a nuestras mascotas y a sus dueños como un combo de madrugada. El bajón que hace años no tengo con amigos después de una noche de joda, pero mortal. Supuse que estaba enloqueciendo, el pensamiento más razonable de la noche. Pero ella ya no estaba para convencerme de lo contrario. Solo mi perro, yo y animal salvaje atrapado por la municipalidad que nos persiguió hasta este lugar y no nos encontró porque use esta campera… Roja.