La reunión social

Luego de meses de incertidumbre, pequeñas muestras de esperanza llegaron para terminar con el reinado de las calles desiertas en las ciudades. Permitieron las reuniones, mínimas desde luego, nos pareció un buen momento para vernos y recordar a nuestro amigo. Antes del virus, los encuentros podían ser fugaces, esperábamos hasta último momento para cancelarlos o eran inolvidables. Esas eran las tres opciones que catalogaban las interacciones de nuestro grupo. Por años fue como nos relacionamos y construimos el vínculo que nos unió. No anticipé que habría una cuarta opción, mejor resumida por Nietzsche: “Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti”.


Por Rodrigo Vega

El viernes llegó trayendo consigo recuerdos de tiempos dorados, diversión sin consecuencias, el tiempo a nuestra disposición, catarsis de las insípidas rutinas semanales que nos consumen. Sería una semana similar a la normalidad que solíamos disfrutar sino fuera porque uno de nosotros ya no estaba. Vernos tras dos meses no se sintió extraño, pasamos de la obviedad del dolor a las anécdotas que mejor representaban a nuestro amigo Pablo.

Momentos dorados que se sellaron al amanecer de cada noche agitada, vertiginosa, borrosa por tanto alcohol. Y luego pasamos a comentar sucesos extraños durante la cuarentena. Alejandro llegó tarde como siempre, recién cuando oscureció diciendo que la fiesta estaba demasiado buena para irse antes, típico de el decir algo que no sabemos si es verdad o fantasía. Sabíamos que necesitaríamos tiempo para ponernos al día y acordamos vernos a las 18.00 horas. Agustina se separó del novio en pleno aislamiento y se fue a vivir con la hermana. Iván nos contó que soñó con perros salvajes por semanas y casi lo muerde uno hace pocos días. Y quedé yo, Franco, el responsable, el que no quiso salir de casa para nada, el que nunca hubiera puesto la casa antes de lo que experimenté en el departamento de mi vecina. En verdad, los sorprendió mi buena predisposición, mi cambio de actitud. No somos tan unidos como antes, pero al menos aun puedo llamarlos amigos y es probable que podamos reconstruir la relación.

Cuando llegó mi turno de contar qué sucedió, nadie pareció particularmente sorprendido. Ale dijo que la realidad se fracturó y estas cosas serán más frecuentes. Tras decir eso, esta vez sí, todos lo miraron como si estuviera drogado. Nos causó gracia, pero vi que reflexionamos lo mismo, algo estaba sucediendo debajo de nuestros pies, detrás de nuestras paredes, caminando por nuestros techos. Una energía innegable se podía vislumbrar al llegar la noche en el panorama de las calles semi vacías de la ciudad. ¿Estaba en lo correcto Ale? El Ale que hace un mes no sabemos en qué anda, con quién anda o por dónde anda. Solo sabemos que debe ser ilegal, al menos en el sentido contra las disposiciones de salud. Y de repente todos pensamos que deberíamos usar barbijo porque ninguno sabe si el otro es el infiltrado, el que traerá el virus consigo, el enemigo oculto… La concientización que no se ve ahora en las calles, cuando salen cientos a correr a la misma hora, chocándose entre sí, algunos sin usar el barbijo reglamentario. O en los bares y restaurantes abriendo y las provincias dando horarios extendidos a las reuniones familiares. Quizás no debamos relajarnos tanto, el invierno es crudo, es consistente, está llegando.

Las luces del departamento tintinearon mientras Iván nos contaba sus pesadillas sobre perros salvajes reclamando las calles del microcentro, avanzando por espacios que en pleno centro parecen pasajes olvidados de la ciudad. Ale lo miró con atención cuando Iván acariciaba su campera… Roja. Agus no parecía interesada en hablar sobre monstruos, nos comentó que tuvo un accidente y eso fue el momento cuando decidió irse del departamento que compartía con su novio de hacía tres años. No quiso explicar más sobre lo que vio en el auto, pero al tocar su herida en el hombro, las luces volvieron a fallar… Les dije que la última vez que falló la luz, encontré un fantasma, un espectro hecho de odio y temor. Cuando les mostré mi cicatriz las luces volvieron a hacerlo, algo más estaba allí, escuchándonos. Entonces Alejandro, siempre el excéntrico del grupo nos comentó que había conocido una chica, había un lugar nuevo en la ciudad, había estado yendo por varias semanas y había cambiado su dieta… Cuando nos mostró su cuello, Agus saltó de la silla, Iván se puso rápido la campera que colgaba en la silla, yo lo miré a los ojos y allí vi el filamento de una lampara cortarse justo cuando el edificio se quedó sin luz.



Franco:
Los busqué en el departamento, en la penumbra que el reflejo de las luces de neón con las nubes grises crea siempre en las calles. Esa tenue pátina anaranjada no fue de gran ayuda, nadie estaba allí dentro conmigo. Salí al pasillo y pensé que me había golpeado la cabeza por solo pude ver luz verde, verde botella. ¿Cómo era esto posible? El edificio estaba vacío, lo supuse porque de repente estaban las puertas abiertas y rotas, cosas revueltas por los pasillos de cada piso. Otra vez debí bajar escaleras, como si eso me trajera buenos recuerdos. Nadie respondía mis llamados, ¿aluciné la reunión? Por fuera la ciudad desierta, bañada en luces verdes, el tono estaba en todo como un filtro para fotos artísticas. Pero solo transmitía desolación. Verde, basura, puertas rotas, autos abandonados. ¿Hubo una evacuación? ¿Dónde están todos? En esta realidad no tengo celular, como en las mejores realidades alternativas realmente, no sé qué día ni qué hora es, no puedo llamar a nadie. Solo veo el horizonte vacío a mi izquierda y una figura al final de la cuadra a mi derecha. Me acerco despacio, veo todo con demasiada claridad pese al filtro, debería ser de noche. Lo era cuando esto comenzó, estaba con Alejandro, Agustina, Iván para recordar a… ¿Ese es Pablo?

“¿Cuáles son tus mayores temores Fran? ¿Qué parte de vos nunca dejo de paralizarse temiendo una catástrofe? ¿Era lo que esperabas?”.

Pablo siempre fue sabio y sincero. El que teníamos que esperar para ver, a veces un mes entero, porque su horario nocturno en ese trabajo ingrato no lo dejaba libre ningún fin de semana o feriado. Verlo acá en medio de la nada, en la pos pandemia, la ciudad cuando la economía colapsó y la gente se hartó, los buenos modos del ciudadano paciente se reemplazaron por búsqueda de represalias y todos huyeron o perecieron en el intento, al menos eso pude vislumbrar sucediendo a nuestro alrededor mientras Pablo me hablaba en lo que parecía una burbuja de tiempo.

“No dejes que tus miedos te detengan Fran, no seas como yo. No esperes que el cambio suceda de repente, que la lotería sea tuya, eso no va a pasar, pero si pasará tu vida frente a tus ojos cansados y tu espíritu se volverá cada vez más frágil por vivir atrapado en una rutina hacia la muerte. Créeme, lo sé ahora”.

Mis miedos, los que tuve siempre, es tan difícil desprenderlos de mí. Parásitos negros, buscando succionar todo mi potencial, no crean que no los siento adheridos a mí, burlándose de cada pequeño intento que hago por mejorar mi día. Solo debo encontrar una idea, la original y aferrarme a ella. Lo entendí, debía volver adonde tengo miedo, donde siento que estoy desperdiciando mi vida, en donde está mi frustración y mi deseo de irme. Regresé al edificio y las luces regresaron, poco a poco se restauró hasta ser otro lugar aburrido mal pintado y con vecinos ausentes, es decir mi hogar. Llegué a mi noveno piso y abrí la puerta de mi departamento. Mis amigos no estaban allí, pero entré solo sintiendo que podía con esto por primera vez.

Agustina:
Estúpido Alejandro, siempre haciendo chistes en el peor momento. ¿Qué tenía en el cuello? Parecía una mordida infectada, no quise pensarlo, juro que no quise ni quiero. Pero esa cosa en mi asiento trasero, volvió a mi mente, quitándose el barbijo otra vez para atacarme. Un mes. Un mes completo. Un mes entero sin vernos, sin hablarnos, sin pensar en él. En mi ex novio claro, en el demonio de mi auto pienso mas seguido. ¿Y qué me queda a mí? ¿Quién soy ahora? Es fácil irse, o fue fácil irme, pero ¿quién soy después de ese tiempo dejando de lado todas mis preferencias para hacerlo feliz a él? Soy mejor lo se. Siempre lo supe y siempre lo fui. ¿Pero hacia donde iré ahora? ¿Cómo haré para reconocer el monstruo antes de que sea tarde la próxima vez? ¿Puedo permitirme volver a confiar?

Mis amigos no están por ningún lado, ¿cómo puede ser que desaparecieran en un pestañeo? Me siento extrañamente cómoda en esta situación de ¿peligro?, ¿suspenso?, ¿thriller? Comedia no es seguro. Otra vez por haber visto esa cosa, al menos ahora no soy asustadiza, puedo salir del departamento cuchillo en mano, para saber que está pasando. Nadie en el pasillo, este edificio es tan tétrico, no recuerdo que hubiera tantos espejos, ¿me veo tan desmejorada? Tan flaca y cansada, mi piel esta amarillenta. ¡¿Que está pasando?! ¿Soy yo? ¿Yo tengo el virus? ¿Soy el caballo de Troya de este edificio? ¡No! ¡No puede ser! me siento bien, no he tenido ningún síntoma. Y sangrar por los ojos no era uno de ellos. ¿Cómo puede ser esto? Todo el pasillo tiene espejos y en todos me veo igual, estoy convirtiéndome en un… No puedo decirlo, no debo decirlo… Pero parezco… No quiero pensarlo siquiera, por Pablo. ¿Pablo?

Agus no tenés que sentirte mal, hiciste todo lo que podías. Diste lo mejor de vos. A veces simplemente el otro no lo merece. Tus cualidades, tus talentos, tus metas, siguen ahí, detrás del dolor. A pesar del dolor, nunca se marchitaron. Recordalas. Recordate. Como eras cuando nos conocimos. Como eras todos esos años que compartimos la facultad”.

Su imagen detrás de un espejo, me dice justo lo que había olvidado. ¿Cómo era yo? Era la que rompía cosas, rompía reglas, iba contra lo que me decían no se podía hacer. Iba contra mis limitaciones. Siempre esforzándome, siempre sintiéndome digna de mi misma. Era la que vería estos espejos y les daría una buena patada a los reflejos de mi persona en distintas fases de descomposición. Muertas en vida, claro, así querían que siga. Ya no más. Los vidrios estallan y siento la liberación que no sentí cuando choque el auto y mate a ese demonio. Dejo el pasillo alfombrado con trozos de un reflejo enfermo y podrido que ya no tengo. Creo que es hora de volver a entrar al departamento de Fran.