10 de marzo de 2026
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El final del arco argumental llega con el largometraje de Netflix

En 1940, alejado de la vida política y social de Inglaterra y atormentado por sus acciones en el pasado, Thomas Shelby deberá volver a la acción cuando su hijo Duke, el nuevo encargado de los Peaky Blinders, coquetea con el fascismo al ser tentado por un plan que permitiría la invasión nazi en tierras británicas.


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Por Ignacio Pedraza

En el último tiempo, además del Joker de Joaquin Phoenix, uno de los personajes más icónicos que se arraigó en lo popular –quizá, con equívocos valores- fue Thomas Shelby (Cillian Murphy) y su séquito de los Peaky Blinders. Generando acérrimos fanáticos a lo largo de sus seis temporadas (2013-2022), donde la boina, el montgomery, el cigarro y las posturas de maleantes eran elegidos por el público para su uso, el cierre llegó en forma de largometraje, con Peaky Blinders: el hombre inmortal (The Inmortal Man, 2026).

Si la serie creada por Steven Knight –en esta ocasión, el showrunner aparece como guionista- se situaba en 1919, un año después de la Primera Guerra Mundial con el grupo de mafiosos asentándose en Birmingham y expandiéndose en tierras británicas, el epílogo de aquella historia que contó con 36 episodios se instala en 1940, con los nazis intentando invadir Reino Unido a través del plan “Operación Bernhard”, una estrategia alemana de falsificación de billetes para colapsar su economía y facilitar la ocupación fascista. Buscando un aliado interno que facilite la metodología, el infame Beckett (Tim Roth) recurrirá a los servicios de Duke Shelby (Barry Keoghan), líder de los Peaky Blinders e hijo de Thomas.

¿Qué sucedió con el protagonista? Atormentado por su pasado y algunas acciones que se irán conociendo con el correr del metraje, el personaje de Murphy se encuentra aislado en su mansión con la ayuda de Johnny Dogs (Packy Lee). Cuando un bombardeo en la fábrica de armas de Birmingham sacude a la ciudad, el viejo líder será solicitado por su hermana Ada (Sophie Rundle), pero más enfáticamente por la enigmática Kaulo (Rebecca Ferguson), quien le advierte de los manejos de su hijo, involucrado en el caso.

En un inicio, la dirección de Tom Harper va en el tono más pausado y parsimonioso de las últimas temporadas de la serie de la BBC, donde Tommy debe lidiar con sus acciones y la ambición por el poder queda a un lado, situado más en el drama de una familia que se va desintegrando –hay menciones a viejos personajes que logran tener su peso, pero el sello Shelby solo queda para él, su hermana y su hijo-. Por ello, la historia puede rememorar a cierta pieza posterior de la franquicia de Rocky Balboa o del prólogo de Bruce Wayne en la tercera parte de la saga de Christopher Nolan, donde el camino de vuelta del antihéroe tiene un componente especial.

Bajo estas circunstancias, si bien la historización siempre tuvo su lugar en la obra, la trama presenta un argumento no tan complejo ya que todo está servido para el destaque del Shelby mayor. Incluso, uno podría pensar que la buena irrupción del personaje de Keoghan –en un papel en el que ya ha incursionado- y todo su potencial desarrollo se va apaciguando –la duración de ciento diez minutos no permite abrir diferentes vertientes en demasía- para darle lugar al otro actor irlandés.

Por lo tanto, cabe resaltar –una vez más- que se trata de un epílogo a lo visto anteriormente y que todos los focos están puestos en el clímax para el personaje de Murphy. En este sentido, el estreno de Netflix logra ser más armonioso y articulado en la relación serie-largometraje, complementándose bien y no sintiéndose un exceso como podía ser El camino (2019) en su relación con Breaking Bad (2008-2013), principalmente por sentirse cierto cambio de tono respecto a lo que había ofrecido la serie de AMC.

Sobre esto último, el tándem Harper-Knight logran manejar los diferentes ambientes que eran propios de los mafiosos Brummie: luego de ese inicio apoyado en el drama, el film logra apoyarse también en secuencias repletas de brutalidad –con las posturas propias de sus personajes, casi como una entrada al cuadrilátero-, con la musicalización propicia a cargo de Antony Genn y Martin Slattery –los violentos temas resonarán en la cabeza como una extensión de la serie- y la grisácea fotografía de George Steel y Ben Wilson para retratar la época de manera encapotada.

El hombre inmortal contentará a sus fans, entendiendo que el largometraje no es inolvidable y que tal vez no esté a la altura de la serie. Sin embargo, logra tachar ciertos puntos que quedaban pendientes, y ofrece una buena historia de cierre para uno de los personajes más emblemáticos de la pantalla chica en el último tiempo.


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