Simpatía por el diablo
Existe una peculiar fascinación de la industria del entretenimiento hacia los criminales. Ya sean casos reales o puramente ficticios, la audiencia siempre parece responder al recuento de sus delitos por más cruentos y aberrantes que sean. Netflix ha sabido aprovechar desde hace ya un tiempo esta tendencia, presentando en su catálogo varios títulos producidos sobre esta temática.


Por Javier Puma

Es así que nos llega una nueva miniserie documental sobre uno de los asesinos seriales más infamemente reconocidos en los EE.UU, no solo por la crueldad de sus asesinatos sino por el siniestro “carisma” con el que se presentaba ante la prensa.

Theodore “Ted” Corwell Bundy fue un psicópata, secuestrador, violador y asesino de al menos 36 mujeres, que acechó varios estados de Norteamérica a mediados de los años 70. En realidad se desconoce a ciencia cierta la cantidad de asesinatos producidos, pudiendo este número aumentar por decenas. La perversión con la que cometió estos asesinatos podría helar la sangre y causar repulsión con tan sólo escuchar los detalles. Una vez que fue atrapado y llevado a juicio, el caso no solamente causó conmoción pública por las características cruentas de los homicidios, sino también por su apariencia física. Sí, Ted Bundy no cumplía con el estereotipo imaginario de asesino serial. Más bien era un hombre de rostro atractivo, ojos claros y profundos, y de sonrisa encantadora que supo utilizar estas dotes tanto para embaucar a sus víctimas así como para hacer de su juicio un circo mediático.

El documental detalla paso a paso la investigación de la policía hasta dar con Bundy. Pruebas, teorías, evidencias, callejones sin salida y aciertos nos son presentados a lo largo de los 4 capítulos de forma simple y correcta, sirviendo más como bloques informativos un tanto escabrosos. El punto fuerte de la miniserie es precisamente el que da nombre a su título secundario: Las cintas de Ted Bundy. Un temerario cronista lo entrevistó mientras estaba confinado en prisión, quedando esta conversación registrada en unos casettes que la serie usa como columna vertebral para adentrarnos en la mente del asesino mediante sus propias palabras. Escuchar la voz de Bundy es algo escalofriante, alegando una y otra vez su presunta inocencia, victimándose y queriendo resultar simpático; tal vez suponiendo que esa estrategia (que lamentablemente tantas veces le dio resultado) lo haría recuperar la libertad. Este es un recurso que su director Joe Berlinger sabe utilizar en los momentos precisos, ya que al fin y al cabo son el principal valor de la serie. Un dato curioso es que el mismo Berlinger presentó hace unos días en el Festival de Sundance un largometraje en el que Zac Efron interpreta a Bundy, y que fue adquirido astutamente también por Netflix.

Quizá sea morbo. O quizá sea que simplemente nos fascina un misterio que no llegamos a comprender. ¿Cuáles son los motivos que llevan a estos seres a cometer crímenes tan atroces sin mostrar ni un signo de arrepentimiento? El miedo a lo desconocido, a que las apariencias engañan; a que no estamos seguros porque ocultas en cualquier lugar, en cualquier momento, una de esas personas queridas, amadas o incluso admiradas, puede resultar el diablo.