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Un tributo mezclado con una crónica de true crime que pasa desapercibida

Durante 6 episodios, la miniserie reconstruye los crímenes sin resolver del asesino del Golden State, que aterrorizó a California en las décadas de 1970 y 1980, y de la escritora que investigó el caso. Tras una década sembrando el terror, el asesino desapareció sin dejar rastro. Pero Michelle McNamara se obsesionó con un objetivo: que no se olvidara lo sucedido.


Por Federico Furzan

Creo que la fascinación de la sociedad actual con el true crime no es una coincidencia. Quienes de alguna forma crecimos con el género nos encontramos en un mar de nuevos descubrimientos por parte de los inocentes que poco contacto han tenido con los documentales, y al mismo tiempo nos topamos con unas plataformas que producen mucho más de lo que tenemos tiempo para ver. Así, el true crime se ha convertido en el placer culposo más importante de la era debido a que ya forma parte de la cultura actual. Sean películas o series, lo que antes era un lujo, ahora es algo diario.

Pero, ¿qué pasa cuando una fascinación se convierte en un estilo de vida que te lleva a explorar la capacidad investigativa? Michelle McNamara, una mujer común con esa extraña obsesión, empezó a documentar su pasión por los crímenes que conocía. Así se topó con un asesino cuyo patrón nadie había visto y por consiguiente nadie había atrapado. Esta es la base para el caso excepcional de una mujer que logró atrapar a un asesino en serie sin ser policía, con poco acceso a la información, y lo único que usó fue la fascinación con el caso que lamentablemente le costó su propia vida.

Tengo un extraño sentimiento al escribir esta reseña de I’ll Be Gone in the Dark, la serie documental creada por Liz Garbus (a quien admiro fervorosamente) que narra lo ocurrido con el Golden State Killer y la mujer que lo atrapó, Michelle McNamara. Esperé mucho tiempo poder verla y entender el viaje de McNamara, pero desde la perspectiva de un documental true crime y nada puede ser alejado de la realidad. La miniserie presenta un giro desde el inicio que si bien no afecta el retrato más importante de su tema, representa un cambio que podría resultar chocante para algunos, y para otros podría la causa del descarte.

I’ll Be Gone in the Dark cuenta dos historias. Por un lado tenemos la historia del esfuerzo de decenas de personas por capturar a un monstruo que estuvo mucho tiempo suelto. La serie nos somete a la incontinencia de un enfermo mental que empezó de una manera y terminó con otra. Este hilo de crímenes, desafortunadamente demasiado largo, se mantuvo vigente y con variaciones por décadas. El método, las víctimas, y las consecuencias eran tan diferentes que nadie imaginó que podía tratarse siempre de la misma persona. Y por otro lado tenemos a Michelle McNamara, esposa y madre, y la heroína de este asunto. Michelle empezó como todos nosotros, siendo un conejillo de indias para un mundo poco explorado del conocedor que se convierte en experto, y que en última instancia se convierte en la responsable de capturar a quien estuvo tanto tiempo suelto. Michelle fue víctima de sí misma y de su travesía. Falleció mientras dormía poco tiempo antes de una resolución definitiva del caso.

El documental está sometido a un estilo explícito de contar una historia demasiado personal y un true crime de características horribles. Enlazar una corriente con otra es prácticamente imposible y en el camino nos confundimos cuando la historia salta de un lado a otro. Creo que la víctima de esta elección es Michelle, con un legado importantísimo y una adaptación que se queda corta. Considero que lo más inteligente hubiese sido separar ambos troncales. A veces el tiempo y el apuro te obliga a hacer cosas indebidas. Y quizás alguien debió haber hecho con la serie lo que hizo Michelle con su libro: pedir tiempo para mejorar y sanar.

Federico Furzan es miembro de la Online Film Critics Society y crítico aprobado por Rotten Tomatoes. Pueden encontrar esta y otras notas en cinelipsis.com