Esta noche será épica

 

Verónica al fin había terminado los exámenes. Tan solo un día antes no esperaba estar de vuelta en su pueblo tan pronto. Pero se preocupó por rendir en la primera mesa para aliviar su fin de año plagado de finales. Además la recompensa lo ameritaba: sus amigos harían de este Halloween algo genial, épico, según palabras de su novio Leandro. Aunque usarían la casa de alguien que no es del grupo, no pudieron resistir la ubicación, en las afueras del pueblo, cerca del cementerio, disimulados de los adultos por 1500 metros de bosque. Sí, esta noche será épica.


Por Rodrigo Vega

La segunda pareja

Se disfrazó de la Mujer Maravilla. Su novio de Flecha Verde. Como buena futura psicóloga, sabía que la risa era el mejor remedio contra el estrés al que estuvo sometida por rendir. Pasó a pie como todos, a buscar a su novio, el vanidoso Leandro. Que tardó más que ella en cambiarse, tratando de lucir sus músculos a toda costa. Varios grupos de niños tocaron el timbre en busca de su dulce. Ella los atendió sonriente, saludando a cada chaperón, anticipando la fiesta en la que se verían más tarde.

Su novio había decidido que necesitaba ajustar más el chaleco, pero el kit de costura de su madre estaba en el lavadero, fuera en el patio. Ella recibió a un último grupo de niños antes de ir a buscarlo para salir a cenar.

Por un instante creyó que su novio había optado por otro disfraz, pero luego notó que la sangre falsa apestaba, que había sangre fresca en el piso del lavadero, que ese muchacho no estaba tan en forma como Leandro, que su mano exponía de manera muy realista las venas, los huesos, los tendones. Que la capucha negra proyectaba una sombra sobre el rostro y no podía saber si era o no su novio. Entonces retrocedió, quiso hacerlo con seguridad y calma como si estuviera frente a un perro agresivo. Pero resbaló con la sangre y cayó al piso porque las piernas de Leandro caían inconvenientemente. Gritó. Aunque a nadie alertaría un grito entre tantos otros que los niños estaban generando al frente de la casa. Cuando nadie atendió. Y los rollos de papel higiénico comenzaron a lanzarse para dejar la travesura asegurada. Su novio estaba con los ojos abiertos y la cabeza en 180º hacia atrás. No pudo hacer mucho excepto quitarle las tijeras de la mano para lanzarse contra el intruso. Consiguió apuñalarlo varias veces mientras él la imitaba con sus frías manos.
-¡Hijo de puta! ¡Esto no es justo! Mientras caía inerte su respuesta llegó: -Es que nunca lo fue.

Joel pasó escuchando su álbum favorito para estas noches. Aunque el cobarde empezó a escuchar música cuando ya estaba en el centro rodeado de gente. “Thriller”, single cuyo video es su favorito. Comenzó a cantar por lo bajo, giró en la esquina de la casa de Leandro, desde donde se podía ver el lavadero con la puerta entreabierta y un charco de sangre dándose paso hasta el cemento. Por supuesto no miró hacia el patio. Solamente se entretuvo cuando los chicos salían corriendo después de llenar el frente de la casa con papel.

Sus pasos marcaron un recorrido sanguinario. Los novios ya tenían en mente a una pareja, luego a otra, luego a otra, pero… Joel pasó frente a ellos iluminado pensando en Ana. Así es, resulta que después de todo él sí la ama. Y desea que el verano sea genial para los dos, juntos. Para eso quiere un auto, lo necesita para llevarla de viaje. Todo lo planea con ella presente, gran error hacerlo frente a ellos.
Porque ese fue el instante en que se convirtieron en la tercera pareja.

 

La tercera pareja

En principio los espectros estaban merodeando una casa en el centro, porque unos jóvenes se habían comprometido días atrás. Pero el aroma del amor juvenil que recién comienza a volverse serio, les resultó irresistible, un amor similar al suyo.
Joel llegó puntual, 21:30 horas. Los padres de Ana se estaban retirando, pasarían a buscar a unos amigos primero, luego al baile. Ella estaba preciosa, radiante. Él la miró fascinado.

Como al principio, cuando ella le dijo que sí, que le pasaba lo mismo. La respuesta más excitante que había recibido. Pensó en esos momentos, el nerviosismo, la forma en la que se esmeró por tratarla cual porcelana o cristal. Las caricias a su piel, los besos, los abrazos, las palabras, todo con suma delicadeza y pasión. En eso solamente podría pensar ahora.

Una vez más ignorando el horror a su lado, acechante, ansioso, dispuesto a saltar sobre ellos con más crueldad que con las parejas anteriores. Mayor amor, mayor castigo.
Los niños dejaron las calles, los padres de ella se marcharon. Quedaron a solas. Ana quiso salir a comer con amigos pero Joel le pidió tiempo para disfrutar juntos antes de la gran fiesta. Cuya anticipación vibraba espectral provocando una cúpula de bruma todavía invisible sobre el pueblo. Diseñada para dormir a los niños y sus niñeras, embriagar y entorpecer a los adultos, con el atroz fin de atrapar a los jóvenes en la gran casa. Pero más de eso luego.

Joel le comentó a su amada que una pareja estaba parada en la vereda de enfrente, por primera vez en toda la noche los notó. Por un instante lamentablemente, pues de inmediato la maratón de Scream regresó de la pausa publicitaria. Y él cerró la cortina, se concentró en mirar la película, olvidando a esa tétrica pareja que permanecía inmóvil esperando. Cuando la primera parte terminó, salieron al patio a ser románticos. Se recostaron en la hamaca con vista al jardín y las estrellas. Al menos debería haber estrellas visibles con el cielo despejado. La niebla lo impedía, incluso invisible, sus efectos eran notorios para cualquiera que prestara la debida atención. Un alerta de los dioses. Los nuevamente enamorados lo ignoraron.

Ana sintió frío al cabo de 20 minutos. Su novio la dejó sola para ir a buscarle la campera y una manta. Las sombras avanzaron sobre ellos. Joel notó una figura a través del vidrio de la puerta, recordó haber visto ese extraño par, golpearon tres veces con deleite. Abrirle fue una pésima reacción. El cadáver esbozó una sonrisa antes de tomar el brazo del chico.

Aplastó su muñeca derecha sin esfuerzo, ingresó a la casa y una ráfaga de aire que sonaba como el llanto de una mujer cerró la puerta. Joel lo hubiera ignorado, la luz de las lámparas estrelladas contra el suelo de la sala de estar proyectaron chorros de sangre disparados contra las cortinas. Nadie escuchó el dolor de la víctima, el viento helado y sollozante lo ahogó de inmediato.

Mientras tanto ella creía que su novio estaba de regreso para abrigarla, pero las manos heladas y su olor fétido alertaron sus peores temores. Esa extraña sensación que tuvo toda la noche, cobraba sentido, tenía vida, era muerte. Saltó de la hamaca evitando el puñal que estaba destinado a su espalda. La novia retiró su brazo del mueble de madera dejando un hueco ensangrentado. No podría detenerse ahora, avanzó partiendo su obstáculo en dos, sus ojos negros brillaban alimentados por la ira. Joel se arrastró hasta el patio para protegerla. Ana lo vio cuando sus intentos atacar al fantasma resultaron fútiles. Clavarle un hacha y tijeras para podar a esta abominación no funcionó. De inmediato sintió la palma inerte atravesándola. Fue lento y cruel, y les dejaron reunirse antes de terminar la misión que el odio les impuso. No hubo preguntas, solo dos “te amo”. Ante esto los novios permanecieron callados. No había más que decir, optaron por perderse en la oscuridad, ver el amor puro de sus víctimas agonizantes, debería ser una victoria. Pero no, aún son capaces de sentir. Y dentro suyo, en alguna parte, están sufriendo encarcelados, obligados a verse asesinando parejas que se aman como alguna vez ellos lo hicieron. Y lo que es peor, la noche recién comienza.