26 de octubre de 2026
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Inesperada y mucho más ambiciosa

La segunda temporada de Coppola, el representante se centra en la vida de Guillermo Coppola, el exrepresentante de Diego Maradona, desde su llegada al entorno de Maradona hasta el momento en que debió reconstruirse tras perderlo todo.


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Por Ignacio Rapari

La primera temporada de Coppola, el representante fue toda una sorpresa. Si bien no resultaba extraño que un personaje con la historia de Guillermo Esteban Coppola, su rol en la vida de Diego Armando Maradona y su mitología nocturna y mediática tuviera una realización audiovisual, sí lo era que la serie apostara por semejante despliegue visual, cargado de referencias cinematográficas y televisivas. Esta segunda temporada mantiene ese estilo, pero se anima a ir todavía más lejos en su búsqueda.

La estructura de sus seis episodios, que promedian entre los 30 y los 35 minutos, es similar a la de la primera entrega. Sin seguir una narración cronológica, cada capítulo se construye alrededor de alguna anécdota reconocida del representante. Maradona funciona como una sombra permanente que condiciona la vida de Coppola, pero que, tal como se explicita en uno de los momentos más meta de la serie, no puede estar presente: si la historia es la de Coppola, la aparición del «Diez» desplaza inevitablemente el foco.

En esta temporada habrá lugar para la famosa huelga de Boca Juniors y el papel del representante en el conflicto entre el plantel y la barra, el robo al banco de Nápoles, su participación como mentor del hijo de un lord inglés, el célebre casamiento de Diego y Claudia Villafañe en el Luna Park, la pelea que los marcó y, claro, el período posterior a 2020, tras la muerte del astro.

Resulta paradójico ser testigo de las desventuras y miserias de ese mundo abrumador, tan ligado a la cultura menemista, y aun así sentir un cariño todavía mayor por este polémico protagonista. Juan Minujín compone un Coppola absolutamente inesperado que, más allá de interpretar al personaje real, rompe la barrera entre el actor y la figura interpretada para construir un antihéroe singular. Su trabajo no se limita a reproducir gestos y latiguillos reconocibles, sino que crea una suerte de doble ficcional del verdadero “Guillote”, con rasgos que, claro, remiten a él pero también, y de manera exclusiva, a la composición del personaje. Casi como si hubiera nacido por y para esta serie.

La ficción creada por la dupla Cohn-Duprat, escrita por Emanuel Diez y con Ariel Winograd —el siempre prolífico director de Cara de queso, El robo del siglo y Menem, entre otras obras— como showrunner y director de sus seis episodios, vuelve a encontrar en el exceso, el absurdo y la potencia visual su principal motor. Las referencias a distintas etapas de la televisión, el cine y sus respectivas estéticas nunca son un capricho, sino un valioso recurso para explotar las inagotables posibilidades de su protagonista. En esta segunda temporada ese juego se vuelve todavía más ambicioso y por momentos abiertamente meta, sin perder de vista el costado humano de Coppola, que hacia el final también encuentra espacio para una faceta bastante más emotiva.

Podría catalogarse como un producto de consumo rápido y, si uno se deja llevar, no encontrará demasiados motivos para posponer su visionado. Sin embargo, cada uno de sus seis episodios evidencia el notable despliegue y el trabajo dedicado a un personaje del que, hace algunos años, difícilmente hubiéramos imaginado semejante destino audiovisual. Aunque sus anécdotas hayan sido recordadas una y otra vez, el estilo, la puesta en escena y un Coppola de Minujín que ya se ha consagrado como una creación propia convierten la serie en un viaje tan abrumador como inolvidable.


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