Conociendo el invierno

Sí, hasta hace poco pertenecía al 1% de la población mundial que nunca había visto ni un sólo episodio de Game Of Thrones. Fui excluido de miles de conversaciones, me miraban extraño cada vez que lo decía entre amigos y familiares; era prácticamente un paria. Pero esos días acabaron. Por fin les hice caso a todas esas personas que me recomendaron, aconsejaron y/o exigieron ver la serie y comencé la primera temporada. Aquí cuento mis impresiones.


Por Javier Puma

Primero quisiera aclarar que si no la vi antes fue más por una cuestión de timing. A veces un tren pasa y la gente se sube a tiempo, y otros como yo, menos atentos, lo dejan pasar. Y cuando se quieren dar cuenta, hay 7 temporadas y el final a la vuelta de la esquina. Además, la gran influencia que tiene en redes sociales, también fue un factor en contra.

Antes de ver el primer episodio, ya había visto una y otra vez imágenes de personajes, escenas y frases sin conocer nunca el contexto. Para que se hagan una idea, imaginen ver circular memes con frases de Los Simpsons sin conocerlos previamente.

Pero bien, hablemos de la serie en sí. Ante todo, debo recalcar algo obvio a estas alturas: esta es una muy buena temporada. De hecho, entiendo perfectamente por qué se convirtió en un éxito. No solo maneja narrativas y conflictos claros con sus personajes principales (en un reparto coral donde llamar a alguien “personaje principal” es algo ambiguo), sino también por sembrar hábilmente expectativas y misterios a resolver de cara al futuro. Algunos interrogantes, como la creciente amenaza de los Caminantes Blancos, utilizan una economía narrativa a destacar por parte de los guionistas. La ambientación y el diseño de producción resultan icónicos con tan sólo verlos, y es notorio el esmero y la atención al detalle.

Además, a priori creí que sería menos tolerante a los recursos narrativos de la violencia y el sexo. Para mi afortunada sorpresa, en ningún momento me resultaron excesivos ni faltos de justificación. Algún temor infundado viene a colación de alguna lectura errónea por parte de algún fanático más que de lo que quiere contar la propia serie. Ejemplo: había leído varios comentarios reivindicando la relación entre Khal Drogo (Jason Momoa) y Daenerys (Emilia Clarke). Y al parecer, se olvidan que es un matrimonio en contra de su voluntad, y que comienza con una violación. Por otro lado, los personajes que me resultaron más interesantes, y por un amplio margen, fueron los Lannister. Incluso cuando no me generen la mayor de las simpatías, las actuaciones de estos hermanos me parecieron las más logradas tanto en puesta como en actuación. En particular, cada vez que aparecía en pantalla Lena Headey como Cersei.

Ahora bien, debo agregar una última cosa aunque suene contradictoria: esta temporada, y por ende la serie, no me “gusta”. Si de algo me sirvió ver Game Of Thrones fue para darme cuenta de que el género de fantasía en sí no es de mi completo agrado. O sea, puedo verlo sin problemas pero al final no logró conectar del todo. Quizás tenga que ver con que debo hacer un esfuerzo más grande para suspender mi incredulidad y aceptar el mínimo grado de verosímil. Esta primera temporada termina con la promesa de dragones. Y estoy seguro de que ese concepto es algo que emociona a muchas personas pero a mí no. Escuchar la palabra “dragones” no me genera prácticamente nada. Y tampoco es algo que me enorgullezca, solamente no me sucede. Dudo que haga falta aclararlo pero esta opinión no va en desmérito de la serie. Simplemente no es para mí.

Es posible que algún futuro continúe con las demás temporadas, pero definitivamente no pienso apresurarme ahora que la serie termina en unos meses. Game Of Thrones no está hecha para mí, sino para el 99% restante que sí logra disfrutarla. Y eso es algo que me parece perfectamente justo.