Cocinero supremo
Sin mucha suerte en la universidad para poder ser escritor, el impulso de Anthony Bourdain lo lleva hasta Princetown para impresionar a Nancy. Aun buscando qué ser en el mundo, el joven encontrará un refugio impensado: la cocina.

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Por Ignacio Pedraza
Una cita de Anthony Bourdain en su biografía Kitchen Confidential nos pone en autos respecto a la postura del reconocido chef sobre sus años de juventud: egoísta, agrandado y perdido. Dicho parámetro –y autocrítica- permite adentrarnos sobre las venideras acciones del protagonista (Dominic Sessa) en Tony (2026), recientemente estrenada en Prime Video.
Al no conseguir la beca universitaria que buscaba para escribir, pero sin perder su estima ni contarle a familiares ni amigos –mucho de estos no tiene-, el joven que lleva el nombre del título del film decide probar suerte en Princetown a buscar a su interés Nancy (Emilia Jones), aunque las cosas no salen como esperaba y terminará durmiendo en una hamaca en el patio de José Vatel (Antonio Banderas), chef de un pequeño restaurante que terminará dándole trabajo.
Los años de la juventud de Bourdain son retratados bajo la dirección de Matt Johnson –con guion del propio realizador, Matthew Miller y Lou Howe– y el primer acercamiento del protagonista con la cocina, de una manera alborotada, vertiginosa y no exenta de conflictos. Más allá de la caótica personalidad de Tony, la misma se vuelve aún más revuelta al interactuar con los diferentes personajes en la cocina de Vatel –que podría ser una sucursal de Bear de Chicago-, principalmente en lo que representa Sal (Leo Woodall). Tanto la interacción entre los personajes de Sessa y de Woodall, como las caracterizaciones de este segundo, permiten vislumbrar la complejidad de esa etapa en la vida del chef.
Debido a la altanería y desaires del biografiado, la propuesta de la productora A24 no podía andar por los senderos regulares del género, y en ese sentido el ritmo de Johnson va al compás de los años movidos del protagonista, con la atractiva y vigorosa musicalización de Jay McCarrol –complementado de gran manera con la costera fotografía de Michael Bauman-. El recorrido del protagonista y su postura, del que difícilmente uno logre empatía por lo menos en sus primeros minutos, puede traernos a la memoria la altisonante Marty Supreme (2026), donde el recorrido como espectador se basa en el de seguir a una persona arisca y lejos de valores heroicos o entrañables, permitiendo pensar cómo se cuela la redención.
No obstante, cabe resaltar que ese vórtice va menguando, y con el correr del metraje la trama –y su narración- se endereza hacia lo habitual. Uno de los puntos para que esto suceda se basa en el rol de Vatel, convirtiéndose en mentor del joven y generando una dupla no tan alejada a lo que vimos en la interacción entre el Tully de Sessa –en otro rol que emana detestación- y el profesor Hunham de Paul Giamatti en The Holdovers (2023).
Más allá de que uno tenga conocimiento o no sobre la figura de Bourdain, Tony no deja de ser una propuesta más que interesante dentro del género, que muestra los orígenes de una figura de una manera interactiva y dinámica, sin la necesidad de maquillar o embellecer al propio protagonista.
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