28 de octubre de 2026
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Juan Minujín vuelve a interpretar al histórico mánager de Maradona

En un mano a mano exclusivo, conversamos con Ariel Winograd, director de Coppola, el representante, a partir de una segunda temporada que subió la apuesta, donde se dejaron de lado los relatos conocidos como base hasta llegar al absurdo.


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Por Ignacio Rapari

La segunda temporada de Coppola, el representante no responde a la simple búsqueda de ampliar el repertorio de anécdotas de Guillermo Esteban Coppola en el plano audiovisual ni a la necesidad de cerrar una historia que parecía reclamar seis nuevos episodios para terminar de contarse. Es, más bien, la oportunidad de seguir desarrollando un universo que trasciende al personaje real y su vínculo con Maradona, sus amores, sus excesos y sus miserias.

El montaje frenético y las innumerables referencias cinematográficas y televisivas terminan de consolidar un estilo propio, una identidad visual que ya no necesita ser un calco de aquel mundo que existió mientras “Guillote” representaba al Diez. Acá las reglas parecen no existir, y es precisamente ese desparpajo el que concentra una de las grandes obsesiones de Ariel Winograd en esta nueva temporada: provocar la carcajada. Cueste lo que cueste.

No siento que estos seis episodios sean tanto una continuación de la primera temporada. Hay un vuelo visual mucho mayor y una búsqueda más ambiciosa en la narración. ¿Cómo se encuentra el equilibrio entre realidad y ficción a la hora de explorar al personaje?
—En esta temporada nos permitimos conocer más al personaje y por eso jugamos más. Yo tampoco la siento simplemente como una segunda temporada, todo lo contrario. Hubo una búsqueda de riesgo y un desafío de explorar al personaje más allá de las anécdotas que conocemos todos, e ir un pasito más allá. No es una simple continuación y creo que tratamos de sorprender, en el buen sentido, sin que se sienta forzado.
Con Fede Cantini, director de fotografía y uno de mis mejores amigos, también hablábamos de que, si la primera temporada era una comedia, esta debía lograr a pleno la carcajada, que no es lo mismo que la comedia. La carcajada está muy ligada a la sorpresa y forma parte de esa cosa de encantador de serpientes que tiene el personaje. Hay muchísimos momentos que buscamos con ese fin.
Por eso también quisimos meternos nosotros en la historia, con esta idea de que el director sea un pelotudo y una traba para la serie, y de que el propio Coppola tome las riendas de la ficción. Todo lo del último episodio forma parte de esa búsqueda.

En esa búsqueda también hay un juego con los límites de la propia serie y con la figura del director. ¿Qué lugar ocupa el humor en esa decisión de intervenir en la historia y convertirte, incluso, en parte del relato?
—Es parte de esa búsqueda de sorprender y de jugar con el personaje. Queríamos ir un poco más allá de las anécdotas y explorar las posibilidades que nos daba este universo. Por eso también aparece esta idea de que el propio Coppola tome las riendas de la serie y que el director sea un pelotudo que hasta obstaculiza el rodaje. Para los que la vean, igual aclaro que soy hincha de Boca (risas).

¿Podrías decir, entonces, que fue un proceso más demandante el de esta temporada?
—No sé si demandante, pero sentí una responsabilidad en el buen sentido. No quería hacer una segunda temporada por hacer. No me pasó nunca, pero entiendo que hay casos en los que quizás se filman una primera y una segunda temporada seguidas. Acá fue todo lo contrario: terminamos la primera y nos quedamos con hambre después de haber encontrado ese punto tan nuestro. Estábamos enamorados del universo Coppola y de todo lo que tenía para ofrecer, así que necesitábamos volver a él.
Fue un rodaje normal en términos de días, más allá de que corrimos un montón. Ese ritmo frenético que tiene la serie también fue, en parte, el ritmo con el que trabajamos. Es una serie que no para nunca.

¿Y volver a Nápoles siempre estuvo en tus planes?
—Sí, de hecho, cuando terminamos la primera temporada dijimos que sí o sí teníamos que volver. Realmente fue muy especial lo que nos pasó rodando allá, así que queríamos filmar de nuevo en Nápoles. Creo que era una de las cuestiones más importantes para nosotros: vivimos cosas muy únicas y especiales en esa ciudad y necesitábamos recuperar esa magia. Encima, lo último que hicimos se filmó ahí y fue como un premio para nosotros.

Quiero detenerme en lo que logró Juan Minujín. Quizás sea una apreciación muy personal, pero sentí una suerte de ruptura entre su Guillermo y el real. Más allá de los gestos reconocibles y de la interpretación, siento que su versión del personaje llegó a otro nivel, casi como si tuviera su propia mitología. ¿Cómo fue evolucionando esa construcción entre la primera temporada y esta?
—Sí, y cuando trabajás con un actor con el nivel de compromiso de Juan Minujín, eso es algo común. Está abierto al juego y, en ese punto, se apropia del personaje. En la primera temporada era ver cómo encararlo; ahora ya es decir: «Es nuestro Coppola y vamos a explorar todos los límites posibles».
Pocas veces pasa esto. Además, es algo casi milagroso que, desde la plataforma, la productora y todos los involucrados, tengamos esa libertad y que hagan todo lo posible para concretar las ideas.
Por ejemplo, para los extractos de la pandemia, el clip de la señora que toma sol, no sabés lo que fue conseguirlo. Pero fue posible porque había gente que apostaba de lleno a cómo tenía que hacerse esto.

Se suele decir que, cuando el director se antepone a la obra, puede terminar obstaculizándola. ¿Cómo hacés para que tantos recursos visuales, referencias cinematográficas y televisivas y distintas corrientes estéticas no terminen opacando al personaje?
—Es que justamente están para hacer crecer todavía más este mundo y generar fascinación por él. En el momento del avión hay una clara referencia, por ejemplo, a The Other Guys, de Adam McKay. Me pareció un hermoso recurso para narrar ese momento, pero son ideas que pueden ir desde ahí hasta Fellini, con el punto de vista del personaje volando en homenaje a 8½. Uno puede reconocer esas referencias o no, pero eso no va a impedir que las sienta como imágenes propias de ese mundo.

Para terminar, ¿qué querés que le quede a la audiencia después de ver esta segunda temporada?
—Que la gente pueda ver el esfuerzo que hay acá. Pero no por verlo para nosotros, sino que lo pueda apreciar y, sí, morirse de risa. Y emocionarse también. Todo lo que logramos acá es para disfrutarlo.

La segunda temporada de Coppola, el representante ya está disponible en Disney+ desde el viernes 23 de octubre.


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