Deseos y obligaciones de la mediana edad
Una muerte dispara durante la investigación policial la intrincada relación entre tres personas, explorando causas del adulterio, problemas económicos y anhelos inabarcables durante la adultez.

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Por Ignacio Pedraza
Siglas, muchas siglas. En su papeleta, el detective Donoghue Homer (Richard Jenkins) debe anotarlas y después descubrir de lo que se trata. Las abreviaciones están presentes hasta en el título de la nueva miniserie de HBO, DTF ST. Louis (2026) -la primera tiene un componente sexual-, que sirven también como guiño al código misterioso que impregna el creador Steven Conrad.
A partir de una muerte, el policía interpretado por Jenkins junto a la oficial Plumb (Joy Sunday) deberá adentrarse en el triángulo amoroso compuesto por Floyd (David Harbour), Clark (Jason Bateman) y Carol (Linda Cardellini), y cómo su especial relación irá incrementando a niveles peligrosos.
Durante los siete episodios, la serie recurrirá a una narración no lineal para profundizar en la triada, ya sea en la construcción de las interacciones como en la caracterización de cada una de las partes. Estas dos líneas son en las que se apoya Conrad para llevar adelante el proyecto: por un lado, el suspenso que genera el costado más policial de la historia, y por otro una vertiente dramática para situarse en lo intimista como registro de varias temáticas propias de la edad.
Si bien la muerte es el disparador y el efecto más golpista de la miniserie, su creador -también director y guionista de la producción- decide abordar nociones más relacionadas a lo personal y tematizar respecto a lo social, económico y sexual. El trío tiene sus deseos y miedos en relación a dichos temas, y hasta logran sobreponerse por momentos a lo policial. Dicho abordaje parece evidenciarse en grandilocuentes planos -hay una fotografía bastante apagada de Jim Whitaker– que se reitera en oportunidades veces, que da la sensación de registro al asunto y refuerzo de ideas.
A todo lo argumental, hay que sumarle un interesante estilo que le suma su showrunner a una trama de por sí atrapante: a través de la sarcástica musicalización de Alex Wurman, la serie logra jugar con sus personajes y la trama, utilizando un humor negro y seco que permite lograr una sonrisa en contextos totalmente inoportunos. Si bien nunca se subestima la historia, la misma parece ser consciente de sus partes más absurdas y no reniega de ello.
Para ello, lo más interesante pasa por el trabajo del reparto, que abraza a sus personajes y logran una interpretación que eleva todos los puntos nombrados anteriormente. Apoyándose en los grandes nombres que tiene el elenco, la química entre sus protagonistas es evidente; desde una Cardellini apática, pasando por un Harbour inocente y llegando hasta un Bateman impredecible -todos fundamentados y con diferentes estadías a lo largo del visionado-, las estrellas logran darle volatilidad al proyecto, aunque todas las caras logran el registro propicio para la serie -uno podría hasta quedarse con la interacción entre el prejuicioso y posteriormente ingenuo Donoghue y sus encontronazos con la más flexible Plumb-.
Es cierto que, por nombres y temática, DTF. St. Louis tenía pocas chances de errar, pero no por ello la hace menos valedera la posibilidad de ver una serie madura, con tono mordaz, y que a lo largo de sus siete episodios obtiene la capacidad de despertar interés.
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