Diario personal sobre los años más kafkianos de la Argentina reciente
El reconocido cineasta y músico Jorge Zima lanza Restos Diurnos (Ed. De los cuatros vientos), un libro sobre la maquinaria de creatividad e introspección de un artista durante la pandemia.

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Por Ignacio Rapari
La pandemia de COVID-19 redefinió el mundo entero. A más de seis años de su inicio, sus efectos todavía se perciben en múltiples aspectos de la vida cotidiana, aunque poco se indaga en ese “mientras tanto” del aislamiento: ese tiempo suspendido, íntimo, que transcurrió puertas adentro. Algunos prefieren dejarlo atrás; otros, directamente, no se animan a volver sobre esos días. Sin embargo, el director, guionista y músico Jorge Zima elige revisitar esa experiencia y convertirla en material creativo en su nueva obra: Restos diurnos, un libro donde reúne fragmentos, pensamientos y registros nacidos en plena pandemia.
A través de textos y poesías breves, espontáneas y profundamente introspectivas, Zima construye un micro universo lúdico que oscila entre la luminosidad y la oscuridad. Allí propone una experiencia de regreso, una suerte de flashback personal del lector a partir de ecos, sensaciones y aproximaciones a ese territorio íntimo que marcó el aislamiento, con todo lo que tuvo de estímulo, inquietud y desconcierto.
A lo largo del recorrido, las palabras dialogan con ilustraciones tan particulares como abiertas a interpretación —pueden leerse como trazos espontáneos, como gestos artísticos o como pistas a descifrar—. Ese entramado se completa con apuntes, ideas para películas y reflexiones que van de lo cotidiano a lo metafísico, en una obra que se expande en múltiples direcciones y habilita distintas formas de lectura.
La experiencia pandémica es algo que siempre me llamó la atención, y también me interesó mucho la forma de lectura de Restos diurnos. Es un libro que puede leerse de corrido, pero también permite abrirlo en cualquier página y entrar igual. Tiene una estructura muy particular que habilita distintas maneras de recorrerlo. ¿Coincidís en eso?
—Sí, absolutamente. Y me encanta que lo digas porque es algo que pensé. Tiene esa posibilidad de juego, como abrir un libro de fotos y ver qué aparece. De hecho, todo lo anterior al armado no tuvo ninguna intención de convertirse en libro. No fue algo planeado ni pensado para ser mostrado. Eran cosas que iban apareciendo y que yo simplemente anotaba.
El momento del armado vino después, y ahí sí apareció una instancia más consciente. Lo más difícil fue elegir: tenía muchos dibujos y muchos textos. De hecho, quedaron varios escritos afuera, pero sobre todo muchos dibujos, porque es algo que hago muy rápido, sin pensar demasiado.
Y siendo que se trató de una recopilación que en un primer momento no se pensó como obra íntegra, ¿cómo fue el proceso de ordenar todo ese material?
—Fue bastante intuitivo. Me cuesta hablar de un criterio claro. Lo pienso más como un ejercicio musical: ver qué dialoga con qué, con qué empezar, con qué terminar. Hay momentos donde se respeta cierta cronología porque había pensamientos que continuaban, pero no es algo rígido.
Hay más bien un diálogo sutil, a veces incluso con cierto humor. Los dibujos son bastante libres, a veces casi surrealistas: líneas, personajes que aparecen o no del todo. Hay un orden, sí, pero al mismo tiempo existe una apertura total a lo aleatorio. Me interesa que el libro se pueda abrir en cualquier lugar. Tiene algo musical en ese sentido: no se agota en una sola lectura porque no hay un relato cerrado ni un final. Se puede volver a él como a una canción.
Claro, y en ese sentido tampoco parece un libro que se agote en una primera lectura. Hay momentos que invitan a detenerse más, incluso con cierta complejidad.
—Puede ser. Y ahí también los dibujos cumplen una función importante: le quitan solemnidad a algunos textos. A veces uno está reflexionando en profundidad y el dibujo, con su tono más lúdico, equilibra eso.
¿Los dibujos son totalmente espontáneos?
—La mayoría surgió así. Desde siempre dibujé en los márgenes, como una forma de escape. Muchas veces mientras hablaba por teléfono o en reuniones. Son completamente inconscientes: cuando los vuelvo a ver, me sorprenden. No tengo un recuerdo claro de haberlos hecho, no hay una sensación de “trabajo” ahí.
Con los textos, en cambio, uno podría pensar que hay más elaboración…
—No tanto. Están hechos de una manera bastante similar. Es cierto que escribir implica un poco más de control que dibujar, pero no hay una elaboración profunda. Son cosas que surgían en el momento: estaba cocinando, por ejemplo, y aparecía una idea, entonces la anotaba. Después sí, revisé, ajusté alguna coma, descarté algunos textos, pero el origen es ese. Surge de una introspección muy grande, de haberme encontrado mucho conmigo mismo en ese período.
Eso también se percibe en la experiencia de lectura: no hay una conclusión, sino una apertura a “algo más”.
—Exacto. No intenta demostrar nada ni cerrar ideas. Es más bien un intento de comunicación: decir “esto me está pasando” y ver si alguien puede sintonizar con eso.
En relación a eso, ¿cómo fue atravesar la pandemia en lo personal?
—Fue una etapa muy intensa, como para todos. Con momentos de miedo, de oscuridad, pero también con aspectos positivos. En mi caso, no tuve pérdidas cercanas, y además viví gran parte del tiempo acompañando a mi madre. Eso fue algo muy particular porque nunca había vivido solo con ella de adulto. Y fue una experiencia muy rica. Mi madre también tiene una conexión fuerte con lo lúdico, así que compartimos mucho desde el juego: inventábamos situaciones, canciones, personajes. Eso fue muy valioso.
Al mismo tiempo, viví con intensidad todo lo social. Esa mezcla de esperanza y desilusión. Al principio parecía que podía surgir algo colectivo, solidario, pero eso duró muy poco. Después apareció mucho egoísmo, mucha falta de cuidado.

En el libro también aparece una mirada crítica sobre lo social y lo político.
—Sí, porque fue muy evidente. Era un momento donde había que escuchar a la ciencia y, sin embargo, se instaló una especie de relativismo donde cualquier opinión parecía tener el mismo valor. Eso me impactó mucho. Esa lógica del “para mí no” frente a cualquier argumento. Es algo que se volvió muy fuerte y que tiene consecuencias.
Igual, aclaremos: también hay momentos más luminosos y fragmentos muy personales…
—Sí, el libro es una mezcla de todo eso. Fragmentos de distintas experiencias, con total libertad. Y algo interesante es que, aunque sigo anotando cosas, ese tipo de escritura tan ligada a ese momento no volvió a darse igual. Fue algo muy propio de ese período.
¿Qué esperás que pase con el libro?
—Justo eso: ver qué pasa. Me interesa el ida y vuelta con los lectores. Ya empieza a suceder y eso es lo más valioso. Después, hasta dónde puede llegar, no lo sé. Pero tengo la sensación de que puede generar algo interesante en ese intercambio.
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