15 de mayo de 2026
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Un relato coral sobre la identidad

Fiesta Pueblo recorre la Fiesta del Potrillo como un retrato errante donde, entre eventos populares y rurales, la identidad del pueblo emerge. En los márgenes del escenario, la cámara atesora breves testimonios cotidianos y situaciones sutiles que transcurren en una peluquería o en el centro de jubilados. Gauchos, longboarders, reinas y bomberos conviven en un relato coral donde tradición y vida contemporánea se entrelazan.


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Por Walter Pulero

No intenta explicarnos a Coronel Vidal ni a su fiesta. Ignacio Laxalde acompaña con la cámara, observa, se detiene. Logra captar gestos mínimos que construyen la identidad de un pueblo y de un film.

¿Qué nos podes contar de esta película tuya en solitario y cómo surge?
-La película nace del deseo de hacer un registro personal de la fiesta de mi pueblo. Viví en Coronel Vidal hasta los 18 años, luego me vine a Buenos Aires a estudiar Imagen y Sonido en la UBA, donde aún resido actualmente, pero conservo allí familia y amigos. Por eso vuelvo seguido y, de alguna manera, siempre termino haciendo proyectos vinculados a ese lugar, casi como una excusa más para regresar.

En 2015 había hecho unos microcortos de un minuto sobre la fiesta, y desde entonces me quedó la sensación de que había algo más ahí, un potencial para llevar esa experiencia a un largometraje. Durante la pandemia retomé ese material, lo revisé, y a partir de ahí decidí comenzar la película. Si bien venía trabajando de forma colectiva con el grupo Cine Humus, compartiendo la dirección, sentía que este era un proyecto más personal y preferí llevarlo adelante la dirección de manera solitaria. Me sirvió mucho la colaboración de Julieta Anaut en distintas áreas, así como el trabajo de Bernardo Francese (de Cine Humus) en la postproducción de sonido y la música original.

Conociendo de cerca la fiesta ¿qué fue lo más difícil a lo que te enfrentaste al momento de retratarla?
-Durante los días que dura la fiesta suceden muchas cosas, tanto en los eventos como en todo lo que implica su preparación, y lo más difícil fue justamente elegir qué filmar y qué dejar afuera. Era imposible abarcar todo. Muchas veces estaba registrando algo sabiendo que, al mismo tiempo, ocurría otra cosa en otro lado que no iba a repetirse. Pero también forma parte de las condiciones propias del trabajo documental: no poder controlar del todo lo que sucede. De todos modos, salía con un plan de rodaje, aunque naturalmente abierto, dispuesto a adaptarme a lo que iba apareciendo. En ese proceso, además, se va definiendo la mirada de la película. Como ventaja, dado que los rituales se repiten año a año, pude regresar en siguientes ediciones a registrar alguna secuencia pendiente.

Además, mis dos largometrajes anteriores fueron ficciones realizadas de manera colectiva, y por el contrario esto se trataba de un documental en solitario. En ese sentido, también fue un desafío tener que tomar otro tipo de decisiones. Durante el rodaje, intenté constantemente hacer foco en los márgenes de la fiesta, porque ahí encuentro algo que me interesa especialmente: cierta honestidad, una esencia más profunda y verdadera. Desde un punto de vista involucrado y autorreferencial, siempre que registraba trataba de alejarme de una mirada más distante o informativa, como podría ser un registro televisivo del evento o un simple “detrás de escena”. Quise valorar esos momentos laterales que, en conjunto, terminan de construir la identidad de la celebración.

¿Cuánto te demandó el rodaje y con qué recursos te encontraste en el pueblo que te sirvieron para encarar la película?
-El rodaje se dio principalmente durante febrero de 2022 y 2023. A eso se suma material que ya tenía de 2015, y también algunas situaciones que no ocurrieron específicamente durante los días de la Fiesta del Potrillo, pero que estaban vinculadas con lo festivo y la celebración, y que sentía que coincidían con el universo de la película. Conté con el apoyo de la Secretaría de Cultura de Mar Chiquita, que me facilitó poder moverme con libertad por los distintos eventos, como los del predio principal o la jineteada, por ejemplo. Y algo clave fue el vínculo con la comunidad: muchas de las personas que aparecen son conocidas, porque es un pueblo chico y, en mayor o menor medida, nos conocemos todos. Eso generó una cercanía y una buena predisposición que hizo más fácil tanto el rodaje como las entrevistas. En general, la gente estuvo muy abierta a colaborar con la película.

¿Qué diferencia a la fiesta del potrillo de otras que se dan en la provincia?
-En general siento que la fiesta se parece bastante a muchas otras celebraciones rurales o populares: hay ciertas formas que se repiten, una estructura que más o menos se reconoce. Pero al mismo tiempo, cada una tiene algo propio, algo que la vuelve distinta. Eso aparece en los detalles, en la historia del lugar, en cómo la vive la gente que la sostiene año a año, en los gestos, en las pequeñas cosas que no siempre están en el escenario principal pero que le dan identidad. Ahí es donde, para mí, cada fiesta encuentra su singularidad.

¿Qué recorrida trae el documental y cómo sigue?
-El proyecto se fue armando con distintos acompañamientos a lo largo del proceso: participé en la Tutoría de Documental de Gustavo Fontán, organizada por DAC – Directores Argentinos de Cine (Buenos Aires, 2020), y también en el Posgrado “Programa de Actualización en el Documental Audiovisual” de FADU – UBA. El documental contó con el apoyo de la Secretaría de Cultura de Mar Chiquita y de Mecenazgo Participación Cultural. Es una producción de Camina Legua, con el aporte de Cine Humus. En cuanto a su recorrido, además de su paso por el BAFICI (26ª edición), recibió una Mención Especial de la Asociación de Autores de Fotografía Cinematográfica Argentina dentro de la Competencia Bonaerense de Largometrajes del 3° Festival Internacional de Cine de la Provincia de Buenos Aires. La idea ahora es seguir proyectándola, acompañar las próximas funciones, continuar el recorrido por festivales y generar espacios donde la película pueda encontrarse con el público.



¿Cómo fue la recepción del público hasta ahora? ¿Qué es lo que más te llamó la atención de los comentarios que te llegaron?
-Por suerte, la recepción viene siendo muy cálida. A mucha gente le despierta ganas de ir a la fiesta, curiosidad por algunas costumbres que aparecen en la película, e incluso cierta nostalgia por un ritmo de vida que en la ciudad ya no es tan común. En el caso de Vidal, donde también se proyectó (en el marco de la última Fiesta del Potrillo), varios me agradecieron la posibilidad de ver el pueblo desde otro lugar. Algo que está ahí todos los días, y que por cotidiano a veces pasa desapercibido, de pronto se vuelve visible y cobra otro valor cuando se lo mira a través del cine.

¿En qué otros proyectos estás trabajando? Sea en solitario o con el grupo…
-Estoy trabajando en un segundo documental, Cerca de Arbolito, sobre la relación de mi pueblo, Coronel Vidal, con su antiguo nombre, Arbolito. Estoy en una primera etapa de montaje, ordenando el material y explorando qué forma puede tomar. Es un proyecto que comencé antes de Fiesta Pueblo y que fui desarrollando en paralelo; también está ligado a mi lugar de origen y continúa esa línea de trabajo.

Por otro lado, también con una temática similar, estoy desarrollando un tercer largometraje documental centrado en el Festival Nacional de Malambo en Laborde, Córdoba. Sigue el recorrido de dos bailarines de malambo bonaerenses, pero también busca retratar el festival en sí y su vínculo con la comunidad. En ambos proyectos continúo profundizando en el retrato de pequeñas comunidades y sus expresiones culturales.


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