7 de mayo de 2026
Mariano Cattaneo

Un thriller paranormal autoconclusivo

Morir es triste. Ser un fantasma es peor. Cuando Fernando volvió a Santo Blas buscando respuestas, después de aquel fatídico verano, no esperaba regresar a casa con Zoe.


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Por Ignacio Rapari

Puede parecer habitual que algunos directores decidan incursionar en la literatura, pero son pocos los que consiguen trasladar al papel una sensibilidad verdaderamente cinematográfica. En No olvides que estoy muerta (VR Editoras), Mariano Cattaneo logra justamente eso: construir una novela donde cada página está atravesada por imágenes, atmósferas y sensaciones que parecen proyectarse frente al lector. El director de Nadie va a escuchar tu grito —una de las escasas producciones de terror argentino que logró estrenarse comercialmente en salas durante 2025— vuelve a demostrar su fascinación por el género, aunque esta vez desde un lugar distinto.

Si bien no se trata de su debut literario —ya había explorado el horror en novelas como No hay verano para los muertos—, en esta oportunidad Cattaneo se aleja del slasher para sumergirse en una historia de fantasmas profundamente influenciada por el J-Horror. Pero detrás de las apariciones, los silencios inquietantes y la constante sensación de amenaza, lo que verdaderamente sostiene la novela es su enorme carga emocional.

Porque No olvides que estoy muerta no busca únicamente generar miedo: también explora el duelo, la culpa, la angustia y las heridas psicológicas de personajes atravesados por una tristeza persistente. El resultado es una lectura adictiva, perturbadora y melancólica, donde el terror nunca queda desligado del dolor humano.

En la solapa del libro ya aparece la idea de las películas de fantasmas como un disparador. ¿Cómo nació No olvides que estoy muerta?
—Las historias de fantasmas siempre me atraparon desde chico. Pero lo que más me interesa del subgénero no es tanto la simbología de la venganza, sino qué pasa con los sentimientos de una persona cuando desaparece. ¿A dónde van todas esas emociones? ¿Desaparecen o quedan flotando como una especie de esencia o energía?
Ese fue el puntapié inicial de la novela. Pensar qué sucede con el amor, la bronca, el dolor o la tristeza una vez que alguien deja de existir. Por eso el cine asiático de fantasmas me influenció muchísimo. Películas como Ringu, Shutter o Whispering Corridors muestran fantasmas atravesados por emociones y no solamente por el susto constante. Hay dolor, furia, amor, envidia, tristeza. Y eso me parece fascinante para explorar porque son sentimientos muy potentes.
Después apareció otra idea que también me interesaba mucho: contar la muerte desde el punto de vista de quien murió. Pero no desde alguien que ya entiende todo, sino desde alguien que todavía no logra comprender qué le pasó. Zoe sabe que algo está mal, pero no termina de entender quién es, qué ocurrió ni por qué está ahí. Me interesaba mucho esa sensación de rompecabezas, de tener que reconstruirse a partir de fragmentos.
Y después está el trabajo sobre las personalidades. Cómo la presencia de Zoe afecta de manera distinta a Fernando y a Javier según quiénes son ellos. Fernando es más emocional, más conciliador, mientras que Javier es mucho más racional y dominante. Me interesaba ver cómo reaccionaban frente al mismo fenómeno desde lugares completamente diferentes.

La novela tiene una estructura muy particular, incluso desde lo visual con las páginas negras en los capítulos de Zoe. ¿Eso estuvo desde el comienzo?
—Sí, totalmente. Desde el principio sabía que la historia tenía que estar contada desde distintos puntos de vista y que la voz de Zoe tenía que sentirse diferente también en lo visual.
Cuando hablamos con la editorial surgió esta idea de que las páginas donde aparece su perspectiva fueran negras, porque Zoe literalmente está atrapada en la oscuridad. Como yo vengo mucho del cine, necesitaba que el libro tuviera también una impronta visual muy fuerte. Me parecía un recurso muy potente para transmitir la sensación de encierro y oscuridad constante que vive el personaje.

Más allá del terror, el libro tiene un costado muy dramático y emocional.
—Sí, y era completamente intencional. Yo quería que fuese un thriller con elementos de terror, pero muy emocional, muy melancólico. Hay mucha tristeza en la novela.
Los momentos de terror están y, si el lector se conecta con la historia, creo que funcionan mucho. Hay escenas que mientras las escribía me parecían imágenes muy fuertes. Pero al mismo tiempo quería que el eje emocional estuviera siempre presente.
Me interesaba trabajar esa sensación de opresión constante. Que la presencia del fantasma no sea solamente “apareció y te asustó”, sino algo que modifica el ambiente y afecta emocionalmente a los personajes. Por eso Zoe aparece de una manera extraña, casi aleatoria. A veces está y otras no. Y cuando aparece, el entorno cambia: hay frío, incomodidad, angustia. Quería transmitir la idea de una tristeza eterna que se contagia.

Incluso la forma en que Fernando y Javier perciben a Zoe se aleja bastante de la típica historia de fantasmas.
—Claro. Me interesaba que no todo pasara por “estoy viendo un fantasma”. Hay momentos donde eso sucede, obviamente, pero muchas veces la presencia se siente antes de verse.
Fernando, por ejemplo, recibe a Zoe casi como una maldición inevitable. Javier, en cambio, intenta rechazarla porque es mucho más racional. Y eso genera reacciones distintas frente a la misma situación.
También me interesaba pensar que el fantasma no está presente todo el tiempo. Como si tuviera lapsos. ¿Qué pasa cuando no está? No lo sabemos. Pero cuando aparece, el ambiente cambia completamente y los personajes lo sienten físicamente.



Hay algo muy moderno en la novela, incluso en las referencias musicales. Aparecen Trueno, Paco Amoroso, Catriel…
—Sí, porque me interesa mucho construir el contexto de los personajes. Soy bastante audiovisual y la música forma parte de eso.
Ya me había pasado en Nadie va a escuchar tu grito y también en No hay verano para los muertos. Me gusta pensar qué escuchan los personajes, qué canciones forman parte de sus momentos.
Además son chicos jóvenes, están en la costa, salen, van a bailar. La música inevitablemente forma parte de sus vidas. Y también me gusta explorar música que quizás yo no escucharía naturalmente, pero que termina conectándome con las escenas mientras escribo.
Por ejemplo, “True Disaster” de Tove Lo terminó funcionando casi como un leitmotiv de la novela. Cada vez que aparece ese tema hay algo emocionalmente importante detrás.

En algunos momentos la novela recuerda a películas como It Follows por esta idea de una presencia que se transmite.
—Puede ser, aunque no fue algo consciente. It Follows me gusta mucho, pero no la tuve presente mientras escribía.
Igual creo que uno siempre termina absorbiendo cosas inconscientemente. Porque viste películas, leíste libros o consumiste determinadas historias y todo eso queda dentro tuyo de alguna manera.
Pero sí, el cine asiático fue una influencia muy directa, sobre todo desde lo emocional y desde esta idea de fantasmas atravesados por sentimientos.

Santo Blas también funciona casi como un personaje más. ¿Cómo construiste ese lugar?
—Santo Blas ya venía de mi novela anterior, No hay verano para los muertos. Es un pueblo costero ficticio inspirado muy directamente en Santa Teresita.
Yo pasé muchísimos años ahí e incluso trabajé en la costa, entonces conozco mucho esa dinámica entre turistas y lugareños. Quería construir un balneario argentino reconocible, con esa sensación medio melancólica que tienen ciertos lugares fuera de temporada.
En No olvides que estoy muerta hay varios guiños para quienes leyeron la novela anterior. Por ejemplo, referencias a personajes o situaciones. Pero no hace falta haber leído una novela para entender la otra.

También hay una sensación muy cinematográfica en la manera en que narrás las escenas.
—Sí, probablemente porque vengo mucho del cine. De hecho, cuando escribo novelas aprovecho justamente la libertad que me da no tener que pensar en presupuestos.
Cuando escribís cine siempre hay un límite concreto: cantidad de locaciones, personajes, días de lluvia, producción. En la novela no. Si quiero que llueva diez días seguidos o construir una escena enorme, puedo hacerlo sin restricciones.

¿Fantaseás con adaptar la novela al cine o a una serie?
—Sí, me encantaría. Creo que la historia se lo merece. El problema es que es una novela muy grande para una producción independiente porque tiene muchísimas locaciones, cambios temporales y varios personajes importantes.
Tal vez funcionaría mejor como serie. Pero sí, obviamente fantaseo con verla adaptada en algún momento.

¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Todo estuvo claro desde el principio?
—No. Lo que sí estuvo claro desde el comienzo era la estructura y que la historia tenía que estar contada desde distintos puntos de vista. Pero el final cambió bastante durante el proceso.
Yo trabajo mucho construyendo biografías de los personajes. Me hago mini biblias sobre ellos: qué música escuchan, qué películas les gustan, cómo piensan. Son cosas que quizás nunca aparecen directamente en el libro, pero me sirven para conocerlos profundamente.
Y a medida que fui avanzando, los propios personajes me fueron llevando hacia otro final distinto al que tenía pensado originalmente.

¿Cómo estás viviendo este momento de publicación y la recepción de los lectores?
—Muy contento. Justo cuando salió el libro estaba filmando y no pude disfrutar tanto del lanzamiento porque estaba completamente concentrado en otra cosa.
Ahora estoy más relajado y empezando a vivirlo más de cerca. Y la devolución viene siendo muy buena. La gente conecta mucho con la historia y eso me pone feliz porque es una novela a la que le puse muchísimo corazón.
Tengo ganas de que siga creciendo y llegue a más lectores porque sinceramente creo que es una historia que se lo merece.

También vas a estar presentando la novela en la Feria del Libro.
—Sí, voy a estar el domingo 10 de mayo a las 17 horas en el Pabellón Azul, en el sector joven, participando de una charla sobre terror, gótico y slasher junto a otros escritores y escritoras.


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