23 de abril de 2026
Yiya Murano: Muerte a la hora del té. Cr. Courtesy of Netflix ©2026

Reconocimiento de masas

¿Por qué los argentinos nos reímos con el caso de Yiya Murano? ¿Hasta dónde va la figura del personaje y hasta dónde la de la asesina? El documental aborda esas preguntas, con testimonios esenciales donde se destaca el de su principal enemigo: Martín, su hijo.


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Por Ignacio Pedraza

Desde una poderosa interpretación de Nacha Guevara en una antología, pasando por un musical y llegando a su propia serie, el caso Yiya Murano es popular en nuestra cultura, con un saber ya sea de manera alejada o desde el fanatismo, todos reconocen de sus actos y siempre encuentra una reversión para llegar a las pantallas; por lo que el estreno del nuevo documental Yiya Murano: muerte a la hora del té (2026), que llega a Netflix –con un paso por el reciente BAFICI– no es ninguna novedad.

El director Alejandro Hartmann –con una prolífica carrera que va desde videoclips hasta la realización de los últimos documentales nacionales más populares de la «N roja»- tuvo la difícil tarea de encontrar una vertiente o perspectiva que permita diferenciar a su proyecto de las múltiples adaptaciones que ha tenido la “envenenadora de Monserrat”.

En ese sentido, el guion de Lucas Bucci y Tomás Sposato se enmarca de manera clara entre dos caminos, que hasta parece dividido durante su metraje: una primera parte cuenta con un argumento más tradicional, que relata los sucesos entre la protagonista y su contexto a fines del 70 y principios de los 80, la relación con sus amigas y su metodología para llevar a cabo los crímenes. Dicho recorrido apunta más a lo policial, junto a lo testimonial y una recreación de época –con actuaciones incluida- que se enriquece con el diseño de arte de Mariela Rípodas y Catalina Oliva y la fotografía de Alejandra Martín, mutándose con el cambio de década.

Para la segunda mitad, el documental toma una identidad distinta cuando obvia de los datos más conocidos –o las teorías alrededor- del asunto para analizar su fenómeno mediático, que generó su imagen en la cultura popular y sus acciones posteriores al encarcelamiento. Para ello, la historia cuenta con una figura rutilante en todo esto, que es el mismísimo Martín Murano. Por momentos atestiguando y en tantos otros –sobre el cierre se evidencia más- protagonizando, hay un intento del descendiente en focalizar la atención; no obstante, la figura también está en disputa y se certifica su dualidad.

Más allá de una tonalidad jocosa –como casi siempre cuando se caracterizó la forma de abordar el hecho-, Hartmann ofrece ciertos momentos más relacionados al dramatismo cuando sobre el epílogo refiere a las víctimas, tomando noción que las acciones de Yiya no solo no son ficcionales, sino mortales. Los testimonios de familiares de las viejas amigas de la protagonista toman fuerza y logran equilibrar ese delirio.

Sin ser necesariamente reveladora, Yiya Murano: muerte a la hora del té es un documental entretenido y pasatista, con una primera parte reconocible y que intenta tomar varias aristas para abordar ese fenómeno particular.


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