DURANTE AÑOS DISCUTIMOS LOS NEONES, LAS DROGAS Y LOS EXCESOS. EL FINAL OBLIGA A MIRAR OTRA COSA. EUPHORIA, LA SERIE DE HBO PROTAGONIZADA POR ZENDAYA, TERMINÓ SIENDO UNA HISTORIA SOBRE LA CULPA, LA FE, LA ADICCIÓN Y UNA GENERACIÓN QUE BUSCÓ EN TODAS PARTES ALGO QUE LE DIERA SENTIDO A SEGUIR VIVA.
Atención: esta nota contiene spoilers de Euphoria, la serie de HBO, incluido el final de la tercera temporada.

Por Emanuel Juárez
Hay una escena en el episodio especial de transición entre la primera y la segunda temporada de Euphoria que sintetiza, sin proponérselo, todo lo que la serie siempre quiso decir. Rue Bennett (Zendaya) y Ali Muhammad (Colman Domingo) están sentados en un restaurante casi vacío en Nochebuena. No hay glitter. No hay luces de neón parpadeando, ni música de Labrinth envolviendo la imagen como si la tristeza tuviera buena producción. Hay dos sillas, una mesa, y dos personas que sufrieron demasiado hablando de lo que significa seguir vivo. Sam Levinson tomó una restricción impuesta por la pandemia y la convirtió en una declaración de principios: la serie podía existir sin su propio artificio. Podía respirar sola.
Eso, en retrospectiva, era la advertencia.

Euphoria no era lo que parecía. Cuando llegó a HBO en 2019, la recepción fue ruidosa desde el primer episodio: partes iguales de entusiasmo y rechazo, con una división marcada muchas veces generacional entre quienes la defendían y quienes la acusaban de nihilismo gratuito y exceso visual sin sustancia. Todos, de un lado y del otro, le prestaron atención. Los neones, las purpurinas, los primeros planos de cuerpos bailando en fiestas que parecían durar para siempre. La leyeron como un producto de época, un síntoma de la cultura del scroll y el filtro, una serie que había nacido para ser screenshot. Lo que pocos vieron entonces es que Levinson estaba construyendo algo más parecido a una trampa que a un espectáculo.
Cuando Rue murió de sobredosis en el último episodio de la tercera temporada, «In God We Trust», título que no deja lugar a interpretaciones, quedó claro que Euphoria había sido desde el principio una historia de duelo disfrazada de otra cosa.

Primera temporada: el brillo como anestesia
La primera temporada tiene el problema de toda obra que después se vuelve un fenómeno: cuesta verla sin el peso de lo que vino después. Pero si se puede recuperar la experiencia de 2019, lo que había ahí era algo genuinamente perturbador disfrazado de seducción visual.
La paleta era fría: azules, violetas, luces de neón que hacían de cada escena una postal de algo que ya se estaba yendo. La cámara se movía como si estuviera bajo el efecto de lo mismo que los personajes. Levinson venía de Assassination Nation, un thriller satírico de 2018 construido sobre la misma lógica de frenesí visual y chicas adolescentes navegando un mundo que las consume, y sabía exactamente lo que estaba haciendo: la estética era el punto de vista. Ver Euphoria en temporada uno era ver el mundo como lo ve alguien que acaba de consumir, donde todo tiene una intensidad que roza lo insoportable y donde el dolor se transforma, momentáneamente, en algo que parece hermoso.
Las drogas en Euphoria funcionaron como la solución, nunca como el problema. Eso es lo que la primera temporada entiende con una lucidez que pocas series sobre adicción lograron: el consumo es una respuesta racional a un dolor que no tiene otro canal. Rue se droga y el mundo deja de pesar lo que pesa. Eso es todo. Eso alcanza para entender por qué no para.

Los personajes secundarios también cargaban sus propias fracturas con una precisión que tampoco era decorativa. Nate Jacobs (Jacob Elordi) como la violencia que aprendió a funcionar en sociedad. Cassie Howard (Sydney Sweeney) confundiendo ser deseada con existir. Maddy Pérez (Alexa Demie) entendiendo que la imagen es poder antes de que nadie se lo enseñara. Jules Vaughn (Hunter Schafer) buscando una identidad que no terminaba de fijarse. Lexi Howard (Maude Apatow), la hermana que todo lo mira desde un costado y empieza a transformar esa distancia en material: si no puede entrar al mundo que la rodea, al menos puede narrarlo. Y Fezco O’Neill, a quien Angus Cloud convirtió en el único personaje de la serie que parecía operar con otro código moral, más lento, más físico, ajeno al caos performático de todos los demás.
La primera temporada tenía euforia, claro. Esa es la trampa que Levinson tendió con el título: la serie se llama como se llama para describir lo que ofrece antes de cobrar el precio.

El especial y la segunda temporada: cuando el brillo se agrieta
El episodio «Trouble Don’t Last Always», filmado a finales de 2020 en plena pandemia, es el punto de inflexión que suele ignorarse cuando se habla de la serie. Levinson tomó la restricción y la convirtió en método: una hora entera de dos personas hablando. Sin artificio. Sin música que indique cómo sentirte. Rue y Ali en ese restaurante vacío son la serie sin su propia anestesia.
Lo que esa conversación deja ver es la culpa. La culpa que se instala y no tiene adónde ir. Rue no puede ser una buena persona y tampoco puede dejar de querer serlo. Esa tensión, que Ali nombra y problematiza con la autoridad de alguien que también la conoció desde adentro, es el verdadero motor de Euphoria. Está ahí, desnuda, mucho antes de que la tercera temporada lo haga explícito con todo el aparato de la fe y el juicio final. Hay algo en ese diálogo que funciona como una pregunta religiosa sin la infraestructura de ninguna religión: una evaluación permanente y silenciosa de todo lo que se hace y de todo lo que no, sin ningún lugar donde depositarla.

La segunda temporada llega con una estética que ya no expande nada. Si la primera temporada era el subidón, la segunda es el mantenimiento: consumir para que el día sea soportable, no para sentir algo extraordinario. Los colores se oscurecen, los movimientos de cámara pierden levedad, los cuerpos se mueven con más peso. Levinson empieza a filmar la adicción como estructura. Rue ya no orbita la destrucción: está adentro.
El mundo alrededor se organiza según la misma lógica. Todos los personajes de Euphoria viven bajo la dictadura de ser vistos. Cassie lleva eso al extremo: su existencia depende de la mirada del otro de una manera que dejó de ser deseo y se volvió necesidad biológica. Maddy entiende que la imagen es poder y empieza a administrarla con frialdad. Jules sigue buscando una identidad que resista. Kat Hernández (Barbie Ferreira) intenta convertir la exposición en control y termina absorbida por lo mismo que quería manejar. Lexi, en cambio, escribe una obra de teatro sobre todos ellos y descubre que narrar tampoco ordena nada del todo, porque lo que se narra también se rompe mientras se cuenta. El sueño americano en Euphoria tiene esa forma: la visibilidad como condición de existencia. Si te ven, existís.

Tercera temporada: el sol como presagio
El salto temporal es brutal y deliberado. Cinco años después, los personajes ya no son adolescentes y las consecuencias son reales de una manera que la escuela y la casa materna no permitían. Rue ya no puede tener un pie en el mundo del consumo y otro en la seguridad relativa de su habitación. Se convirtió, sin que nadie lo decida del todo, en una criminal.
Lo primero que nota cualquiera que llega a la tercera temporada es que la paleta cambió radicalmente. Los azules y violetas de la primera temporada desaparecieron. El exceso de neón de la segunda cede. Lo que toma su lugar es una luz dura, diurna, casi documental: amarillos y beiges, exteriores áridos, interiores que parecen sacados de otro género. Levinson muta hacia algo que recuerda al film noir clásico cruzado con western, y la serie que arrancó como una fiesta interminable empieza a parecerse más a una crónica policial.

Esa transformación no es capricho estético. Si la primera temporada filmaba la adicción desde adentro, con su lógica de intensidad y suspensión del dolor, y la segunda desde la repetición que se vuelve hábito, la tercera la filma desde afuera: el mundo real, que no hace concesiones. Es el mismo arco que describe una adicción en la vida de cualquiera. Euforia, mantenimiento, derrumbe.
Y entonces aparece Dios.

El cartel que domina el afiche oficial de la temporada dice «Jesus Saves». El logline de HBO anuncia que los personajes lucharán con la virtud de la fe, la posibilidad de la redención y el problema del mal. El episodio final se llama «In God We Trust». La religión, que en las temporadas anteriores operaba como una pregunta silenciosa, si soy una buena persona, si lo que hice puede perdonarse, se vuelve estructura narrativa explícita. Ali funciona desde el principio como una figura que viene de esa tradición: alguien que encontró en la fe, o en algo parecido, una manera de seguir. Un hombre que sobrevivió y sabe que la supervivencia nunca fue automática para él.
Pero Levinson tampoco predica. Lo que hace es más inquietante: muestra una generación que necesita creer en algo y no tiene dónde. El sueño americano, que la segunda temporada ya había empezado a leer como sistema de visibilidad más que como promesa de prosperidad, aparece en la tercera completamente desnudado. Un episodio se llama directamente «America My Dream» y retrata la pandemia como una fiebre surrealista, Los Ángeles ardiendo, los personajes mirando por las ventanas un mundo que se rompe. Las ilusiones que la serie fue desmontando una por una, las redes sociales como realización, el amor como salvación, las drogas como escape, la fama como identidad, terminan cayendo juntas.

La muerte real que hizo real la muerte ficticia
Hay algo que no puede ignorarse al leer el final de Euphoria: Angus Cloud murió de sobredosis de fentanilo en julio de 2023 mientras Levinson escribía esta temporada. Tenía 25 años. Fezco, su personaje, había estado condenado a morir al final de la primera temporada hasta que Levinson lo salvó porque lo quería demasiado. La realidad terminó haciendo lo que la ficción no se animó.
La muerte de Cloud reescribió la serie desde adentro. Lo que Levinson estaba escribiendo como una historia de redención posible se convirtió en algo más difícil de sostener. La muerte de Rue, que no estaba planeada originalmente, creció a partir de ese duelo real: una manera de procesar lo que le pasó a Angus y de decir algo honesto sobre lo que le pasa a miles de personas en Estados Unidos cada año, tomadas por el fentanilo sin que ninguna promesa llegue a tiempo.

Rue muere de sobredosis de Percocet adulterado con fentanilo, que le da el narcotraficante Alamo (Adewale Akinnuoye-Agbaje) como venganza por creer que ella trabajaba con la DEA. Una muerte que viene del sistema, de la cadena de violencia que sostiene el mercado de las drogas. La adicción en Euphoria nunca fue solo una historia individual. Fue siempre una historia sobre lo que un país le hace a sus ciudadanos más vulnerables y después les cobra la cuenta.
Levinson eligió el final más difícil porque era el más verdadero para este personaje, en este momento, en este país.

Lo que queda cuando todo deja de sostenerse
Ali visita a los conocidos con los que Rue estuvo al principio de la temporada y les dice que está «en un lugar mejor». Es el último gesto de la serie, y el más ambiguo. ¿Creencia genuina o el único consuelo que un hombre puede ofrecer cuando ya no hay nada que hacer? La serie termina sin responder eso, y probablemente sea la decisión más honesta que tomó en siete años.
Euphoria terminó siendo lo que siempre fue sin que muchos lo vieran: una serie sobre la espiritualidad en un mundo que perdió su capacidad para producirla. Sobre la culpa sin confesionario. Sobre el juicio sin Dios. Sobre una generación que aprendió a existir en la mirada de los demás porque nadie le enseñó otra manera de existir, y que cuando esa mirada no alcanzó, buscó en las drogas lo que no encontró en ningún otro lado.

Lo que queda, después del final, es el peso específico de haber seguido a alguien durante siete años sabiendo, en algún rincón, cómo iba a terminar. Levinson dijo que quería poner al espectador en el lugar de la familia que pierde a alguien por la adicción. Lo logró con una brutalidad que pocas series de su generación se permitieron: no hay catarsis, no hay moraleja, no hay alivio. Solo la misma pregunta que Rue se hizo toda su vida, flotando ahora del otro lado de la pantalla. Si hubiéramos hecho algo diferente, ¿habría cambiado algo?
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