Ascenso, influencia y contradicciones de una mostra
Un retrato íntimo y artístico sobre Moria Casán que mezcla lo real y lo onírico, el amor y el descontrol, y muestra tanto las luces como las sombras de la vida de “La One”.

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Por Walter Pulero
La nueva serie de Netflix sobre Moria Casán llega este viernes con una misión tan ambiciosa como arriesgada: convertir en relato televisivo a una figura que siempre fue más grande que cualquier formato. Moria no es solo un personaje mediático; es un fenómeno cultural argentino que atravesó décadas, géneros, escándalos, transformaciones sociales y un modo muy particular de entender la libertad. Traducir eso a una ficción es, inevitablemente, una operación quirúrgica.
La serie reconstruye el ascenso, la influencia y las contradicciones de Moria Casán a lo largo de décadas de televisión, teatro y vida pública. Con momentos de verdadero brillo y otros más desdibujados donde la narrativa parece volverse demasiado contenida, la ficción se debate entre celebrar el ícono y explorar a la mujer detrás del personaje. En comparación con biopics más crudas, MORIA elige la superficie luminosa antes que las sombras, ofreciendo un retrato vibrante pero parcial de una figura que desafió normas, lenguajes y épocas.
MORIA cumple ampliamente con la intención de encapsular a una figura que siempre vivió en estado de fuga: imposible de atrapar, imposible de resumir, imposible de domesticar. Convertir a Moria Casán en ficción es un desafío que la producción asume con entusiasmo, y por momentos lo resuelve con una lucidez admirable. La serie entiende que Moria no es solo una diva del espectáculo, sino un fenómeno cultural que atravesó generaciones, formatos y sensibilidades. Su magnetismo, esa mezcla de desparpajo, inteligencia y «lengua filosa» y teatralidad permanente, aparece en varios tramos con una fuerza que recuerda por qué su figura se volvió tan central para el público argentino.
Hay una reconstrucción de época que funciona muy bien: el teatro de revista, la televisión de los 80 y 90, el ecosistema mediático que la coronó como “La One”. No se trata solo de nostalgia, sino de un contexto que permite comprender cómo su figura se convirtió en un símbolo para distintas comunidades, desde el público masivo hasta sectores que encontraron en ella una forma de libertad y representación. La serie también se anima a mostrar la Moria política, la que incomodó, la que se volvió referente queer sin proponérselo, la que hizo del cuerpo y la lengua un territorio de resistencia. En esos momentos, la ficción parece encontrar el tono justo.
Sin embargo, cuando intenta profundizar en la intimidad, la serie se vuelve más dubitativa. La parte interpretada por Cecilia Roth es el ejemplo más claro: no por falta de talento, sino porque la narrativa parece volverse tímida justo cuando debería ser más audaz. Roth ofrece una versión contenida, casi académica, que busca explicar a Moria en lugar de encarnarla. En una biografía sobre alguien que vivió sin pedir permiso, esa contención se siente como un freno. La tensión entre mito y persona queda planteada, pero rara vez se explora con la profundidad que promete. Hay escenas que insinúan complejidad y terminan quedándose en la superficie, como si la serie temiera que mostrar las sombras pudiera opacar el brillo.
La comparación con La Veneno aparece de manera inevitable. Ambas producciones abordan figuras que exceden su propio tiempo y que se convirtieron en símbolos para comunidades que encontraron en ellas una forma de identidad. Pero mientras la serie española creada por Javier Calvo y Javier Ambrossi se sumerge sin miedo en la vulnerabilidad, la violencia y la belleza de una vida marcada por la marginalidad, MORIA elige la celebración antes que la herida. Prefiere el brillo al trauma. Esa decisión no es necesariamente un error, pero sí marca una diferencia fundamental: donde La Veneno explica la luz a través de la oscuridad, MORIA se queda en la superficie luminosa y apenas roza las sombras. El resultado es una serie vibrante y disfrutable, pero que a veces parece más preocupada por homenajear que por comprender.
MORIA captura la energía de una figura irrepetible y ofrece momentos de verdadero magnetismo, pero también tropieza cuando intenta domesticar lo indomesticable. Si el objetivo era celebrar a «La One», la serie lo cumple con creces. Si el objetivo era descifrarla, todavía queda un territorio que la ficción no se atreve a explorar. Y quizás ahí, en esa imposibilidad de abarcarla, reside tanto el encanto de Moria Casán como el desafío que la serie apenas logra rozar.
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