23 de mayo de 2024

Silencios, rutinas y encuentros inesperados

Hirayama trabaja en el mantenimiento de los baños públicos de Tokio y parece contento con una vida sencilla. Fuera del trabajo, se entrega con pasión a la música y la literatura. Una serie de encuentros inesperados revelan, poco a poco, su pasado.


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Por Ignacio Rapari

Días perfectos, lo último de Wim Wenders, es una anomalía cinéfila en los tiempos que corren. Una obra contemplativa, repleta de silencios y que se aferra mínimamente a una estructura tradicional de guion no parecería que pueda tener oportunidades por fuera de los nichos tradicionales de este tipo de películas. En este caso, sea por el nombre de Wenders o algún factor casi inexplicable, Días perfectos logró ser un modesto éxito en las poco más de 20 salas del país que apostaron a su exhibición. No obstante, más allá de esta cuestión estrictamente comercial, se trata de una película que no solo va en sentido contrario del cine actual sino de la mismísima vida.

Ya que esto no es una crítica me permito asumir la primera persona para remarcar gran parte del encanto de Días perfectos, una oda no solo a la menospreciada y muchas veces odiada rutina que gobierna nuestros días sino también a la amabilidad. Algo que a través de recursos e ideas similares también hacía Paterson (2016), una de las últimas maravillas dirigidas por Jim Jarmusch.

Tanto Hirayama (Kôji Yakusho) como Paterson (Adam Driver) son personajes que no solo comparten el hecho de ser retratados a lo largo de una rutina semanal. Ambos se desenvuelven en espacios de silencio que los conectan consigo mismos. En el caso del protagonista de Días perfectos sabremos en un determinado momento que hay una situación un tanto más trágica que lo motivó a iniciar ese estilo de vida “pausado” (más allá de aferrarse a él totalmente convencido), mientras que en el caso de Paterson (personaje que no por casualidad se llama igual que la pequeña ciudad que habita), esos espacios son buscados en determinados momentos de su día, como antes de empezar el recorrido con el colectivo que maneja o en un pequeño cuarto de su casa en el que aprovecha tanto para leer como para escribir poesía.

Se trata de personajes que ni siquiera requieren de una alarma para despertarse. No parece casualidad que ambas películas empiecen con sus protagonistas abriendo los ojos sin la necesidad de ese insoportable ruido que, lejos de generar entusiasmo, se asocia a la frustración.

Por otro lado, ambos se desenvuelven en ocupaciones que ante una mirada tradicional o un tanto más conservadora no serían del todo disfrutables o ambiciosas. Mientras Hirayama –que hasta llega a ser víctima de ese prejuicio frente a otro personaje- limpia baños públicos de la ciudad de Tokio, Paterson maneja un autobús. Uno sonríe mientras mira el cielo cuando espera que algún borracho termine de usar el baño para volver a limpiarlo. El otro, mientras escucha las conversaciones casuales de los pasajeros.


Ahí surge otro punto fundamental: el arte. Hirayama no solo mira el cielo con una sonrisa, casi como celebrando el milagro de un nuevo día. También lo fotografía con una cámara analógica para luego hacer una selección de las fotos y guardarlas. De alguna manera, ve su rutina con la belleza que busca el lente para la toma perfecta. Simultáneamente, disfruta de sus casetes (hay que agradecer por tamaña banda sonora) y lecturas de saldo. Obras clásicas de William Faulkner o Patricia Highsmith. Sus intereses están muy lejos de los best sellers y las mesas de novedades.

El caso de Paterson es estrictamente creativo ya que escribe poesía y, dicho sea de paso, lo hace muy bien. Tanto que su entrañable novia Laura (Golshifteh Farahani) le insiste con que las comparta con el mundo. En este caso la rutina es objeto de creación, ya que el protagonista de Jim Jarmusch se inspira a través cualquier objeto o situación presumiblemente mundana, pero a la que él concede una belleza inigualable, por ejemplo, apreciando una pequeña caja de fósforos azules.

Otro de los paralelismos que se pueden trazar entre ambos personajes es el de la relación que mantienen con sus entornos, amén de que estos sean disímiles. Mientras Hirayama vive en una gran urbe como Tokio, Paterson lo hace en una ciudad que a pesar de ser una de las más pobladas de Nueva Jersey es filmada como si se tratara de una locación pequeña. Los dos siempre frecuentan los mismos lugares (Hirayama una plaza donde toma sus fotos y Paterson suele sentarse frente a las cataratas del río Passaic) y ellos son los que acentúan el estado de armonía constante en el que están inmersos.

Sin embargo, una de las características que más comparten estos protagonistas es la atención. No solo la que le prestan al espacio sino a las personas que los rodean. En el caso de Paterson, su interacción con el resto de los personajes (especialmente los del bar) se da bajo el registro esperable de toda la filmografía de Jim Jarmusch, con diálogos y situaciones un tanto bizarras. Por su parte, el registro que trabaja Wenders con Hirayama es mucho más naturalista. Lo que sí se repite es que ambos solo hablan cuando se sienten realmente a gusto o cuando lo creen necesario y es bajo ese estilo de vida que las películas coinciden en un hecho propiamente narrativo durante su acto final: la aparición de un personaje desconocido que termina siendo revelador. Dos momentos que aún en su extrañeza conmueven por la humanidad que hay en ellos.

Días perfectos es la -gran- novedad que llega a MUBI, pero insisto en que se permitan este inspirador y reflexivo doble programa. Si aunque sea a un lector lo hace tan feliz como a quien escribe estas líneas, me doy por satisfecho.


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