23 de mayo de 2024

Sigue el plan. No improvises, hasta que tengas qué.

Tras un trabajo que sale mal, un asesino a sueldo se choca con las consecuencias de sus actos y debe de enfrentarse al dilema que pone en jaque su psiquis.


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Por Lucas Soto

Francia. La noche asoma desde la ventana de un viejo piso en construcción. El asesino (Michael Fassbender) observa hacia el edificio de enfrente, mientras se relaja en una mesa improvisada. No hay visualización del objetivo.

“Sigue el plan».

Pasan las noches y el asesino se mantiene alerta. Realiza flexiones, controla su pulso y duerme en ciclos de una hora.

“Sigue el plan. Anticípate, no improvises”.

El objetivo llega a su destino. La mira del francotirador se posa en él, a pesar de que una mujer danza con sus caderas, obstaculizando un tiro limpio. El asesino respira para bajar sus pulsaciones. La mujer no deja de moverse como tampoco la mira que busca a la víctima.

“Respira. Calma. Esto es lo que se requiere para tener éxito”.

El asesino dispara. La bala impacta en la mujer, haciendo que el objetivo huya. Totalmente frío y calculador, el protagonista escapa sin dejar rastro, pero los nervios y la impaciencia se acrecientan en su cuerpo, comprendiendo que este es solo el inicio de múltiples consecuencias que repercutirán tanto en su entorno como en su cabeza. Tras el infortunio, una pregunta rondará por su mente a lo largo de la película, la cual deberá de responder en su sangrienta cacería a lo largo del mundo: ¿Por qué fallé?

David Fincher vuelve junto con Andrew Kevin Walker, tras trabajar hace casi 20 años en Pecados Capitales, para traer al frente un recurso tan efectivo como peligroso: la voz en off.

Comprendida como una voz extradiegética, que no sale de una fuente sonora directa del universo que estamos presenciando frente a nuestros ojos, Fincher decide alejarse de la omnipresencia tradicional (una voz narradora que sabe todo de todos) para transformarla en la voz protagonista de nuestro personaje.

Las repetidas frases que utiliza para calmarse, para enforcarse en el objetivo y concretar sus acciones son parte del presente del asesino, el cual se irá transformando a medida que los obstáculos aparezcan en su camino. De esta forma, el espectador es participe tanto del accionar del protagonista como de lo que piensa, analiza y supone.

Olvidate de la empatía. No confíes en nadie. Pelea solo la batalla por la que se te pagó.

Consciente de que su personaje peca de poca empatía – su temple rígido, su frialdad hacia los otros como su cinismo a la hora de borrar cabos sueltos – Fincher elige zambullir al público en un relato quirúrgico, trayendo al frente una fotografía que realza constantemente las sombras sobre la cara del asesino.

Es, en esta dualidad entre lo que vemos y lo que el protagonista esconde en su interior – el porqué de su accionar –, que las secuencias minuciosas tanto en el montaje como en el tiempo interno del plano sacan provecho de la astucia del director.


Lejos de traer en primer plano preguntas banales que reiteran lo visto en pantalla o romantizar la crisis del personaje para endulzar al espectador cómodo, la voz del asesino como su meticulosidad en cada escenario que visita realzan la experiencia de la profesionalidad del mismo, como también de la ambigüedad que lo acecha.

Es, en las tinieblas del recelo por su propio equívoco, donde la película decide enfocarse, entregando un personaje que, puertas afuera, es tan bidimensional como insípido, pero en su interior esconde la respuesta que definirá el curso de su vida. O lo que queda de ella.

“Mi proceso es puramente logístico, con un enfoque limitado por diseño. No sirvo a ningún dios ni a ningún país. No blando bandera alguna. Si soy eficaz es por un simple hecho. No. Me. Importa. Un. Carajo». ¿O si?


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