No soy de aquí, ni soy de allá
Con los suyos abandonándolo, John Sugar quiere saber qué pasó con Djen, mientras se le presenta un nuevo trabajo tras la misteriosa desaparición de Ji Moon, hermano de un prometedor boxeador, alejándolo de la lujosa vida de Los Ángeles.

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Por Ignacio Pedraza
En épocas de giros de trama y de vueltas de tuerca que permitan enfrentarse al déficit de atención, pocas han sido tan inesperadas como la de Sugar (2024), la serie de Apple TV+ inserta en el policial negro repleto de referencias y homenajes al neo-noir, que promediando la temporada desenmascaraba una característica esencial de su protagonista John (Colin Farrell) que podía indicar un cambio de perspectiva de todo el proyecto, hasta de género.
Lejos de ser una medida demagógica, ese descubrimiento le daba una identidad única a lo creado por Mark Protosevich -es cierto que tal nivel de lo imprevisto podía no contentar a todos- y permitía recorrer por dos senderos al detective, ya sea en lo más casual en su trabajo de investigador privado como en esa búsqueda existencialista e intimista sobre el ser humano. Tan dispares entre sí, cabe resaltar que la serie lograba congeniar entre esas dos dimensiones y, para aquellos que se adhirieron ese arco argumental, las características del protagonista resultaba enriquecedor y diferente.
Para el reciente estreno de la segunda temporada, esta sorpresa se esfumó y lo central queda en desarrollar todo lo construido en los ocho episodios anteriores: John debe investigar sobre el paradero de su hermana Djen (Mireille Enos) tras tomar la decisión de quedarse en Los Ángeles. Mientras tanto, un nuevo caso surge al desaparecer Ji Moon (Raymond Lee), hermano del prometedor boxeador Danny (Jin Ha), por lo que Sugar deberá adentrarse en los barrios marginales de la ciudad angelina donde los intereses de diferentes actores importantes están entrecruzados.
En términos narrativos, lo hecho por Protosevich y la lista de directores –compuesto en esta ocasión por Michael Morris, Adam Bernstein y Amat Escalante– mantiene la estructura que hemos visto dos años atrás, donde el caso de la desaparición de Moon y el recorrido más personalista del protagonista van alternando en su jerarquía, mediado por la irrupción de nuevos personajes –en este estreno se suman caras como Tony Dalton, Sasha Calle, Laura Donnelly y un gran Shea Whigham; con diferentes niveles de participación- que complejizan cualquiera de las dos tramas y permiten inundar más capas de suspenso al asunto. Todo ello se encolumna en la singularidad del personaje de Farrell –también ejerce de productor ejecutivo junto a su hermana Claudine y Simon Kinberg– que se sitúa entre la ingenuidad y recelo a su entorno, fortaleciéndose a través de la omnipresente voz en off del irlandés para reforzar perspectivas.
La serie no olvida su costado noir, y por ello la fotografía de Marshall Adams, Matt Credle y Xavier Grobet –el primero con pergaminos en los trabajos de Vince Galigan, mientras que el último en la antología de Mike White– retrata a la perfección toda esa vertiente de la ciudad, enriquecido por el trabajo de edición que compagina la trama con recortes acromáticos del cine clásico de Hollywood y los vientos que suenan en la musicalización de Ali Shaheed Muhammad y Adrian Younge.
Ante tanta fórmula mecanizada, apuntando al consumo incesante y dinámico, las meditaciones de John Sugar nos interpelan; ofreciéndonos una propuesta única en la actualidad que, sin perder el entretenimiento como estandarte, logra que la elegancia y el suspenso .
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