29 de mayo de 2026
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Kane Parsons y la búsqueda del equilibrio entre ambos mundos

Una extraña puerta aparece en el sotano de una exposición de muebles. Cuando el paciente de una terapeuta desaparece en una dimensión más allá de la realidad, ella debe adentrarse en lo desconocido para salvarlo.


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Por Ignacio Rapari

En tiempos donde la concurrencia a las salas se ve cada vez más condicionada por nuevas formas de consumo y por un interés progresivamente fragmentado entre géneros, autores y nichos específicos —son pocos los estrenos que todavía consiguen convertirse en un auténtico imán popular, como ocurrió con la secuela de El diablo viste a la moda—, el fenómeno Backrooms aparece como una oportunidad única para condensar algo tan masivo como el terror, con el atractivo adicional de basarse en una de las creepypastas “recientes” más famosas de internet, furor entre el público juvenil y también entre muchos adultos fascinados por estos universos digitales.

El lore nació en 2019, tras la viralización en 4chan de una inquietante fotografía de oficina tomada en un extraño plano holandés. Las teorías alrededor de aquella imagen derivaron primero en el corto homónimo de Kane Parsons —o Kane Pixels, según su popular canal de YouTube con más de tres millones de suscriptores— y luego en el desarrollo de un universo liminal repleto de niveles, amenazas, puertas y misterios: un worldbuilding aparentemente sencillo, pero capaz de expandirse hacia un infinito profundamente perturbador.

El boom no tardó en llamar la atención de Hollywood —a esta altura ya no puede decirse que A24 represente algo menor dentro de la industria— y el largometraje terminó quedando en manos del propio Parsons, que con apenas 20 años no solo se convierte en uno de los realizadores más jóvenes al frente de un proyecto de esta escala, sino también en parte de una camada de directores surgidos de YouTube, como Damian McCarthy (Hokum) o Curry Barker con el increíble fenómeno Obsesión, cineastas que encontraron en internet una puerta inesperada hacia el terror mainstream.

Sin embargo, el caso de Backrooms no solo evidencia el interés de la industria por incorporar nuevos talentos, sino también por explotar el enorme potencial de la propia historia para transformarse en un eventual “universo cinematográfico”. Aunque todavía no exista una confirmación oficial, esa intención parece insinuarse en la suma de productoras involucradas: la propia A24, Chernin Entertainment, 21 Laps Entertainment —la compañía de Shawn Levy y principal responsable de Stranger Things— y Atomic Monster, de James Wan, un nombre especialmente significativo si se tienen en cuenta ciertas licencias cinematográficas que se incorporaron en el nuevo material.

Esta versión cinematográfica de Backrooms potencia notablemente el carácter opresivo de esos interminables pasillos amarillos y espacios liminales a través de la historia de la Dra. Mary Kline (Renate Reinsve) y su resentido paciente Clark (Chiwetel Ejiofor), un arquitecto fracasado devenido en dueño de una enorme aunque mediocre tienda de muebles. Y en función del hermetismo con el que se manejó la película durante toda su campaña, tampoco tiene demasiado sentido revelar aquí los detalles que conducen a ambos personajes hacia esas habitaciones imposibles.

El problema aparece cuando aquello que en el material original funcionaba como uno de sus mayores atributos —el misterio permanente y la ausencia deliberada de explicaciones inmediatas— termina parcialmente reemplazado por un guion de Will Soodik demasiado concentrado en los conflictos emocionales y los traumas de sus protagonistas. La falta de respuestas, más que alimentar el desconcierto o el terror, parece utilizada muchas veces como una estrategia de reserva para futuras secuelas.


Por otro lado —y aquí resulta imposible ignorar la presencia de James Wan entre los productores—, el tercer acto también cae por momentos en una lógica de exposición desenfrenada, similar a la que contaminaba La posesión de la momia, otra producción reciente de Wan. De esta forma, la autenticidad inquietante del universo creado por Parsons empieza a diluirse entre vicios demasiado reconocibles del terror masivo contemporáneo: exposición excesiva, golpes de efecto y resoluciones más cercanas a las entregas más impersonales de la saga El Conjuro que al misterio abstracto y perturbador que convirtió a Backrooms en un fenómeno viral.

Nada de eso alcanza para arruinar la experiencia de atravesar este gigantesco diseño de producción en pantalla grande —potenciado además por algunos jumpscares realmente notables—, pero sí funciona como una señal de alerta sobre el futuro de este tipo de proyectos. Porque si algo vuelve interesante a Backrooms no es únicamente su imaginario liminal, sino también la tensión constante entre la mirada de un realizador nacido en YouTube y las necesidades de una maquinaria industrial mucho más pesada. Y aunque por momentos la película consigue equilibrar ambos mundos con bastante inteligencia, también deja la sensación de estar permanentemente al borde de desviarse hacia algo mucho más convencional. Insistimos: no lo hace. Pero está más cerca de lo que uno quisiera.



TÍTULO: Backrooms
TÍTULO ORIGINAL: Backrooms
DIRECCIÓN: Kane Parsons.
ELENCO: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass.
GÉNERO: Terror. Ciencia Ficción.
ORIGEN: Estados Unidos.

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