Independence espera
Charles Ingalls, junto a su esposa Caroline y sus hijas Mary y Laura, emprender un riesgoso viaje a Independence, sin saber lo que les espera. En su sueño de tener su tierra, la familia conocerá nuevas personas, que alternarán entre amistades, sospechas y anhelos.

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Por Ignacio Pedraza
El decir que vuelven los Ingalls puede ser engañoso, porque nunca se fueron: las sesiones maratónicas de la icónica familia que contó con nueve temporadas entre el 1974 y 1983 siguen siendo consumidas para el deleite del público, que debido a su costumbrismo y dilemas familiares interpelaron, más allá de la coyuntura anacrónico para nuestros pagos, a los argentinos durante décadas.
Y como sucede con los clásicos, siempre hay una ventana para nuevas adaptaciones: Netflix estrenó La casa de la pradera (Little House of the Prairie, 2026), una versión renovada de la novela de Laura Ingalls Wilder que retrata las acciones de los personajes en su arribo a Independence. Si algún fanático de estas figuras encuentra llamativo que no se nombre Walnut Grove, es que el reciente arribo va por otras lógicas a la serie protagonizada por Michael Landon.
La joven Laura (Alice Halsey) nos relata el periplo que emprenden los suyos desde el bosque hacia la nueva oportunidad que intuye su padre Charles (Luke Bracey) de tener su propia tierra en Kansas. Luego de una riesgosa travesía, el cuarteto –aún no tenemos novedades de Carrie, solo es cuestión de esperar- descubrirá que el nuevo lugar les presentará renovados desafíos en una comunidad que se está organizando, con la posibilidad latente de permanecer pero a la vez teniendo el riesgo de ser tierra Osage.
La nueva propuesta cuenta con mayor fidelidad a las páginas escritas por la autora, obviando en parte el melodrama más telenovelesco a la propuesta de NBC y apuntando hacia una vertiente más dramática. Si bien está claro que la serie creada por Rebecca Sonnenshine mantiene la luminosidad y los pasajes más lúdicos de la novela, la problemática situada cuenta con matices más espesos o por lo menos sin esos hilos sensibleros. La conflictividad en el derecho a la tierra, la cuestión originaria y la reformulación en las caracterizaciones de los personajes principales son ejemplos que permiten vislumbrar otra arista a lo más conocido.
A través del carisma de la pequeña Halsey, y con buena interacción con sus integrantes familiares –cada uno tiene su espacio, desde el optimista padre, pasando por la dulce Mary (Skywalker Hughes) hasta llegar a la más conflictuada Caroline (Crosby Fitzgerald)-, las partes de la mesa están bien amarradas y con las nociones clásicas de las que uno esperaba en dichas perspectivas. A esto se suma la fotografía de C. Kim Miles, Nathaniel Goodman y Ari Wegner que apuesta por los colores naturales de Independence y la jubilosa musicalización de Dan Romer, enriquecida por las propias interpretaciones de los protagonistas.
La casa de la pradera representa, por un lado, la vuelta de una familia icónica de la cultura literaria y audiovisual, y a la vez el retorno a feel good series de época y familiares, que han sabido apreciarse como Anne with an E (2017) o Cranford (2007), que permite el disfrute de varios integrantes de la parentela.
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