Lee Cronin nos traslada a Egipto
La joven hija de un periodista desaparece en el desierto sin dejar rastro. Ocho años después, la familia devastada queda en shock cuando la niña regresa, y lo que debería ser un reencuentro feliz se convierte en una pesadilla viviente.

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Por Gastón Dufour
Hay películas que fracasan por exceso de ambición, y otras —como La posesión de la momia— que lo hacen por algo más básico: la incapacidad de sostener una idea. Lo que podría haber sido un relato de terror con identidad propia termina convirtiéndose en un desastre intelectual, una estructura endeble que nunca encuentra su forma ni su sentido.
Desde el comienzo el film da señales de desorientación. En lugar de presentar un misterio que se va revelando de manera progresiva, entrega una acumulación de elementos que no dialogan entre sí. La narración parece avanzar a los tumbos, como si cada escena respondiera a una lógica distinta. Sin una construcción sólida del universo que propone, todo el contexto se vuelve especialmente problemático en un género que depende especialmente de sus reglas internas.
Los personajes, por su parte, están delineados de manera lamentable. No hay profundidad, ni conflicto real, ni evolución. Son figuras funcionales a una trama que tampoco sabe muy bien hacia dónde ir. En ese vacío, cualquier intento de generar tensión o empatía queda neutralizado. Incluso la idea de la niña desaparecida que regresa —uno de los elementos más potentes que sugiere el trailer, así que no hay spoiler— se diluye en una ejecución errática, incapaz de capitalizar su carga simbólica.
A esto se suma un problema serio en las interpretaciones: están desmarcadas, exageradas, como si cada actor (cuyo mérito más fuerte es mirar fijo y con sorpresa y parecerse a alguna estrella reconocible) habitara una película distinta. No hay tono compartido, ni dirección que unifique. Con gestos y climas forzados, se termina por romper cualquier intento de verosimilitud. En paralelo, el montaje tampoco ayuda: los cortes carecen de precisión, de ese ajuste fino que permite sostener la tensión o construir ritmo. Las escenas empiezan y terminan sin peso, como si el tiempo interno de la película nunca encontrara su medida.
Y en ese marco, los personajes infantiles —que podrían haber aportado una dimensión emocional distinta— caen en lo más previsible. Son tan obvios en su construcción que dejan de ser niños verosímiles para convertirse en una copia burda de arquetipos ya vistos. Solamente hay repetición.
Ahí aparece uno de los problemas centrales, como si no faltaran los periféricos: la película no logra construir una simbología consistente. Introduce conceptos, insinúa conexiones, pero nunca las desarrolla. No hay una mitología clara que sostenga la presencia de la momia ni su vínculo con los personajes. Todo queda en un terreno superficial, como si el guion evitara deliberadamente profundizar en sus propias premisas, y eso termina por desbalancear el relato. La película pierde el eje porque nunca termina de definirlo.
El resultado es una experiencia fragmentada, donde el terror no inquieta y el misterio no atrapa. La posesión de la momia no solo falla en lo que cuenta, sino en cómo decide contarlo. Y en ese desorden, en esa falta de coherencia interna, es donde se termina de diluir cualquier atisbo de potencia narrativa. Una película que promete más de lo que puede sostener, y que en ese intento fallido deja en evidencia sus propias limitaciones.
TÍTULO: La posesión de la momia
TÍTULO ORIGINAL: Lee cronin’s the mummy
DIRECCIÓN: Lee Cronin.
ELENCO: Jack Reynor, Laia Costa.
GÉNERO: Terror.
ORIGEN: Irlanda, Estados Unidos.
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