23 de mayo de 2024

Wall Street en modo farmacéutico

Apremiada a cuestiones económicas, Lisa Drake encuentra una luz de esperanza en el lobby medicinal recomendando fentanilo para pacientes con cáncer. Sin embargo, la codicia se irá largando de tal manera que traerá consecuencias fatales.


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Por Ignacio Pedraza

En el último tiempo hemos sabido apreciar –en diferentes medidas- historias basadas en hechos reales con respecto al mundillo farmacéutico, el lobby de la medicina y los diferentes intereses contrapuestos entre las empresas que venden al mejor postor: en este caso médicos y pacientes, en cruciales situaciones donde oferta y demanda se vuelven un combo peligroso.

De series destacadísimas como el drama Dopesick (2021) a comedias como Painkiller (Medicina letal, 2023) donde abordaban la crisis de los opioides, lo nuevo de Netflix corre por una colectora muy cercana a la temática como es la cuestión del fentanilo a través de El negocio del dolor (Pain Hustlers, 2023), basado en el artículo de Evan Hughes que puso al descubierto toda la trama de la farmacéutica Zanna.

A cargo de David Yates, el largometraje además de abordar la historia del fármaco y el ascenso y descenso de su consumo, afronta la historia de Lisa Drake (Emily Blunt) y su propio camino, que va de la mano con el mismo recorrido que tuvo el opiáceo. Claro que ambos senderos coincidieron en sus estados, y eso generó que Yates ponga el foco en ambas cuestiones.

De manera acromática, algunos de los protagonistas de la trama cuentan de manera documental los sucesos a punto de exhibir, con voces en off que nos acompañarán por las más de dos horas de duración del film. La narrativa parte desde las complejidades financiares de Drake, bailando en un club nocturno y sin lugar para hospedarse hasta que se encuentra con Pete Brenner (Chris Evans), quien le ofrece trabajar en Zanna. Sin embargo, la farmacéutica no se encuentra en su mejor momento pero, al igual que la protagonista, sabrá salir a flote a través de una planificación –un tanto inmoral- que la impulsará en el mercado.


Las cuestiones empresariales y personales pueden volverse demasiado amplias para plantear la temática, pero eso logra flotar sin tantos problemas. Sin embargo, el principal escollo que sufre la película es el tono para hacer frente a la trama, ya que por momentos encontramos una comedia que coquetea con la sátira y el desenfreno, a través de recursos de planos a diferentes velocidades y narradores omniscientes, que inevitablemente nos recuerda a Jordan Belfort en El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013); y por otro lado encontramos un drama crudo sobre el mercado farmacéutico y que roza los intento por su denuncia, bifurcada por la lucha personal de la protagonista.

Sobre eso último, Blunt logra ser –casi- la única en el reparto que sobresale y, por momentos, parece solitariamente la encargada de llevar en los hombros la cuestión. Más allá de destellos de Chloe Coleman y Catherine O´Hara, el reparto secundario tampoco parece encontrar el tono, con otro papel torcido de Evans –completamente irrelevante- y con un Andy García que no termina de cuadrar en el rol.

Cabe destacar que el film, con guion a cargo de Wells Tower, es dinámico y cumple con el entretenimiento además de contar una historia que logra ser llevadera; sin embargo cuesta encontrarle e El negocio del dolor el matiz con el que quiso abordarse y con los nombres detrás del proyecto podían intuir un producto un tanto más memorable y quizá, comparativamente, sobre la misma temática logra ser más interesante la serie protagonizada por Michael Keaton.


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