27 de febrero de 2024

¿La manzana embrujada?

El ruido en su habitación no lo desconcertó a Bruno, subió con la misión de cerrar la ventana y volver a mirar la película de terror. Como esperaba, todo estaba en su lugar dentro del cuarto. Cerró la ventana, aliviado, aunque no lo admitiría tampoco y se dispuso a bajar. Cuando escuchó que algo caía en el pasillo, detrás de él.


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Por Rodrigo Vega

Bruno estaba solo en la casa que daba a la parte sur de enorme manzana. Ese cuadrado de 100 metros cuadrados estaba en medio de diagonales, la calles eran cortadas por este y otros terrenos en forma de pequeños triángulos en cinco direcciones. Era todo un detalle en el plano de la ciudad, que le daba forma de pentagrama si se lo unía. Aunque oficialmente no había sido otra cosa que un capricho de la familia fundadora, quienes no quisieron modificar su enorme propiedad a medida que la ciudad crecía.

El joven estaba de visita por el mismo motivo que los otros hijos únicos en cada extremo de las casas: ya no cursan mucho y se disponían a preparar finales. Un viernes bastante convencional, los amigos de Bruno no tenían ganas de salir, habían entrado en esa detestable etapa en la cual ya solo se juntaban a tomar algo en una casa y rara vez iban a un pub. Para Bruno esto era frustrante a veces, pero no esta noche pues debía repasar, aunque en realidad solo planeaba mirar alguna película y escuchar música. Tal vez whatsapear con su amigovia. Una inteligente, tímida, sarcástica chica que conoció interactuando vía Instagram.

Bruno contemplaba la noche nublada, con aire de tormenta desde su habitación antes de bajar a la sala de entretenimiento para ver The Empty Man a solas, según él, como debe ser vista una película de terror. En especial después de hablar con Martín y burlarse por su anécdota de “el gato fantasma” que había encontrado en su casa a principios de mes. La brisa de la tarde fue convirtiéndose en viento con las horas. El tipo de viento que, en una casa de dos pisos con ventanas abiertas, suele generar bruscos golpes y ruidos que alertan.

El ruido en su habitación no le desconcertó, subió con la misión de cerrar la ventana y volver a mirar la película. Como esperaba, todo estaba en su lugar dentro del cuarto. Cerró la ventana, aliviado, aunque no lo admitiría tampoco y se dispuso a bajar. Cuando escuchó que un adorno caía en el pasillo, detrás de él, sin corrientes de aire que lo justificaran. Giró lentamente, recordando tomar su celular para registrar el evento como intentó hacer Martín, incluso cuando no le creyera, no iba a desperdiciar esta oportunidad. Levantó la vista dos segundos después cuando estaba listo para filmar, enfocó y la luz se cortó.

Con cierta calma pensó alguna explicación para que su casa no tuviera luz y las demás casas sí, como podía observar desde la ventana. Intentando restar importancia a un momento extraño. Pero para su desgracia, no solo no estaba imaginando esto, sino que el amigable felino, no era quien lo visitaba como a Martín.

La figura se desplazó velozmente entre las habitaciones, dando saltos largos sobre el pasillo, volando de una puerta a la otra. ¿Qué era esto? ¿Qué podría hacer con esto? ¿Tenía razón Martín? ¿La manzana estaba embrujada como decían en el pueblo que había sucedido décadas atrás?

Tal como temía, el sonido ensordecedor no se hizo esperar. Colmó con su lamento agudo cada parte de la casa, emanando de los pisos y paredes. Mientras Bruno seguía filmando, el lamento distorsionaba la imagen de su celular. Esto era más fuerte que el felino. Él lo intuyó, de repente supo que estaba en peligro. Algo que había sentido con intensidad hace poco más de un mes, la noche que surgió el espíritu.

La figura pronto llegó hasta él, se detuvo en frente para observar, su gruñido paralizó a Bruno. El celular seguía filmando. Pudo observar de reojo, las fuertes mandíbulas y los afilados dientes que degustaban su temor.

Las patas rasgaron el piso, mientras Bruno pensaba cómo podía un plan de escape. ¿Con qué podría golpearlo para ganar tiempo? Esa lámpara de hierro sobre la pequeña mesada al principio del pasillo, lo primero que veía cuando subía la escalera. Estaba a unos cinco pasos. Debía retroceder cinco largos pasos para llegar, darle un golpe, una distracción, algo que trabara esas fauces. Algo que reemplazara su cuerpo.

5: El primer paso le provocó sudor frío, cuando el ánima gruñó de tal forma que los pisos temblaron.

4: “¿Por qué nadie me enseñó cómo apaciguar un león o un tigre o algo casi tan aterrador como esto?”.

3: La mordida de advertencia le arrancó un trozo de jean sobre la rodilla, las mandíbulas cerrando a milímetros de la piel lo lastimaron.

2: Ahora temía que la sangre fuera una invitación a devorarlo.

1: Para llegar al velador de hierro necesitaba distraer a la bestia…

La figura pronto llegó hasta él, se detuvo en frente para observar, su gruñido paralizó a Bruno.

Apuntó sutilmente con el celular a los ojos brillosos del animal y lo cegó con el flash. Dio el salto final para huir, pero en su nerviosismo trastabilló y cayó al piso. Esto fue un hecho fortuito puesto que por una milésima de segundo evitó el tarascón que se hubiera llevado su brazo derecho. Sin embargo, su pierna no tuvo la misma suerte y recibió el impacto completo de la mordida.

El espíritu alterado parecía materializarse mientras rasgaba el jean a segundos de lacerar una arteria y luego romper el hueso. En un breve momento de claridad mental, Bruno tomó el pesado velador para golpear a la bestia logrando que lo soltara para atacar el arma.

Mientras oía una mezcla de gruñidos aterradores y hierro retorcido, logró salir al patio, la adrenalina no le dejó sentir el dolor de la herida mientras dejaba un rastro de sangre por la casa. Salió al patio dispuesto a gritar por auxilio, cuando lo hizo notó como su voz se apagaba fuera del radio de la casa.

En el parque que unía las propiedades no era posible emitir sonido alguno. Solo las gotas de su sangre hacían ruido al caer sobre el césped mojado. Grillos y su respiración agitada eran la música del panorama desalentador que presentaba este hermoso espacio. Pero no era el único sonido que se podía escuchar allí, también estaba el jadeo de la bestia y sus patas pesadas acercándose.

El can se preparó para atacar nuevamente y esta vez sería definitiva. No habría escapatoria. Bruno pensó en su fin, no tuvo tiempo para agarrar otra arma, solo tenía una pelota, si una pelota de tenis en su bolsillo. Era la pelota de su perro, pero no había tenido más mascotas desde que Max murió cuando Bruno entraba en la adolescencia. No había visto esta pelota desde entonces.

¿Cómo podía tenerla encima?
Solo había una cosa por hacer, cuando el can comenzó a correr hacia él, lanzó la pelota en dirección a su casa y el espíritu frenó su marcha como el perro grande y torpe que había sido para irse corriendo detrás de la pelota, esto funcionó. Algo tan simple e imposible, fue el inicio de su vínculo. Jugaron por una hora, hasta que desapareció.

Finalmente, Bruno regresó a su casa para revisar su pierna. Para su sorpresa no estaba tan mal, era poco más que un rasguño debajo del jean destrozado que absorbió la mayoría del impacto. Luego de desinfectar la herida llamo a Martín. Los dos tenían mucho de qué hablar…

Escuchá «Episodio 2: LA FAMILIA (Aullido)» de #LosHorrores.


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