27 de febrero de 2024

¿Cuántas cosas yacen ocultas a simple vista?

Un ruido los atrajo, un frasco de vidrio que cayó accidentalmente en el sótano. Y como dos niños que jugaban a la escondida, bajaron a encontrar a quienes estaban buscando.


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Por Rodrigo Vega

Soplaban los vientos del oeste, esa noche de mitad de semana a principios de abril. Mientras, una pareja recientemente jubilada preparaba su té post cena, para mirar su programa favorito. El factor del entretenimiento como distracción de aquello que no queremos afrontar y menos aún en las altas horas de la noche. Cuando nadie que pueda evitarlo camina por las calles semi vacías. El solo hecho de observar por la ventana por la noche les brindaba un leve escalofrío. Preferían observar su patio con esa puerta de hierro labrado al fondo, una lujosa antigüedad que los conectaba con el parque central de la manzana.

Entre las casas de cada extremo, había varias más complementando los espacios externos de las cuadras. Cada casa era un compartimiento, un pasadizo, un recoveco, en el plano de quien lo ideó, un ingrediente para algo más. ¿Cuántas cosas yacen ocultas a simple vista? Es solo cuestión de perspectiva encontrar un camino donde conectar con esa visión particular y profética. Implica desandar hasta llegar al destino. Implica reconocer la importancia del destino en cuestión. Y hallar sus razones no es algo simple ni ajeno a peligros mortales. Después de todo, cuando el espíritu se manifestó estirando sus patas por el jardín principal, puso en alerta las defensas de la creación. Un plano de varias facetas cuyos secretos serían resguardados con garras y fauces incluso desde la muerte.

Dos figuras caminaron con determinación por las calles bañadas del filtro otoñal. Hojas moribundas caían a su paso, alfombrando el recorrido como presagio. Demasiado prolijo para el fin tan grotesco que buscaban. Sombras como poesía agridulce, dos puntos en el plano de las manzanas del barrio más clásico y misterioso. ¿Quiénes eran? ¿Qué buscaban? ¿Qué hacían a esas horas solos en la calle? Caminaban sin temor por el medio de las calles, tenuemente iluminados por los leds anaranjados. Anónimos visitantes sin lugar a dudas… ¿Habían sido invitados?

Un golpe. ¿Cómo inician las cosas que más tememos? Con un golpe, un efecto, un sonido estridente, chop de un grave de voz. Así, sin más y sin anuncio irrumpen. Tiran abajo la puerta y no es necesario que sea literal, si la puerta es la barrera mental que aísla nuestros pensamientos de la realidad mientras discurrimos mirando una serie o película. Es una amenaza directa contra nuestra integridad. Suena como un sample en «Motomami» y es el principio de una invasión. El golpe en la puerta llegó para dictar que los emisarios de la muerte ya estaban allí por ingresar sin permiso ni compasión… Esa noche.

Los espectros golpearon las puertas, una por una al principio y todas a la vez eventualmente. Intentaron abrir los postigos metálicos, lo único que se interponía entre los vidrios y el acceso directo a la casa. Con la apariencia anónima de jóvenes, vestidos con jeans, zapatillas y buzos negros. No eran diferentes al público de un trapero en el Lolla. Excepto que ambos estaban cubiertos por capuchas que absorbían la luz de la calle como vórtices. Los pequeños insectos que volaban cerca de las capuchas eran succionados por el vacío donde deberían estar los rostros de estos seres.

¿Por qué estaban haciendo esto? El matrimonio mayor era respetado en el barrio, habían trabajado para la familia fundadora y se los veía de trato cordial y amigable. Lamentablemente no tenían hijos, algo que supieron padecer cuando la juventud comenzó a dejarlos. Y se encontraron con la compañía del otro y nadie más. Pero entonces decidieron que no les afectaría y viajaron cada año a un destino diferente. Se rumoraba que habían sido muy bien recompensados por su excelente trabajo. Y el simple hecho de haber estado a cargo de las casas cuando los dueños originales partieron, era prueba de la confianza que la familia más rica les tenía. Pronto las casas se vendieron y ellos ya no tuvieron que supervisar la del norte, la del sur ni la del este. Aún quedaba la del oeste, dónde habían estado a cargo hasta su reciente venta el año pasado. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Nadie podría ayudarlos?

El matrimonio estaba librado a su suerte, su capacidad de ingenio y resistencia serían su salvación.



En verdad nadie podía escuchar si algo malo ocurría en la casa de esta pareja. Las casas en los extremos estaban demasiado alejadas una de otra y las casas complementarias estaban semi vacías. El barrio se había convertido en un cementerio de bienes raíces millonarias. Casas heredadas por quienes no tenían deseos de vivir allí y muy costosas para lograr una venta. La mayoría de los nuevos dueños las usaban durante fines de semana largo o en vacaciones. Entonces el matrimonio estaba librado a su suerte, su capacidad de ingenio y resistencia serían su salvación.

Las figuras parecían estar en todas partes a la vez, golpes en las puertas y pasos en el techo. Pies como armamento marchando sobre cemento hecho añicos. Explosiones de sonido aquejaban dentro de la casa. Surgían como risas y devenían en lamentos. Se cortaban como collage musical para dar paso a golpes que no seguían orden alguno. Tal vez eran una declaración de principios, una demanda, pero dónde debía haber palabras y entendimiento solo había violencia. Y esa forma de actuar era destructiva, dolorosa, contundente y odiosa. Era daño abriéndose paso por las aberturas de la casa hacia la psiquis de sus dueños. ¿Quién merece algo así? ¿Ellos hicieron algo para merecer esto? Esa era la respuesta que los espectros buscaban así debieran obtenerla de entre los escombros.

Cuando haya visitas no deseadas sepan comprender que es un caso de vida o muerte. Cuando ingresen sin permiso ni compasión, deben ser recibidas con puñal en mano. Bajo el manto inmisericorde de la noche serán repelidas hasta que solo uno quede en pie. No queda nada que explicar. Las palabras perecen frente a los hechos. Solamente así se reciben…

Los espectros ingresaron, confiados en sus habilidades para infundir terror. Buscando por cada ambiente de la casa, con una calma que contradecía los estruendos de su esfuerzo por entrar. Era nada menos que la colisión entre el deseo por confrontar y la falta de diálogo. Su temperamento comenzaba a surgir nuevamente con cada espacio dónde no encontraban a quienes estaban buscando.

Un ruido los atrajo, un frasco de vidrio que cayó accidentalmente en el sótano. Y como dos niños que jugaban a la escondida, bajaron a encontrar a quienes estaban buscando. Descendieron las escaleras con tanta naturalidad que era escalofriante ver cuán simple un espectro imita a una persona viva. ¿Quién sabe cuántas veces en la noche cruzamos algo de esta naturaleza sin saberlo?

Una vez allí no pudieron resistir abalanzarse sobre el dulce matrimonio que estaban acosando. Solo para ser retenidos justo al ingresar a la mitad del sótano. Un espacio en forma de círculo perfecto, esculpido dentro de piedra. ¿Cómo no observaron esto antes de bajar estos seres ingenuos? Ahora eran ellos los que estaban atrapados. Mientras el matrimonio se preparaba con armas de hierro para atender a sus agresores, el viento del oeste cerró la puerta principal de la casa y desde la calle ya no podía verse nada más.

Escuchá «Episodio 4: LA FAMILIA (Laa visitas)» de #LosHorrores.


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