martes, junio 28, 2022

El laberinto del fauno: La fantasía de Guillermo del Toro para repensar la realidad

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La agonía de un país desde los ojos de una niña

A 16 años del estreno de El laberinto del fauno, analizamos los procedimientos que la convirtieron en la ópera prima de su director.


Por Clara Migliardo

Se dice del relato ficcional que su objetivo central es el de generar tensión. Sin tensión la atención se pierde, el espectador se distrae y la cinta se desprovee de las zonas oscuras que tanto nos gusta analizar durante horas. ¿Y qué pasa en el caso contrario? ¿Qué pasa cuando los largometrajes generan más tensión y dudas que respuestas? Si de generar estos interrogantes se trata, podemos decir que El laberinto del fauno cumplió la consigna con creces. Desde los géneros en los que se inscribe hasta las características de sus personajes, la película no deja ni una sola de sus áreas sin contradicción.

Relato histórico vs. Relato fantástico
Una de las grandes formas en las que esta película genera gris es la que se palpa a simple vista: El amalgama de una trama con trasfondo histórico y una trama con trasfondo fantasioso. En el medio de ambas se ubican Ofelia y su madre, aunque solo la primera es interpelada por los dos géneros narrativos. En realidad, Ofelia es el único personaje en contacto con este mundo de la fantasía que los adultos no perciben.

El contexto de época en el que la niña se ubica la clausura. Obligada a vivir con su padrastro, un hombre cínico y sanguinario a cargo de la policía armada, cada intento de adentrarse en el laberinto resulta en castigos de este para con su madre. Del otro lado, el mundo mágico del fauno la reconoce como protagonista de su propia vida. Así, el personaje de Ofelia se configura en una dualidad que construye misterio en la percepción que tenemos de ella.


Monstruos de verdad vs. Monstruos de mentira
Otra vez, Guillermo del Toro prueba que es un experto en lo que respecta a construir criaturas fantásticas. Aquellos seres de aspecto y facultades sobrenaturales que habitan películas como La forma del agua o Mamá (esta última más de Andy Muschietti que de Del Toro, hay que reconocer) lograron generar contradicciones en nuestra opinión sobre lo que es monstruoso y lo que no. El ente acuático y la madre de las niñas huérfanas inspirar terror a primera vista. Pero, a medida que los conocemos, se nos revelan como casi humanos.

Ojo, no es el caso de ninguna de las criaturas de El laberinto del fauno. Inclusive llama la atención el poco foco que hace la instancia narrativa sobre sus motivos y razones: nunca vislumbramos ni por asomo la interioridad del fauno o el hombre pálido. Sin embargo, hay algo que logra conformar su humanidad, y acá es donde más brilla Guillermo: el armado de personajes desde la no-construcción. Acá los monstruos propiamente dichos se ven amables porque hay algo mucho peor que ellos. Algo que se supone debería ser benévolo, o al menos inofensivo, pero es todo lo contrario y por eso genera verdadero terror. Hablamos del padre de Ofelia, un hombre de guerra cuyo cinismo impresiona hasta al espectador más acostumbrado a las películas con factor de villanía extrema.


¿Hasta qué punto sirven la dualidad y los opuestos?
A 16 años del estreno de El laberinto del fauno, la gran mayoría cinéfila coincide en que Guillermo del Toro
se merece todo tipo de ovaciones por haberse aventurado a crear una historia con herramientas tan disímiles. Pero no todos concuerdan en que la empresa haya tenido éxito. En el libro 1001 películas que hay que ver antes de morir se detalla a la película como “(…) algo insatisfactoria, pues los elementos alegóricos de la historia no consiguen fundirse de manera adecuada con los elementos realistas y fantásticos”. La pregunta que corresponde hacerse ante ese pensamiento es si realmente deseamos que los conceptos realistas y fantásticos se entretejan sin dejar cabos sueltos. Tan acostumbrados estamos a personajes e historias que abarcan a los elementos que los componen en partes iguales, que rechazamos inmediatamente cualquier creación cinematográfica que no exponga un contraste exacto. Sin embargo, hoy más que nunca le pedimos al cine que construya prolongaciones del público, representaciones exactas de las experiencias que vivimos día a día. ¿Y quién podría asegurar que vive la vida en un 50 y 50?

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