15 de abril de 2024

En honor a Jon Hamm: el hombre definitivo en la serie definitiva

En el boom de las series y el consumo masivo, una producción irradia sobriedad por excelencia debido al tratamiento coyuntural y construcción de sus personajes con mucha altura. Entre tantos puntos altos, la personificación compleja de su protagonista y la interpretación de su intérprete lo posicionaron como uno de los trabajos más destacados en los últimos años y –por qué no- en la historia de la pantalla chica.


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Por Ignacio Pedraza

Si te preguntan «¿Qué es un Mad Men?», ¿qué responderías? Si bien la primera escena de la serie lo explica, lo podremos profundizar a lo largo de 7 temporadas y 92 episodios. Sí, el número puede sonar poco alentador en épocas donde la inmediatez se impone, pero la serie creada por Matthew Weiner brilla en muchísimos aspectos y no por nada se ubica entre las mejores de la historia.

Ambientada en la década de los 60, Mad Men (2007) abarca tantas temáticas que en la previa uno puede pensar que es demasiada amplia y pierde todo tipo de sentido; pero nada más alejado. Centrado en Don Draper (Jon Hamm) y su trabajo de publicista en la empresa Sterling & Cooper, el drama sigue las vivencias tanto del protagonista como de su vasto círculo de relaciones, tanto familiares como laborales.

Lejos de espectacularidades o de elementos aparatosos, la historia aborda de manera intimista y pausada pero verosímil que atrae el interés ante los personajes tan complejos que cuentan con el desarrollo que el guion permite pero necesario para el universo creado. Si bien el homenajeado es la gran figura, sería un desperdicio no aprovechar la ocasión para resaltar el enorme trabajo de Elisabeth Moss y su peculiar Peggy Olson; John Slattery y su intrincado Roger Sterling; Christina Hendricks y su implacable Joan Halloway. La lista siempre va a quedar corta, ya que lo justo sería remarcar a cada uno de los presentes delante de cámaras, más allá de la cantidad minutos en la pantalla.

Con respecto a Hamm, el trabajo con Draper irradia un respeto que traspasa al televidente y lo interpela constantemente, tanto en su rigurosidad y frialdad en las oficinas como el transmutado Dick Whitman que con el correr de los capítulos vamos viendo su realmente traumático pasado. Los cambiantes estados del publicista nos llevan por un viaje a diferentes conmociones tanto del amor como del odio que genera; punto fundamental del proyecto de AMC.


Es que, a fin de cuentas, como en los mejores grupos de amigos o familiares, las emociones contrarias son parte de la pasión de uno y, de manera soberbia, dicha serie lo genera. Weiner supo llevar adelante diferentes estilos –aunque con una identidad marcadísima- para retratar la época, a través de casos no ficcionales que repercuten en la coyuntura creada. Con una década tan marcada por hechos concretos que llenaron los contemporáneos libros de historia, lo social es inevitable y resuena en las características de sus personajes.

El machismo, las relaciones laborales, la discriminación, el marketing, la guerra; temáticas tan extensas se complementan una con otra, con un abordaje tan alejado a lo burdo que se fortalece sin necesidad de recurrir a lo aparatoso para que se posicione junto a una clara representación de la época sin dejar de lado la crítica.

La nostalgia, como lo representan y plantean entre reuniones de trabajo, tal vez ayude a dejar una sensación más que satisfactoria cuando uno piensa que este año se cumplirán ocho de su finalización y que pocas veces se vio un trabajo de este tipo. La solidez por su esplendor parece ser la definición propicia para acercar a aquellos que, por miedo a su longitud la esquivaron y, además, de generar el consenso para aquellos que discuten sobre la pantalla chica de que estamos ante una obra maestra.


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